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The Road

9 01 2010 - 06:39

Hace poco un diario se refería a la década que termina como “la más caliente”. Está confirmado: habrá Apocalipsis, aunque no en la década que se inicia. Nací en 1972 así que la década que termina para mí incluye el tránsito por la treintena, década hoy en día destinada por las mujeres de clase media a tener hijos y criarlos, mandarlos al jardín y luego a la primaria. Supongo que esa playa desierta en Ecuador a la que fui en el 99 ya tendrá un Club Med y facilidades para turistas. El pueblo en San Luis donde recibí el año dos mil ya tiene una autopista que partió al medio la montaña donde pastaban las vacas y las ovejas sin dueño en la década pasada.

Último mes de la década: Un jueves a las 15:45 salgo en remis hacia La Guaira, el aeropuerto de Caracas. Salir mil horas antes del vuelo es la recomendación habitual, aunque en este jueves, por ser temprano, por no estar lloviendo y porque “no hay cola hoy” se puede salir apenas 700 horas antes. La conductora es una mujer joven. Al principio no hablamos, después algo nos pone a charlar (un cartel tal vez, uno de los muchos carteles grotescos de propaganda gubernamental). Creo que yo le pregunto por la “pobreza”, o por cómo se hace para llegar hasta las casillas más altas del cerro. En jeep me dice ella, yo pregunto por el cablecarril que un anuncio dice que se acaba de instalar. Ah, sí, lo instalaron. Llegamos al punto en el que había que nombrar al presidente. Yo no lo soporto dice ella, aunque lo voté, ¿porque sino a quién votar? “Tampoco iba a votar a los energúmenos de la oposición. Pero no lo aguanto, no lo miro, ni lo escucho. A mí no me gusta el café, y no lo tomo. Chama, yo no voy a estar todos los días tomando café a ver si me gusta. Mi suegra ve Globovisión todo el día. Y todos los días sale a la calle esperando que finalmente la maten los delincuentes. Yo creo que la gente es buena, que los malos son pocos y que no me van a tocar a mí”. Me sentí identificada al toque con Keira (la conductora). Cinismo versus Confianza es uno de mis temas preferidos. Y acá, peligro de piquete, voy a decir lo que le dije: “En mi país es igual” (cuando le comenté esto a los amigos K se ofendieron diciendo que eso es lo que TN quiere transmitir, que “esto es como Venezuela”). Digresión aparte, le digo que su Globovisión sería como nuestro Clarín, que incluye a nuestro TN, y que obviamente yo tampoco miro. Íbamos así, charlando “de política” y sintiéndonos mejores que todos los demás que ven Globovisión y TN y confesando nuestro disgusto mutuo por ya sabemos quiénes, cuando la chica bajó el vidrio de la ventanilla del acompañante y le gritó a una moto gigante en la que viajaba adelante un guardaespaldas de traje de negro y micrófonos y detrás sentado al contrario del tráfico y apuntándonos a todos con una ametralladora, un militar. “Si le abres el paso a ellos, me lo abres también a mí, coño madre”. Uy, cuidado, dije yo, qué miedo, o alguna gansada parecida, seguido de un “¿quiénes son?” “Acaudalados, ¿no lo ves, en esa camioneta enorme y con toda esa seguridad detrás? ¿Qué van a ser sino potentados? Se ponen todo eso para que se vea que son ricachos y traten de secuestrarlos así pueden ponerle sentido a toda esa custodia que llevan encima”.

Ni la moto, ni la custodia, ni los militares pudieron abrir el paso. Un camión cargado de algo había volcado en el medio de la autovía impidiendo el paso de todos los que veníamos detrás. El movimiento se detuvo por completo y algunos vehículos (el del millonario y su séquito incluidos) pegaban la vuelta. Keira me dice con gran tranquilidad “llama y pide que te consigan un pasaje para mañana, hoy no llegamos al aeropuerto”. No podía ni quería hacer eso. Tal como todo estaba previsto, llegaba justo para el cumpleaños (festejo incluido) de mi hijo. Se lo dije y ella me preguntó: “¿Te animas a ir por la carretera vieja? Yo nunca he ido” Ahí nomás, de nuevo a los gritos, Keira le pregunta al conductor de un Chevy destartalado que empieza a pegarse la vuelta si se conoce el camino y si puede hacernos de guía. Allá vamos con total felicidad y adrenalina. Aunque empieza a oscurecer y me arrepiento ipso facto de haberme animado. ¿Y si por animarme para llegar al cumpleaños de cinco, no llego nunca, porque nos secuestran y matan y roban, de noche en la carretera vieja?

La carretera vieja es un camino de montaña muy sinuoso, por partes de ripio, por partes pavimentado hace al menos 30 años, flanqueado por selva, con una vista espectacular de las playas de La Guaira y sobre el que se desarrolla un barrio que aquí llamaríamos villa miseria y que en Caracas llaman “cerro”. Es un atajo para ir desde la ciudad hasta la playa (el aeropuerto) cortando la montaña y cruzando por en medio de una gigantesca villa, favela o cerro. Seguimos charlando y me entero de que Keira está embarazada de cinco meses, esperando a su primer hijo: un varón que se llamará Jose Guillermo. Hacemos el viaje charlando sobre partos, tetas y esas cosas. Ella me cuenta que en Caracas la mayoría de las mujeres prefieren tener sus bebés por cesárea programada, y que las más pudientes se hacen el viaje a Miami para tenerlo allí y de paso comprar todo “el equipamiento”, que muy pocas amamantan a sus hijos porque lo consideran “cosa de indias”, y que en suma, el aspiracional femenino es Miss Universo. Se sabe, Miss Universo no da la teta, ni se pone de parto, sino que se acuesta grácilmente en una camilla de quirófano y de paso que le extirpan el bebé, le operan la cola y le agregan siliconas en las mamas. Hubo momentos de tensión cuando nos pararon el auto y hubo que pagar peaje para pasar (“para la pinta doña”), otro cuando parecía que perdíamos al Chevy, o cuando el tráfico se paraba del todo en la requeteangosta carretera vieja porque un colectivo escolar se detenía en el medio del camino a descargar palos, bolsas y jaulas con gallinas. Ahí Keira se volteaba y volvía a decirme, “Niña, creo que no vas a llegar al cumpleaños del chamo”. Arrancábamos de nuevo y otra vez la esperanza de llegar al aeropuerto al menos cuarenta minutos antes de la salida del vuelo. Tuvimos momentos muy Thelma y Louise, incluso con lo poco que me gusta esa película (la verdad que Keira me hacía acordar más a la policía embarazada de Fargo).

Pero lo que quiero decir es que hubo un vínculo groso entre Keira y yo durante las cuatro horas que compartimos en su Sedan modelo 2000. Cuando finalmente tomamos la autovía (dejando atrás el camión volcado y la cola, la carretera vieja y al Chevy) le confesé a Keyra que por un momento tuve miedo de que el conductor del Chevy nos estafara y llevara por mal camino y ella me dijo “Yo también bicho, en un momento pensé que el del Chevy se nos iba a atravezar y te iba a robar la maleta, el pasaporte, todo, pero ya ves, la gente es buena y hay que confiarle”. Era la primera vez que Keira hacía el camino por la carretera vieja, y estaba orgullosa de sí misma. Llamó por celular a su marido y se lo contó muerta de risa. Le dije que era una suerte que estuviera embarazada, ya que probablemente no lo hubiera hecho de lo contrario. Tengo la teoría de que las embarazadas padecen una especie de locura que les quita el miedo y las vuelve temerarias. Me despidió en el parking del aeropuerto gritándome que corriera para agarrar el avión. Cuando llegué el vuelo estaba demorado. ¿La causa? La tripulación no había llegado, estaban varados por un vuelco en la autovía… Evidentemente ellos no se tomaban tan en serio el llegar a tiempo, ni tenían una conductora como mi Keira. Hay una socióloga, o antropóloga catalana que se llama Casilda Rodrigáñez que sin mucho rigor científico y con no tanta gracia poética afirma un montón de cosas verdaderas sobre el patriarcado, la maternidad y los úteros. Entre otras cosas Casilda dice que el útero flotante devino útero espástico como consecuencia del patriarcado, que las antiguas representaban al útero como una rana, o como un pez o incluso una ameba, que latía y se movía hacia abajo (menos en las histéricas, donde el útero se mueve hacia arriba) y que tenía dones de adivinación, entre otros muchos, que los partos no dolían, sino que eran como enormes orgasmos. Orgasmos uterinos, aclara, porque según Casilda el orgasmo clitoriano es otra impostura del patriarcado. Según Casilda, es normal que las mujeres deseemos estar embarazadas una y otra vez y que anhelemos parir y amamantar y que nuestro útero sea una especie de bola de cristal (aquel sexto sentido del saber popular) que nos dice para dónde ir y en quién confiar y qué sembrar. La impostura del arquetipo viril, sigue Casilda, nos quiere hacer creer que las criaturas humanas tienen un tánatos innato, que nuestros hijos e hijas son tiranos, vagos y perezosos,  que la letra sólo con sangre entra.

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El Fin del Mundo se anunciaba para el 1 de enero de dos mil a las cero horas cuando los relojes de todas las computadoras del mundo colapsaran a la vez por no tener la inteligencia para interpretar que después del 1999 viene el 2000. ¿Por qué no iban a tenerla? Misterios de quienes diseñan planes de contingencia, para contingencias cuya ocurrencia es poco probable. Un fin del mundo que podría haberse parecido al de la película de Wenders de principios de los noventa (Till The End of The World) donde lo (único) que ocurre es que todas las computadoras dejan de funcionar. Cuando vi esa película “todas las computadoras” que conocía eran pocas y no parecían tan relevantes a la continuidad del mundo. Veinte años después esa película de Wenders, humana y poco cínica, tiene bastante sentido.

El paso del tiempo me angustia a veces me parece que de forma exagerada. ¿Aunque qué otra cosa debería angustiarnos más a los humanos? Algunas pocas cosas me alivian la angustia existencial de saber que el fin es inexorable y que es para todos (no tengo religión). Muchas veces fantaseo con volver a estar embarazada. La gestación tiene algo maravilloso para las personas como yo, que sufrimos pensando en la muerte (propia y ajena y que la emparejamos con el fin del mundo) porque te permite sumirte completamente en la auto referencia y te garantiza un año entero de no tener que pensar mucho rato en otra cosa. Sin lugar a abordajes psicoanalíticos sobre la completud, sobre estar llena o vacío, sobre tener y no tener, nada más digo eso. Otra cosa que me alivia la angustia y que no incluye la reproducción humana es romper a masazos el patio trasero de mi casa. Darle con el cortafierro y la masa al cemento y después meter las manos con guantes entre los escombros hasta conseguir remover la piedra angular, el ladrillo que sostiene otros cachos de baldosa partidos (el contrapiso) y hacer que cedan las bases y se derrumbe la estructura. Cargar en una pala el escombro y el polvo, meterlos en una convenientemente adquirida “bolsa para escombros” y volver a empezar, volver a hacer palanca con el cortafierro hasta que ceda otra parte de la base y se caiga otro cacho de estructura. Muchas metáforas reviso cada vez que me acuclillo contra las paredes del fondo a darle al suelo “mover el piso”, “llegar a las bases” “desmoronamiento de la estructura”. Cuando aparece la tierra en el fondo a veces sale una hormiga, a veces aparece un pedazo de mosaico lindo, de cantos lisitos, y lo reservo, lo pongo aparte para hacer un mural, digo. Después con una pala doy vuelta la tierra, le agrego toda la basura orgánica que se amontona en una maceta, y empiezo a pensar qué planta es la que corresponde poner en ese hueco, de acuerdo a cómo le da el sol. Y ahí vuelve a veces la angustia, porque entonces si pongo algo grande —¡un árbol!— va a tapar el sol (gran tema de las personas que vivimos en la ciudad, en una casa o en una planta baja), pero si pongo algo chico, va a tardar tanto en crecer… Tanto, que nunca vamos a verlo siendo un árbol de verdad, ¿porque cuánto tiempo más vamos a vivir? ¿50 años? En 250 años, al ritmo de crecimiento de la ciudad de Buenos Aires (lento según el estudio del Plan Ambiental Urbano de Buenos Aires) recién estarían todas las parcelas de la ciudad ocupadas por edificios. ¡Es hora de apurarse dice el PAU! Buenos Aires tiene pocos edificios revela el estudio según la noticia publicada ayer por Clarín. Sabemos que atrás de la noticia habrá planes de urbanización y desarrollo inmobiliario que harán ganar mucho dinero a unos pocos y darán mucho trabajo (pesado, peligroso y mal pago) a miles de obreros de la construcción. Con suerte solo algunos pocos mueran en accidentes de trabajo durante las obras. Sé que las dos parcelas que lindan con la mía, en la Capital, y que todavía no tienen edificio, lo tendrán muy pronto. No habrá que esperar 250 años. Edificios bajos, ¡ojo! Es el Capital, estúpida, diría cualquier persona con sentido común (también se acepta “es la Capital”) Y los propietarios de parcelas prefieren venderlas a un inversor que tenerlas ahí con una ridícula vivienda unifamiliar. ¿A quién se le ocurre plantar un jardín en Capital Federal? Sin embargo, ir al vivero es un programón, los nuevos vecinos de Parque Chas van a comprar tierra para sus macetas de Marihuana y se lo dicen sin empacho al vendedor. La ciudad tuvo en la misma semana un ministro de educación facho, y una moción para apoyar el matrimonio gay. Ser gay es bien. Plantar fumo es cool. Comprar merchandising de Hijos queda canchero y bardear en Internet a los ministros nazis te garantiza más y mejor sociabilidad. ¿Será que ésta va a ser una década más feliz?


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