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Suite Punta del Este

22 12 2009 - 03:46

La mayoría de los muchos y merecidos prejuicios que existen hacia Punta del Este tienen más que ver con la gente que la puebla durante los veranos de hace por lo menos treinta años que con su condición de ciudad hermosa e irreprochable. Las últimas semanas de la primavera, antes de que lleguen las Fiestas, son el mejor momento para comprobarlo. Las playas están casi desiertas o apenas ocupadas con pacíficas familias uruguayas, los excelentes restaurantes vascos de la península dejan llevar el vino propio sin cobrar descorche, los precios todavía no incluyen el plus de temporada y hay tan poco tránsito que ni siquiera están prendidos los semáforos de las ramblas. Con ritmo algo parsimonioso para nuestras estándares histéricos, se ultiman los trabajos de instalación de estructuras en los paradores, reposición de decks y reparación de calles de mano de obreros que se habrán hecho invisibles para cuando la ciudad se transforme por dos meses o menos en “Punta” o “El Este”, según el interlocutor.

Como se ha consignado las primeras semanas de enero en nuestros diarios, el público de Punta del Este ha ido cambiando. Los pioneros en los 70 y 80 que le imprimieron el inconfundible tufillo snob argentino tuvieron que aceptar la “villagesellización” vivida en los 90 gracias al 1 a 1, para después compartir terreno con los potentados del sur de Brasil que llegan con fajos de dólares y cadenitas de oro y los millonarios paraguayos en 4×4 gigantes. Más recientemente, aceptar cierto clima “E! Wild On!” generado por turistas europeos, estadounidenses, mexicanos, colombianos y venezolanos de clase alta, que llegan a veces en cruceros y en busca de la Saint Tropez de Sudamérica. La costra de nuestro star system fue encontrando su refugio cada vez más lejos de la zona que podemos considerar clásica. Como si no pudieran evitar estar juntos como en el resto del año, construyeron sus caserones uno al lado del otro, por Manantiales o hacia José Ignacio, y apenas si se cruzan la zona de La Barra, donde se sacan las fotos nocturnas que veremos en las revistas de actualidad. Como se ven, los motivos para evitar Punta del Este por lo menos en enero siguen siendo convincentes.

Mi abuelo fue un empresario próspero entre los 60 y los 70 y además se ganó la Grande cuando era La Grande. Convencido por un amigo escribano, muy hábil para negocios, tomador de Blenders en botella de Chivas, invirtió en una casa a la altura de la parada 12 y medio de La Mansa. Por cuestiones filiales pero también fácticas, me resultaría imposible incluir a mi abuelo en algún lugar de la fauna enumerada en el párrafo anterior, pero al día de hoy le sigo sacando jugo a su visión de futuro para comprar lo que entraría en la precisa definición de chalet. Como últimamente hago para esta época del año, allí pasé una semana con mi mujer y una vez más pudimos comprobar que en ningún otro lugar del mundo se duerme con la placidez que en esta casa de Punta del Este, una particularidad que antojadizamente se la atribuyo al aire de mar.

Después de seis días solos, empecé a mostrar cierto comportamiento ansioso a partir de la llegada de uno de mis hermanos y su novia, que teníamos pactada de antemano y esperaba con expectativas. Hay algo que fluye más allá de la hermandad y los códigos vividos en esta casa a fuerza de semanas de todo tipo. Tiene que ver con una situación de resolución indefinida: la herencia y sucesión de la casa. Por su ubicación, mantenimiento y estilo arquitectónico, se trata de una propiedad sin precio de mercado. Si se intentara venderla según una tasación lógica, seguramente quienes dispongan de ese capital se decidirían por una inversión más rentable a futuro. De ahí en más, lo más probable es que la cotización de la casa termine en una cifra irrisoria respecto del valor afectivo que contiene. Una situación que puede dividir a los cuatro herederos, mi madre y sus hermanos, que pueden no querer afrontar los costos anuales de mantenimiento y, eventualmente, estar urgidos de recibir el dinero. De un modo u otro, la decisión repercutirá en los nietos que todavía usamos la casa.

Mi abuelo murió hace casi diez años, mi abuela tiene 83 y por eso cada vez que volvemos a la casa el morbo es mayor: cuando me voy de Punta del Este siento que pudo haber sido la última vez, y me ataca una melancolía retroactiva por no haber aprovechado lo suficiente. No me consta que a él le pase lo mismo, pero con mi hermano compartimos ciertas rutinas que nos garantizan al menos mitigar esa sensación de vacío: tomar un cortado uruguayo, salir a correr por la península, ir de compras innecesarias al supermercado, estirar momentos en los sillones blancos impregnados de una deliciosa humedad salada, probar las olas de La Brava, elogiar la calidad de los productos alimenticios, y quizá tirar algunas fichas en el casino. Sobre todo a partir de que empecé a ir con mi mujer, le agregué hacer uno o dos asados a la leña como actividad innegociable.

La experiencia pasa a tener una escala amplificada si nuestra semana coincide con alguno de los dos meses de verano que mi abuela se afinca en su casa. Su pasión, su adicción y su vida son la comida, preparada en cantidades industriales así no tenga más de dos invitados. Es por ahí donde canaliza el cariño atosigador de cada abuela y trabaja todo el día para ello, en un lugar a su medida, amplio, con tres mesadas, una pileta como para que naden peces y todo tipo de ollas y sartenes pesadas para cocinarle a un campamento. Vale como muestra el menú que nos tocó una semana de febrero hace dos años:

Llegar tarde, rechazarle un menú o comer lo que ella considera poco (unos tres platos) resulta una especie de oprobio. Una vez en la mesa, no tienen sentido los intentos de hacerle entender el concepto de digestión. Así es cómo uno termina comiendo mucho más allá de su límite, pero a pesar de ello el misterioso aire de Punta del Este que fomenta las siestas también succiona los kilos que normalmente irían a repartirse por distintas partes del cuerpo. Eso o mi abuela creó un sistema balanceado que obligará a tirar a los libros de nutrición a la basura.
Todo esto no me ayuda demasiado para tratar de explicar el comportamiento ansioso ante la llegada de mi hermano. Se genera como una carga, una tensión. Como si en mi programación interna existiesen unos protocolos de mi vida familiar en estado de hibernación, y por algún motivo se prendan ante la presencia en esa casa de alguno de mis hermanos o de mis padres. Hay una especie de silbato de fidelidad imperceptible, que suena en mi cabeza en las proximidades de los horarios de almuerzo o cena. Una orden a ir a comer a esa mesa larga de mantel de plástico rosa, una imposición a honrar los rituales de mi abuela.


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