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Asistiendo a Bart

6 12 2009 - 11:52

Blanca me dice que hay señales en los días de tu vida que te indican que es momento de dejar la docencia, y que uno las ve siempre. Lo que se hace después con esa revelación es una decisión personal: te hacés cargo o empezás a robar, a ver una tarea revolucionaria como una carga, un laburo de oficina. Mentalmente te pusiste un quiosco y a partir de ahí peleás sólo por las monedas. Me dejó pensando. Ella da clases en un colegio privado. Yo soy empleado estatal. El otro día hablábamos de nuestro laburo y tiró, tranquila, esa idea. Funes estaba cocinando pastas, hacía calor, era de noche en el Abasto. Hay que estar despierto, me dijo una vez el tipo para el que repartía diarios, con el radar aguzado para percibir algo intenso en medio de la baja espuma de lo cotidiano. Me parece que Blanca hablaba de la dignidad, de lo que hay que tener para despedirse de esa tarea que ya no te importa cómo sale; cuando uno ya no siente que la educación es el camino más cercano a la hora de pensar en cambios vitales, duraderos. Fondo blanco y a otra cosa. Y, obviamente, perdimos. De todas maneras, no se la van a llevar de arriba.

Días antes estaba por entrar a dar clases en una escuela de San José, partido de Almirante Brown. Una vez más, pero siempre única, impredecible, como son las personas, me iba a encontrar frente a un séptimo grado. Con chicos repetidores, con nenes desfasados, con alumnos a los que el delantal les queda chico o muy grande y no les importa. Agrupados con ningún criterio más que el del rótulo de los peores, algo a lo que uno se puede acostumbrar sin problemas. Es el Primero “D”, el último escalón en la carrera por el ascenso.

Todos los martes y jueves a las doce y media, días y horarios marcados a fuego en mi calendario semanal, tomo el colectivo, saco boleto y lo sé con una certeza fatal: cuando llegue al curso, los pibes me van a mirar con odio, desprecio y, los más benévolos, con indiferencia. La particularidad de estos pibes es que son treinta y, parece, se turnan para venir. Una semana vienen quince y la otra los demás. El tema Faltas se salda con la comprensión que, para la gilada, para el afuera, se muestra como un intento de que los pibes permanezcan en el sistema, que se integren a la institución educativa. Lo cierto es que para adentro se esconde el miedo a la falta de matrícula. Sin chicos, los cursos se cierran y los profesores que soñamos con una estabilidad ficticia nos quedamos sin esa escuelita que tanto queremos porque nos queda cerca de casa y juntamos todas las horas. Por eso a nadie le importa tres carajos ir o no al colegio. Nadie va a quedar libre. Eso es cosa del pasado.

Tengo un alumno llamado, ponéle, Manuel. A veces viene a clase, la mayoría de los días no. Tomamos el mismo colectivo. Él sube después que yo. Cuando me ve, tiene la misma actitud que mis ex novias: se hace el sota y no me saluda. Muchas veces lo vi llegar hasta la esquina del colegio, hacerse el famoso saludando a todos y cuando yo entraba al curso no lo veía. Cuando era guacho eso era hacerse la rata. Él, en cambio, no tiene nadie a quien mentirle. No se oculta. No entra, levanta el hombro despectivo y dice que no le importa. Pero a esa edad lo mejor que se puede hacer con uno de estos nenes es estarle encima, hacerle marca personal. Pienso mucho en chicos como él. La soledad es un lugar de mierda.

Últimamente estaba asistiendo al colegio porque tuvo problemas de conducta durante el año y lo habían puesto en un programa de tutorías durante un mes. Estudiaba en su casa. Dos veces por semana la madre iba a buscar los trabajos prácticos que debía hacer el chico, que invariablemente los resolvía mal. Era simplemente un castigo.

Volvió a clase como Charly a la música: irreconocible. A diferencia de Charly, sus ojos muestran un brillo malicioso, contenido. Está haciendo buena letra, nada más. Sabe que todo el mundo lo vigila, entonces pretende escaparse al Big Brother queriendo pasar desapercibido. Algo que se le complica mucho porque es el Cumbia Star del curso. Porque acá, las estrellas que surcan el cielo de la mente de estos pibes son los cantantes de cumbia. Y ese fue un tema de discordia. Cuando yo les dije que no me gustaba me hicieron la cruz. Yo, desde ese momento aciago, era el enemigo. Estaba de la vereda de enfrente. Las traiciones, por más forzadas que sean, los adolescentes no lo olvidan.

Manuel anda siempre con equipo de gimnasia de tela de avión, zapatillas deportivas y un léxico de hijo de la calle, las veredas y las esquinas. Me parece bien, la lengua evoluciona y los pibes se arman un muro de contención contra los adultos, esos muertos. Esta facha les gusta a todos, las nenas lo aman y los pibes lo admiran. También muestra, como si fueran cicatrices o batallas de las cuales emergió sano y salvo, un prontuario que dice que repitió dos veces el séptimo grado.

Entro al curso y los alumnos están como siempre, con su actitud zombie. Intento dar pelea a ese desgano asfixiante, desolador y, luego de una hora de hablar, desisto. Una vez más me ganaron. Nuevamente tiré la toalla y les di unas actividades para que las puedan resolver mientras yo pensaba ¿cuál es el problema? ¿Qué es lo que no estoy haciendo? Y ahí estaban, quince alumnos a los que no les importaba quién era, ni lo que decía y, mucho menos, lo que pensaba. En esos momentos me convierto en un enamorado con el corazón roto. Ese curso es una conquista imposible.

Manuel me pide para ir al baño. Le digo que haga lo que quiera. Buenísimo, responde y sale. Pasan diez minutos y no vuelve. Mando a un compañero a buscarlo y vuelve y me dice riéndose:

—Está tirado en el piso.

Salgo impaciente por pegarle un par de gritos, con la lengua dispuesta y la garganta a punto. Entro al baño y lo veo tirado, con la piel amarillenta. Parece un personaje de Los Simpsons. Los ojos cerrados, sin reacción a mis llamados. El miedo me pega en la nuca. Y Manuel pierde la máscara de su personaje y se muestra como lo que realmente es, un pibe que necesita ayuda. Llamo al preceptor para que me dé una mano y lo llevamos a la oficina. Él le dice Manuel, Manuel, y Manuel abre los ojos. Desorientado, agotado, dice que no puede ver. El preceptor, calmo, lo tranquiliza y lo acuesta en el piso. Le acerca una silla para que apoye ahí las piernas. El secretario llama a emergencias médicas y entre los dos le hablan. Le hacen chistes, y Manuel sonríe con esfuerzos y contesta lentamente. Yo estoy nervioso. No puedo hablar. Sentado no puedo parar de mover las piernas. El secretario se trata de comunicar con la madre de Manuel, pero no responde nadie. Se tienen que ir hasta la casa del alumno. Se van los dos y me dejan con el chico esperando a emergencias. El secretario me dice que nadie entre a la oficina. Es para que se sienta mejor Manuel y que corra el aire. Suena el recreo y los docentes vienen y yo les digo que tengo un chico recostado y que mejor…nadie me hace caso y entran. Pasan por encima de Manuel y van a buscar en un mueble tazas y saquitos de té para tomar una merienda. Nadie me pregunta nada. Se ponen a hablar de dietas. Emergencias que no viene. No tengo la furia necesaria para echarlos a todos al carajo y que se dejen de hablar pelotudeces y la corten con esa indiferencia. Mientras tanto Manuel me pide agua. Le doy con mucho cuidado, mientras el timbre toca y todos los profesores salen como habían entrado, pasando por encima del alumno. Nadie me preguntó nada.

Finalmente vino una ambulancia. Y una doctora muy amable lo revisó y era sólo un problema de presión. Lo sentamos, le pusieron sal bajo la lengua, le compré una galletitas saladas y se repuso. Vinieron el secretario y el preceptor, lo vieron a Manuel, hablaron con la doctora y me dijeron que vaya nomás que ellos se hacían cargo. Ya estaba mejor. Le di un beso y me fui. En la calle me relajé y se me cayeron algunas lágrimas. Fue la tensión o el miedo o todo junto. No sé. No importa.

Se lo conté a Blanca. Ella entendió mi indignación. Y ahí llegaron las ideas del principio, que, en definitiva, son las del final.


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