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Fútbol: Manual de Estilo

29 01 2010 - 16:57

Siempre me asombró la falta de humor y el exceso de solemnidad que hay en los deportes de alta competencia, sobre todo en el fútbol. Se han escrito varios libros sobre el dramatismo del juego, sobre la soledad del arquero ante el penal y el desesperante oficio del entrenador. Quizás en poco tiempo alguien redacte un ensayo sobre el vacío metafísico de jugar de enganche hoy. O sobre el inexorable destino de abandono de los laterales retirados.

La falta de humor que domina al deporte se justifica, sobre todo, en la importancia capital que el acontecimiento adquiere en las sociedades —como la nuestra— que lo consumen. El deporte se convierte en una cuestión que logra transformar el humor de la gente, de manera que en ese espacio de triunfos y claudicaciones hay, se supone, muy poco espacio para la hilaridad. Todo es muy serio pero, además, todo guarda un protocolo pueril que, aún cuando carece de sentido, nadie se anima a romper. Esto se expresa más que en ningún otro lado en los reportajes posteriores a los partidos, un momento que suele ser el paroxismo del lugar común. En ese sentido, muchas veces fantaseo con que un jugador se canse de las preguntas retóricas de Tití Fernández —o de algún otro notero de turno— y se anime a responder algo imprevisto, algo que se sale de la banquina de la corrección y provoca un vuelco inesperado. Teniendo los jugadores la impunidad de poder elegir qué decir cada domingo, disponiendo de los micrófonos y sabiendo que todo aquello que digan va a ser replicado en decenas de noticieros y diarios, siempre me pregunté cómo ellos o los cronistas (o los camarógrafos o los editores) no se cansaban de las mismas respuestas de fin de semana, una suerte de tautología que hace rato ha sido vaciada de contenido —lo tuvo la primera vez que fue enunciada, como acto fundacional—, pero que igualmente funciona para completar las horas crepusculares de ese día. Esta complicidad de la nada misma se manifiesta de varios estilos. El más usual es el que denominaremos axiomático felpudo, que por lo general redunda en el hecho de que el héroe de turno completa la reverencial frase lanzada por el cronista:

— Che Martín, qué golazo hiciste, sos un elegido…

La respuesta por lo general es “Si, por suerte pude empujarla y pudimos festejar. Ahora hay que seguir trabajando duro porque el próximo domingo tenemos otra final”.

¿Pero qué pasaría si Martín respondiera así?:

— Sí, fue un golazo, como los que hago siempre. Pero te digo algo: no le pegué de lleno, pero como el arquero de ellos es horrible, no pudo atajarla. Y en relación a lo otro: sí, la verdad es que tenés razón: soy un elegido, y creo que sí, que fui señalado por el dedo de Dios, que estoy marcando un antes y un después en el fútbol mundial y que se me va a recordar como una leyenda sin tiempo.

Inmediatamente después de lanzar semejante manifestación de impudor y megalomanía, se hará un silencio monumental, el jugador mirará a cámara callado (Tití no sabrá qué decir) para de inmediato lanzar —el futbolista— una carcajada y agregar:

— Ahhhh, te lo creíste, ¿no?

Qué buen momento.

Como soñar no cuesta nada, me puse a fantasear sobre otras respuestas fuera de pista. Ahora vamos con el estilo axiomático afirmativo:

— Che Burrito, un triunfo importante, ¿no?
— No, la verdad que fue un triunfo de mierda, triste, sin gloria. Yo quería que se terminase el partido e irme a dormir. Es una victoria que no nos agrega nada y que era obvio que íbamos a conseguir.

O así:

— Hoy llegábamos a perder y nos cortaban las bolas a todos. Decí que de pedo entró el hombrazo que metí en el final sino tenemos que irnos en el baúl de un Chevalier. ¿La gente? No… son insoportables. Agarrás la pelota y a los cinco minutos te empiezan a chiflar.

Lo mismo después de una derrota:

— Muñeco: ¿Quién es el responsable de esta situación?

Por lo general, aparecerá nuevamente las palabras medulares del discurso del futbolista obrero: “grupo” y “trabajo”, como si se tratara de una central trabajadora. “El responsable es el grupo. Y de acá se sale trabajando. Con esfuerzo, con humildad y con dedicación”

No estaría mal que alguien se animara a la insurrección:

— La culpa es del 2, que no para a nadie y tiene menos cintura que Bob Esponja. A mí, la verdad, lo único que me importa es llegar a casa y tomarme un ácido.

O al absurdo agresivo:
— ¿Y a vos qué carajo te importa?

Pero es inútil: pasan los domingos, la mesa se sirve pero nadie se anima a salirse del menú habitual.

Ayer ocurrió un hecho, fuera del fútbol, que bien podría adscribirse en la categoría respuestas desopilantes.

Mito vivo del tenis, Roger Federer terminó de aplastar a Jo-Wilfried Tsonga (un francés que es increíblemente igual a Cassius Clay, ¡hasta mide lo mismo!) y se dispuso a responder las preguntas de rutina posteriores al partido. El partido era en Melbourne, por el Australian Open. El triunfo de Federer le permitió clasificarse a la final. Federer se acercó al entrevistador, Jim Courrier, un ex número 1 del mundo que tal vez no tiene la elocuencia de un locutor, pero que sabe de lo que habla. Después de dos o tres preguntas referidas a la facilidad con la que había ganado, Courrier quiso saber:

— Roger, a veces asombra tu capacidad física, ¿tenés algún secreto?
— No, la verdad que no. Me paso todo el día en el sofá, tirado. Después, me pongo a ver a mis hijos.

Courrier empezó a reírse, pero fue por más.

— Uy, es muy desalentador para alguien como yo que se la pasó entrenando tanto tiempo.
—Bueno, se ve que en tu época, cuando jugabas con tipos como Lendl o Edberg, era necesario entrenar, pero no es mi caso. La verdad es que no hago nada.
— ¿Qué esperás de tu rival (Murray, británico) para la final?
— Y, no quisiera estar en su lugar. Imaginate representar a un país que hace como 150 mil años que no gana un Grand Slam. Pobre muchacho, es mucha la presión que va a tener que soportar. Le deseo buena suerte.

Todos reían, sabiendo —claro— que Federer entrena como una bestia y que, huelga decirlo, respeta y mucho a Murray. De hecho, Murray es alguien llamado a llegar a la cima absoluta. Eso sí, no abriga en su humanidad ni una pizca de la grandeza universal del suizo.


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