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El suelo se mueve

1 03 2010 - 02:24

“¡Vamos hueón, vamos ya carajo!” En el descanso del cuarto piso, un hombre en pijama le grita a su compañero que se apure. Lleva dos perros pequeños amarrados y el cuerpo le tiembla. Son las 3.45 del sábado. La gente corre escaleras abajo como puede, aunque algunos todavía están shockeados: una pareja joven se abraza en el descanso del tercer piso. Se quedan quietos, con los ojos muy abiertos, mirando a los que bajan. Al poco tiempo se unen al grupo de vecinos a medio vestir que se reúne espontáneamente en el ingreso del edificio.

Falta más de una hora para que la radio empiece a hablar de los casos de fallecimiento por infarto, pero cualquiera de los que están allí puede entender la dimensión del espanto. A las 3.34, cuando el suelo comenzó a temblar, la mitad de los habitantes del edificio Mondrián del barrio Providencia, en Santiago de Chile, se despertaron violentamente. El temblor se convirtió en una sacudida de una magnitud que ninguno había experimentado en su vida. En el quinto piso, donde me alojaba, empezaron a caer el revoque de las paredes, la vajilla, los objetos de los muebles. Se oyeron gritos, el ruido inconfundible de los vidrios al romperse, las alarmas de los coches, todas a la vez. Paralizado a medio camino entre la puerta del departamento y el descanso de la escalera, pude ver cómo caían los muebles en una vivienda del edificio de enfrente, y una mujer que se arrojaba al suelo, debajo de la mesa, en cámara lenta. Después las luces parpadearon, y todo quedó en penumbras.

Desde el séptimo piso, cuenta un vecino, se podía ver como estallaban los transformadores eléctricos a la distancia: “Era de película, ¿cachai?”, dice. Otro, del mismo piso, es más específico: “Me hizo acordar a Titanic”, dice. Y después, muchas veces después, la gente en la tele diría lo mismo: “Fue como en el Titanic”. Nosotros, que igual que las alarmas de los coches no hemos sido fabricados para comprender a la naturaleza, apenas si podemos empezar a procesar lo que vimos a través de recuerdos ficticios, prestados, de un cine ajeno.

Se calcula que el sismo duró aproximadamente dos minutos. En su pico de violencia, un vecino que bajaba corriendo las escaleras se arrojó directamente desde el segundo piso del edificio a causa del miedo, cuenta. Ahora sostiene un cigarrillo con mano temblorosa, y pide fuego. Apenas se lastimó una pierna, pero tiene la mirada esquiva, los ojos vidriosos. Alguien le ofrece fuego, también con mano temblorosa. Reunidos en la puerta del edificio, tratamos de escuchar las primeras novedades a través de una radio portátil. Nadie quiere volver a su departamento. Los que tienen autos los retiran de las cocheras y los dejan estacionados en la vereda, con las luces de baliza encendidas. La escena se repite a lo largo de avenida El Bosque: los grupos de vecinos a medio vestir delante de los edificios, las radios encendidas, las luces titilantes de los coches, los rostros pálidos, iluminados apenas por el reflejo eléctrico de los teléfonos móviles.

Después de las cinco, algunos se animan a subir por unos minutos a sus viviendas para comprobar el estado de las cosas, para buscar cosas, para cerrar las llaves del gas y de la luz. Aparecen bebidas y frazadas en la recepción. El tráfico de las calles disminuye, las comunicaciones empiezan a funcionar lentamente, los vecinos se cuentan unos a otros sus experiencias. Hay quienes hablan por primera vez esta noche. Hay quienes directamente suben a sus coches y se van, quién sabe adónde. Según el gesto de sus rostros, ellos tampoco saben.

Antes del amanecer tardío, un hombre pasa en bicicleta por la puerta del edificio y vocea: “Lo peor ya pasó, lo peor ya pasó”. Algunos le sonríen, pero nadie está convencido de que eso sea exacto. Hay ciudades que siguen incomunicadas, el edificio sigue sin luz y sin agua, y las luces de la mañana traen las primeras imágenes crudas de lo sucedido. En los medios, las cifras de las víctimas fatales siguen aumentando a lo largo del día.


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