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En la víspera

2 01 2010 - 18:15

Son las siete de la mañana. Patri duerme profundamente, y lo bien que hace. Yo estoy levantado porque en un rato tengo que salir a tomar la mesa de diciembre a unos pocos alumnos. Ya pasé navidad sin arbolito en casa, y ahora estoy subido a ese limbo gravitatorio que lleva al fin de año. Se van a cambiar los almanaques, pero la vida seguirá siendo despiadada. Por estos días estoy muy pesimista, debido a la fuerza centrífuga de La carretera de McCarthy, una novela realista y que trabaja con el presente como tiempo catastrófico. De todas formas ya compré una cuantas sidras para llenar mi taza (no tengo copas) y levantarla y brindar por lo que vendrá.

Es veintiocho de diciembre cuando escribo esto. Para el mediodía comenzarán mis vacaciones. Voy a tener un mes y medio libre de luchar cuerpo a cuerpo contra las certezas de los ignorantes, que son las peores. De ese mes y medio me tomo apenas diez días para pegar un viajecito y conocer Tucumán y, si alcanza el filo, Salta.

Prendo la computadora que hace poco, luego de doce largas cuotas, terminamos de pagar. Pongo algo de música para darle a esta hora indecente algo de divinidad. Busco algunos temas para armar una antología y llenar mi regalo navideño: un celular con MP3. Yo no soy de usar los auriculares para escuchar música. Sólo escucho del oído derecho ya que nací con el tímpano del izquierdo hecho bolsa. No puedo escuchar en stereo. Entonces recurro a la iluminación de los parlantes a todo volumen cuando quiero cargarme de acordes furiosos y vitales. Pero esta vez quiero quebrarle la espalda a mi rutina porque ayer reapareció una de las mujeres más hermosas que conocí en mi vida, y atrás de ella un montón de pasado.

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Camila, cuando todos éramos pendejos y ahora que no lo somos también, orbitaba alrededor de mi hermana. Laura, a la que le llevo tres años, siempre tuvo más y mejores amigos que yo. Pibes extraordinarios que la ubicaron a una edad muy temprana en el camino de los extraviados. Seba, Leo, Luisito y otros más formaban parte de un grupo de amigos que lo compartían todo, sobre todo la confusión. Ellos se habían conocido en una escuela legendaria de Adrogué. Se la conoce como La Alcolera. Camila y Laura cursaban juntas y los demás pertenecían a diferentes cursos. Luego de unos meses ya paraban todos en una plaza de Turdera. Fruto de esa conexión llegaron a mi habitación en la mano de mi hermana unos casetes grabados que portaban bandas que yo desconocía. Eran sonidos maravillosos y desprolijos, poderosos y anónimos. Eso no lo pasaban en la radio y no salía en las tapas de las revistas. Lo que me dejó como certeza que lo mejor nunca lo encontrás en la vidriera, la sombra es el rastro del esplendor. Mi hermana me los presentó en una fiesta que hizo en casa un verano que mi vieja y su marido se fueron de vacaciones. Desde ese día yo también quise ser su amigo. Ellos eran un clan de desposeídos que se juntaban a darse fuerza. Curtían amistad yendo a recitales, traficando música, pasándose tarea, compartiendo drogas y alcohol y haciéndose compañía. Ahí, entre todos ellos, estaba metida Camila.

Uno cree que sabe lo que es la belleza, pero uno no tiene la menor idea hasta que la tiene enfrente. Y es algo violento contemplar algo que no parece ser de este mundo. Esa abstracción, a veces direccionada desde los medios que te bombardean el bocho con fotos y pretende educarte el gusto, se materializó cuando estuve en el mismo living que Camila. Ella era adoradora de Nirvana entonces, pero creo que en realidad el que le gustaba era Kurt Cobain. Supongo que estaba atrapada por esa imagen de orfandad que reflejaba el tipo. Ella era hija, como todos nosotros, de padres separados, y algunos quilombos más tendría. Siempre estaba vestida de negro e intentaba cubrir ese resplandor que poseía.

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Me preparo el desayuno. Bajo un poco la música para no despertar a Patri. Ayer volvió Camila. Apareció vía internet y hablamos gracias al teclado y sin vernos. Sabíamos que estábamos del otro lado por una foto que muestra nuestro estado actual. Ella sigue demostrando que lo bello de este mundo es todo lo que no se repite, las excepciones, ese escalón que falta en la escalera y desestabiliza cualquier seguridad falsa. Yo doy pena.

Hablamos de cualquier cosa. Es imposible ponerse al día en unos minutos. Pasaron muchos años desde que se fue a vivir al Oeste mientras nosotros nos quedamos al Sur. Quise contarle que ella fue la protagonista de un cuento que escribí por esa época que vivimos juntos. Esos meses en los que Laura, Seba, Leo y ella y yo tiramos los relojes al carajo y dormimos bajo el mismo techo.

Mi padrastro había sido claro con mi vieja: si yo no me iba de esa casa, algo malo podía pasar. A ciertas amenazas hay que tenerlas en cuenta. Entonces Mamá hizo un par de movimientos y nos alquiló una casa en San José. Ahí fuimos a parar con Laura. Ninguno era mayor de edad y nos fuimos con la promesa de que la vieja se nos uniría en unos días. Nos instalamos y a los pocos días cayeron los pibes. Mamá nunca nos acompañó, así que se nos unieron los chicos. De pronto teníamos una casa solo para nosotros. Y nadie quería vivir con sus padres. Parecíamos los pichiciegos, refugiados de la terrible realidad y salíamos sólo para conseguir provisiones. Fueron unos meses descontrolados en los cuales el tiempo se detuvo y lo único que sabíamos era seguir nuestro capricho. A veces estábamos pelados de mercadería y nadie quería salir a comprar nada, entonces cocinábamos cualquier cosa. Ahí descubrimos que freír la cáscara de papa arroja un plato delicioso.

Tuvimos que abandonar nuestro bunker por problemas con los vecinos, se quejaban de la música, y de alquiler, habíamos pagado sólo el primer mes. Se veía venir, nadie trabajaba y el dinero no se encuentra dentro de las botellas de cerveza, que era lo que más visitábamos por entonces. Con pena y sin gloria cada uno regresó a su casa, pero mucho más grande y lleno de vida.

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Ya me armé la lista de temas. Only ones, 999, Pixies, The Cramps, Ramones, Bowie, Dead Moon, Dictatory, Dinosaur Jr y Leatherface. Los pongo a cargar en el celular. Miro la hora y ya sé que voy a llegar tarde, pero me parece más importante esto: armar el soundtrack de mi pasado para que me acompañe en este presente. Porque creo que hay temas que señalizan a fuego ciertas fechas en el almanaque de nuestra existencia. Y puede ser un ejercicio doloroso, sin embargo en esta ocasión es todo lo contrario.

La charla con Camila no fue tan larga. Eso estuvo bien. Ella está juntada, feliz, trabajando en un sex shop. Ya no se rapa como hizo una vez en un rapto estético y descontrolado que la dejó como recién salida del Borda. Me dijo que ahora pensaba más en ella y se cuidaba más. Me dieron ganas de preguntarle quién era esa persona de la que estuvo enamorada. Mi hermana lo supo y nunca me lo dijo. Eran leales, las minas. Pero no me animé, ya no importaba eso. Se sigue viendo con todos los pibes y los chicos, es bueno saberlo, están bien. Todos laburando, alguno con hijo, en fin, viviendo como se puede.

Así que la historia no terminó con la familia que ellos habían escogido para transitar la vida, desmadrada por la tierra. Le doy un beso a Patri mientras sigue soñando y salgo para la escuela. Me pongo los auriculares por segunda vez en mi vida y mientras suena el primer tema me preguntabo si se puede narrar la felicidad. Y si se puede armar segundas vueltas en esas rondas que parecen perdidas en las noches de la memoria.


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