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Aburrido hasta la muerte

17 11 2009 - 13:02

Hace rato que las series de TV han usurpado el lugar de los libros, las películas y la música en las conversaciones los que tenemos entre 30 y 45 años, culturalmente hiperestimulados y que hace rato consumimos sin culpa tanto sushi como archivos piratas en alta definición. Las series tienen un formato que en 40 minutos puede condensar un guión con las mejores técnicas de la literatura, imágenes con calidad fílmica, empatía automática con los más disímiles personajes y clips con lo más selecto de la historia del rock. En síntesis, un combo de consumo irresistible.

La resignificación y el esplendor de las series en los últimos tiempos tiene que ver con su rápida adaptación a un concepto muy aplicado en el auge de las redes sociales: el following. Así como se sigue el Twitter o el Facebook de alguien, muchas veces desconocido, uno _sigue”_una serie. De disponer de tiempo y resistencia, por lo general a mucho más de una.

Antes me asombraba mi capacidad para retener segundos nombres de jugadores de fútbol; hoy me resulta llamativa mi capacidad para recordar tramas y atmósferas paralelas, como así también el fanatismo que se puede tener por historias tan distintas. Dentro de mi amplio menú, una sola traba: no tolero las series con médicos. Me saturaré con Nip/Tuck y sé que me pierdo House. Quevasé. Sólo en este año me hipnotizó Mad Men, me reactivé con Lost, me quemé las neuronas con el final de Battlestar Galactica, me dio taquicardia con In Treatment, me comí el sapo de Life on Mars, le di una despedida fiel a Weeds, me puse al día con Arrested Development y postergo la última temporada de Curb your Enthusiasm, que promete la reunión de Seinfeld. Cuando parecía que este año ya no habría sorpresas, un amigo que tiene como costumbre nutrirme de genialidades me recomendó una serie nuevade HBO: Bored to Death. Podemos decir que es una de las revelaciones de 2009.

Como he leído en algún blog español, el low-fi indie ha llegado a las series y la bandera no la podía llevar otro que Jason Schwartzman, el petiso simpático y con cara de Jared Leto judío que trabajó en Rushmore, I Love Huckabee y, sobre todo, como el hermano menos conocido de Viaje a Darjeeling. Después de haber sido co-autor de esa pequeña obra maestra y de haber dejado su momento inolvidable en el cine en una habitación con Nathalie Portman, Schwartzman es otra vez uno de nosotros: Jonathan Ames, un deprimidito de Palermo con problemas amorosos, existenciales y laborales y un exceso de cultura sin aparente aplicación. Pero en Brooklyn.
El único problema que cree no tener es la adicción a la marihuana y el vino blanco, pero es la excusa que encuentra su novia para dejarlo. Para matar el tiempo, mientras no encuentra inspiración para terminar de encarar su segunda novela, se postula en Craigslist como detective privado y de inmediato le empiezan a llegar casos improbables que resolverá gracias a su fanatismo por Raymond Chandler.

En el medio, su mejor amigo Ray (Zach Galifianakis, el gordo barbudo de ¿Qué pasó ayer?), no lo pasa mucho mejor que él. No consigue trabajo como dibujante de cómics y, muy a su pesar, acepta concesiones cada vez más insólitas (como una limpieza de colon) con tal de que su novia no lo abandone. Ted Danson, mientras tanto, compone al director de la revista que publica los artículos de Jonathan. Es un dandy que no se esfuerza en ocultar su patetismo impecable ni en escatimar humanidad hacia su periodista favorito. Y eso incluye trabajar un guión con Jim Jarmusch.

La aparición de Jarmusch es todo un síntoma de la integración armónica del mundo indie con el sistema de series. De hecho, el dato de que el creador la serie también se llama Jonathan Ames y que es escritor y guionista de cómic nos recuerdan a las paradojas offline de El Ladrón de Orquídeas. Son ocho capítulos de 25 minutos, con una estética que en diferentes momentos mezcla la pulcritud visual de Wes Anderson, la franqueza de encuadre de las historietas y los contrastes lumínicos de las clásicas películas de detectives. Por supuesto, no faltan los tonos ocres en las ropas, la exhibición de tapas de libros y la cafetería maricona en la que nos gustaría pasar el día comiendo muffins. Acaba de terminar la primera temporada y ya está anunciada la segunda. Dejarla pasar es un pecado.


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