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Segundas vacaciones con Roberto Bolaño

4 03 2010 - 03:00

La primera vez fue en el dos mil ocho cuando partimos con Patricia hacia Misiones para no morir sin haber visto las cataratas del Iguazú. Pero mi principal interés entonces era entrarle a Los Detectives salvajes, un texto que se me imponía como necesario. Me costó hallarlo. Unos días antes de viajar recorrí casi todas las librerías de Corrientes y cada vez que preguntaba por el libro me respondían lo mismo: estaba agotado. Pensaba que iba a ser una temporada baja entonces. Hasta que fui a la casa de mi primo en Ciudad Evita para pedirle prestada una carpa, una mochila y una bolsa de dormir. Cuando entré a su pieza una gran sorpresa me esperaba: el tipo tenía el libro, ese libro que yo anduve rastreando como un poseso sin suerte, sobre su mesita de luz. Las casualidades no existen, me dijo una vez un albañil para el que trabajaba: el que habla de casualidad comete un error de interpretación. Lo veía reluciente, como si fuera recién comprado, esperando que alguno le pusiera los ojos encima y se produciera ese extraño fenómeno tan familiar y a la vez excepcional llamado lectura. Hay en el acto de abrir un libro algo de incertidumbre, de riesgo que uno emprende sin reparar en las consecuencias que acarrea meterse en otros mundos. Tapa roja con una ilustración de tres hombres trajeados, que parecían salidos de una película de Tarantino, caminando por una playa, observando a su alrededor. Buscando algo. Al igual que yo. Solo que en mi caso ya me encontraba frente a mi presa.

Mi primera reacción, el plan instintivo, fue que se lo iba a robar. Desistí de esa idea y preferí pedírselo. Por una vez quería hacer las cosas bien. Pero luego comencé a pensar en que ya le iba a pedir otras cosas y me pareció un exceso de mi parte pedirle además el libro. Mi primo es un gran lector, muy curioso y sin ningún prejuicio. Me gusta tener mis propias opiniones, dice cuando le pregunto por qué se compra libros tan malos. En su pieza, desparramados por cualquier lado porque no tiene biblioteca ni quiere tenerla, se pueden apreciar los nombres de Tolstoi, Céline, Borges, Aira, Piglia, Palahniuk. Y también Paulo Cohelo, Allende, Dan Brown, Bucay, Ari Paluch. Un tipo de gustos amplios que en todos esos libros, cuenta, encontró momentos de lectura increíbles, maravillosos. Yo no soy quien para contradecirlo. La cuestión es que él se apropia de los libros con una pasión fetichista, con alma de coleccionista. La cosa estaba muy complicada.

Hablamos de insignificancias que no recuerdo ya que tenía puesta toda mi atención sobre ese ladrillo rojo que tanto quería tener. Cuando me paré como para irme, nervioso, el pecho palpitando con fuerza, sin decidir bien qué decirle o qué hacer como para despegar de Buenos Aires con Los detectives salvajes en la mochila, mi primo me avisa que tiene algo que me va a gustar. Y me pasa la novela. ¿Qué pasó por su cabeza, por su cuerpo, para que una persona como él, posesivo y mezquino con sus textos, hiciera algo como eso? No me interesó descubrirlo en ese momento, tampoco lo hice después, y me dejé llevar. Lo abracé como si fuera mi última acción en la tierra. Él me preguntó si estaba bien, qué me pasaba. Lo tuve agarrado un buen rato y sentí que en ese momento lo amaba más que nunca. Lo solté y le agradecí visiblemente emocionado y agitado. Nada, le dije, no pasa nada. Cuando guardé el libro en la mochila me largué a contarle la razón de semejante comportamiento.

Viajamos en tren durante treinta y seis horas. Supuestamente tardaríamos veinticuatro. Le gente, que siempre tiene la bronca lista para desenfundar ante cualquier nimiedad, resistió el calor, la incomodidad y el pésimo estado del transporte con un estoicismo magistral. Yo, desconectado de todo lo que sucedía a mi alrededor, leía a Bolaño, pero no la estaba pasando nada bien. Cuando llegamos a Misiones ya tenía adentro la mitad de la novela. En dos días más terminé sus mas de seiscientas páginas y me di cuenta que yo no era el lector para el que estaba escrita esa novela. Estaba completamente frío frente a un libro que mucha de la crítica que me había acercado a él consideraba una obra ardiente, viva y trascedente. Lo guardé con la convicción de que entre el chileno y yo no había pasado nada emocionante. Algo terrible cuando hablamos de literatura.

Este año, mientras enero se deslizaba sobre una ola de calor desbordante, conocí a Matías Gómez, un buen escritor que vive cerca de casa, en Florencio Varela. Un territorio que los que no lo conocen —gente que no respira más allá del puente Pueyrredón por considerarlo otra galaxia— creen que se encuentra arrasado por la violencia y la delincuencia. Pero usar de forma maliciosa un par de sustantivos recurrentes y engañosos no cambia lo real: Florencio Varela es hermosa por donde se la mire o se la escuche o se la toque. Y fue Matías el que me contó que le gustaba mucho Roberto Bolaño. Estábamos tomando una cerveza, yo miraba el reloj cada tanto porque en menos de una semana me tomaba el palo para Tucumán y le pregunté si tenía 2666. Son esas preguntas que se lanzan sin especular y terminan incomodando al otro. Le dio un trago largo a su vaso, casi fondo blanco, me miró un segundo y luego desvió la mirada. Hizo un silencio que no supe cómo interpretarlo y finalmente me respondió que si, lo tenía. Se lo pedí y me dijo que le diera tiempo para pensarlo. A los dos días me llamó y me dijo que me lo prestaría con la condición que se lo devolviera.

Un sábado antes de salir para Tucumán Patricia levanta fiebre. Treinta y ocho marcaba el termómetro y de ahí no bajaba. Se pasó ese día y todo el domingo en la cama con un paño de agua fría en la frente mientras yo le preguntaba cada dos segundos cómo se sentía. La piel, siento la piel despedazada, decía. Yo no sabía qué hacer más que estar ahí, dándole Seven Up y cambiándole el agua seguido. Nuestros pasajes de salida tenían fecha para el lunes a la mañana. Ese día la temperatura no daba tregua y fuimos al hospital. Salimos de allí con la palabra del médico de que todo mejoraría en poco tiempo.

Cuando Patri se recuperó ya habíamos perdido el viaje en tren y el costo del micro estaba tan lejos de nuestra billetera que lo mejor era despedirnos de las vacaciones en el Interior como quien aprende una dura lección.

Comenzaba febrero del dos mil diez. No había mucho por hacer. Y yo tenía en mi poder 2666.

Me preguntaba cuanto puede uno cambiar en dos años. Le lectura de ese libro fue tan vertiginosa —te lo digo porque son más de mil cien páginas que se leen como si fueran doscientas— que no podía creer que ese fuera el mismo autor de Los detectives salvajes. Y estoy seguro de que hay algo que antes no pude percibir, algo sutil y profundo que se me escapó esa vez anterior y que ahora estaba presente con una fuerza demoledora. Porque cuando la terminé supe que estaba frente a una obra maestra y que mi vida había cambiado para siempre. Es que la prosa de Bolaño en este libro parece estar cargada de esa necesidad de contarlo todo, arriesgarse a pasar por todos los estados con los que uno se puede encontrar al entregarse a semejante novela: la admiración, al aburrimiento, la alegría, la reflexión, el espanto, la furia. Superar la idea de perfección por la de activar la máquina narrativa de largo aliento y contenido increíble, por la forma de tratarlo, por la fuerza con la que llega al lector y esa entrega total que, de todas maneras, deja la incertidumbre, la angustia por momentos asfixiante, frente a la innecesaria resolución de las dos historia principales que se entrelazan magistralmente y articulan la trama del libro.

La lectura de 2666 me sigue afectando a pesar de haberla concluido hace unos cuantos días. Creo que lo seguirá haciendo por un tiempo más. O tal vez no me deje nunca.

Mientras tanto voy preparando unos exámenes para las mesas de febrero. Pero lo realmente importante sería poder transmitir algo que produzca este tipo de sensaciones sísmicas que te sacan del centro y te permiten ver todo con una nueva mirada. Y todo eso está relacionado con la lectura. Algo tan simple como abrir un libro puede cambiarlo todo. ¿Se puede ptovocar ese tipo de aventuras? Hacer que los pibes agarren un texto. Solo eso. Lo demás es pura incertidumbre. Cada año que comienza me pongo a pensar en lo mismo. Ahí vamos con todo una vez más.


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