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Educando a Gagliuso

30 11 2009 - 12:02

Después de haber dado clases y editado durante poco más de doce horas una revista de política porteña, el jueves fui a rendir un coloquio para seguir tachando materias de una lista que en breve desaparecerá y me recibiré de profe de Comunicación de nivel medio y superior, y luego de licenciada. Teorías del aprendizaje, me tocó ese día, con dos vasos de Coca Light y una Bayaspirina encima. En Morón, subieron al tren dos chicas cuya charla perforó mi lectura del análisis del dispositivo escolar de un colegio religioso de Almagro. Pero además, salvo vendedores de chocolate, ellas lograron lo que nadie puede. En estos días, es difícil desviar mi atención de The Cure, Radiohead (cómo me gusta “Creep”) y la vedette de Merlo-Once, Once-Merlo: “There must be an angel”. Sí, ahora se me dio por Annie Lennox y su Eurythmics. Como todo, ya pasará.

Ahora bien, ¿de qué hablaban las chicas?

Comprometidas como en un debate de TN pero con la ingenuidad de dos nenas que creen que los actores viven dentro del televisor, charlaban sobre los famosos, bolsa semántica en la que, como el peronismo, entra (casi) cualquiera. Hablaban de Los profesionales de siempre, el programa de Viviana Canosa. El diálogo comenzó más o menos así:

—Yo que Julieta no voy a Rodizio de Puerto Madero con Christian Castro. ¡Es obvio que te van a ver!

—Yo que ella le pego una piña al notero, que lo doy vuelta.

De repente, apagué mi MP3 y me quedé mirándolas como si estuviera pensando en la letra de alguna canción, que es lo que hago siempre que quiero chusmear lo que conversa la gente en el Sarmiento. No sé por qué, pero ahí nomás se me vino la imagen de los periodistas, los teleabusivos, haciendo publicidades: Mónica y César cambiando mandarinas de San Pedro por filmación para Carrefour, la voz en off del Gran Lanata para Sprite, la delantera Bazán-Arnet. En fin, tratando de no abrir demasiadas puertas, me dije: Romina, te queda un ratito para releer a consciencia diez páginas. Ahora no te pongas solemne, corazón.

Como un autito chocador violento, aquella discusión me impactó. ¿Qué es lo que hace que dos personas hablen con tanta convicción de otras, como Christian Castro y su nueva novia, que no conocen más allá de la caja boba? Quizás peque de reduccionista, pero, ¿por qué esas chicas no hablaban, por ejemplo, de que no llegan a correr el colectivo, de que no llegan a bajar la panza para lucir las remeras de modal veraniegas, de que no llegan a fin de mes? ¿Por qué entusiasmarse con una canosa sin canas?

Tras años de transitar entre las paredes mugrientas de Franklin y Ramos Mejía y también de Marcelo T. y Uriburu, de esquivar las cortinas de papel de la izquierda como en un viejecito en el tren fantasma, de pensar estrategias amables para rechazar los volantes que los pibes rasta te dan una docena de veces a diario, en el aula, aprendí el oficio de alumno. Dice Perrenoud, un sociólogo suizo, que el escolar adquiere los saberes y el saber hacer, los valores y códigos, las costumbres y actitudes que le permitirán sobrevivir sin demasiadas frustraciones en una institución educativa. Porque además de aprender la lección, el jueves me las arreglé para saber qué ponderar, qué desestimar, qué criticar en mi exposición. La profesora, que es la didáctica corporizada, el rostro de la vocación, nos aprobó. Espero que haya servido haber pasado tanto tiempo en Sociales, donde conocí a Zaratustra y a Chandler, a Sarlo y a Cucurto, y hasta me hice de buenos amigos. Allí fue donde, en definitiva, forjé en parte lo que soy.

Sin duda, en mi discurso hay algo de escoba nueva barre bien. Sin embargo, creo que vale la pena el esfuerzo, el esfuerzo a largo plazo. Hace no mucho, por caso, llevé adelante un proyecto de educación en medios en una escuela de Paso del Rey, en Moreno. Me tocó un noveno año, en una comunidad en la que los perros de la calle proliferan como los bebés en las casillas, un noveno de muchos pibes repetidores, padres inminentes, de lectura silábica y coqueteo con la droga y el robo. Un noveno de una escuela que, como tantas, los interpelaba desde el mate cocido y las facturas de crema pastelera. La propuesta consistió en trabajar en Lengua ciertas representaciones y estereotipos, a partir de la novela de Stevenson, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Así, en resumidas cuentas, del malo y el bueno llegamos a determinadas construcciones, cuya circulación mediática refuerza su sentido estático, negativo. Ahí vamos: nos pasamos dos meses tratando la disyuntiva pibe chorro-cheto, con chicos a los que una de sus profesoras rotulaba con la velocidad de la etiquetadora de supermercado. “No les da”, nos decía a mi pareja pedagógica y a mí. A partir de la manija que generan programas como La liga o GPS, junto a la estigmación social que se suele asumir como emblema tal como concluyen muchos sociólogos, no fue nada fácil aproximarnos a desmontar aquel par conceptual. Es que, antes que nada, los humanos nos comunicamos, crecemos y ¡aprendemos en la escuela! que con los estereotipos es posible vivir en sociedad. Las nenas no se trepan a los árboles, me adoctrinaba mamá. De esa forma, se trata de un laburo denodado, con el plus de que esos pibes te tiran en la cara, todo el tiempo, como animales que se defienden: “Soy un cabeza. ¿Y qué?”

Escuela y medios. Un matrimonio conflictivo. Para que todos puedan correr desde la misma línea de largada no basta con leer y escribir, sino también con saber hacerlo en los medios, en lo que se conoce como TIC’s. En ese sentido, los chicos están alfabetizados de primera mano, tanto los ricos, con la última Play en su cuarto, como los pobres que juntan monedas para el ciber, salvando las distancias y la gama de grises que hay en el medio, por supuesto. Y a esta altura no hace falta decir nada acerca de los intereses mediáticos y bla bla bla. Por lo tanto, que los chicos puedan leer y escribir críticamente los medios (eso, críticamente) tiene que ver con su formación cívica y política, con construir, de la mano del adulto, el mayor margen posible de pensamiento autónomo, mediante una mirada que les ofrezca un objeto de estudio antes que un instrumento. Aunque la opción por el instrumento puede ser una buena entrada a la alfabetización multimedial, a la participación. Si es de forma transversal, cuanto mejor. Claro que hacer realidad tamaña empresa, con todos los chiches, en el abanico Locomía que actualmente conforman las escuelas argentinas, es bastante improbable. Ese tema, en todo caso, quedará para otra ocasión.

Elías, uno de los pibes del colegio de Paso del Rey, de 18 años, que va a rapear al tren, me saluda con afecto cada vez que me cruza, me dedica alguna que otra improvisación y me dice: “Qué bueno que estuvo ver lo malo de algunas letras de cumbia y reggaetón en la escuela”. Ahora queremos que esos chicos cuyo oficio de alumno no contempla siquiera el copiarse, porque no saben hacerlo, porque no tienen carpeta, porque no les importa, no se coman el cuento del gato con botines. Entonces vamos, en principio, por un oficio del alumno 2.0. Y después, veremos.


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