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Whowinnit

9 03 2010 - 14:27

Algunos, un porcentaje mínimo de los compatriotas frente a la tele, nos agarramos la cabeza cuando Almodóvar dijo El secreto de sus ojos. Tardó una milésima de segundo desde and the winner is hasta el título de la winner, pero antes de largar el sonido se le notó la E en los labios y supimos, nosotros, que habíamos perdido. Nos apretamos el pito con la mano para no concentrar toda la bronca en la boca, que es un lugar tan común, y dijimos: la concha de la lora. Toda nuestra fe estaba puesta en la alemana. Ni siquiera la vimos, pero nos alcanzaba la ficha en IMDb para autoconvencernos: es alemana, es sobre la guerra, tiene buen user rating, nos decíamos en la arenga del túnel, antes de salir a la cancha. Cuando salimos nos cagaron a piedrazos, y eso que por un momento intentamos hermanarnos con la hinchada, bancar a Campanella en la trinchera, que no debe ser fácil hablarle a un teatro que no quiere que hables, que no sabe quién sos. Bastante bien con el inglés, eh, lo alentamos, y por un momento hasta quisimos que Francella buscara el micrófono e hiciera alguna morisqueta, pero fue una ráfaga de tiempo inasequible, fue nuestro otro yo empujándonos al morbo, la misma sensación de cuando pelamos un durazno y esperamos que el cuchillo nos rebane el dedo, primero la sangre ganándole a la piel, después la mancha roja en el rollo de cocina. Enseguida pisaron a Campanella con la música oficial de la ceremonia, señal de que el speech se estaba extendiendo demasiado, y eso nos devolvió a la derrota inicial mezclada con vergüencita.

No nos importan nada los Oscar. Es la primera vez que vemos la entrega entera, desde Axel Kuschevatsky a los pies de la alfombra roja, demostrando cuánto sabe de cine, hasta la premiación de la Mejor película, The Hurt Locker (que alguien quiso traducir como Vivir al límite) a eso de las dos de la mañana. “¿Así que te caíste de una escalera durante el rodaje?”, le preguntó Axel a Jeremy Renner, el protagonista de la película, media hora antes de que arrancara la premiación. Al pibe, treinta años, cara de pendejo, se lo notó intranquilo, ansioso por el show inminente, y no pudo disimular el asco en la cara, las ganas de cagarlo a trompadas, pero se contuvo y contestó respetando el protocolo, con sonrisa estúpida, recuperando la anécdota de la cual ni siquiera se acordaba. Nosotros, los que queríamos perder, vimos los awards por TNT, no por Canal 13. Preferimos que las cosas nos lleguen sin filtros, y nos da miedo la cantidad de pelotudeces que pueda decir el pobre Horacio Cabak, solo en un sillón con un par de LCDs a sus espaldas, flameando la bandera argentina por una causa que no nos pertenece. Incluso pusimos SAP para limpiar la traducción simultánea, más porque la superposición de voces es insoportable que porque sepamos muy bien inglés. Entendimos casi todo, igual, se nos escapó algún que otro gag pero agarramos más de un chiste, el guion de Steve Martin y Alec Baldwin nos hizo reír un par de veces, y nos pareció excesivo, tratándose del primer mundo, el boludeo constante a James Cameron. Alcanzaba con no darle los premios que no le dieron y que no se merece. Que se entienda: volvemos a decir que nos chupaba un huevo. Habíamos visto ocho de las diez películas candidatas al premio mayor, pero sabíamos que la mejor no iba a ganar. El día que vimos Bastardos sin gloria salimos del cine con una sensación que nunca habíamos tenido, un cocktail de alegría inabarcable y ganas de vomitar, y supimos que nuestra vida había cambiado para siempre. Guardamos esa droga en nuestra memoria, y cada tanto ponemos el soundtrack de Ennio Morricone y nos volvemos locos. No hay academia que pueda sacarnos eso. Así que Tarantino fue el segundo boludo de la noche, y nosotros hubiéramos querido abrazarlo. No es que seamos fundamentalistas de su obra. No nos sentimos apelados cuando el BAFICI colgó afiches que decían ya viste a Tarantino. Pero coincidimos con él en que ésta es su masterpiece.

Perdida esa batalla, nuestro objetivo de la noche era el desencanto nacional. Soñábamos con volvernos a casa calladitos, con dignidad, dispuestos a hacer películas mejores. Nuestro miedo proyectaba un periodismo histérico, la exaltación de la argentinidad legitimada por un Oscar, y la promesa de futuros mejores para todos, la estatuita dorada regando utopías en el jardín de un país entero. No Campanella y Darín manejando Volvos y sacando pasajes a Madrid, sino todos de la mano o en trencito en Plaza de Mayo, el pueblo que eligió la peli y la hizo escarapela, mirando el crecimiento exponencial de los índices de felicidad compartida. De ahí para adelante, cualquier cosa: ya no más inundaciones en Buenos Aires, ya Cristina y Cobos jugando al truco a la hora del té, ya un container de zapatillas Nike para repartir en la Villa 31. Si la película fuera otra, nos habríamos bancado esas mentiras, nos habríamos hecho los boludos. El problema, el asunto detrás del insomnio que nos provocó la transmisión de los Oscar, es más profundo.

Porque cuando registran los éxitos de taquilla, los patovas del capitalismo pochoclero nos cuentan de a uno por ticket vendido, como vacas en su calvario del corral al frigorífico, playmovils condescendientes del golazo nacional. Miren el tape, muchachos: algunos salimos del cine escupiendo los pochoclos. La tarde anterior habíamos escuchado al director hablando con Wainraich por radio, explicando un planeamiento de nueve meses para la escena de la cancha de Huracán. La jactancia del esfuerzo parece un karma tercermundista, pero vamos a dejar pasar ese detalle. La cagada es que en el arte no funciona la regla de tres simple. A mayor tiempo de trabajo, no necesariamente mejor calidad en el resultado. El albañil está salvado de ese desastre. Si el tipo planea la pared, la pared sale derechita. Tampoco somos insoportables: la escena del estadio no está torcida, pero se ve que en el embarazo sufrido de esa toma voladora se fueron descuidando otras cuestiones del proyecto. No entendimos el anclaje histórico del argumento. El contexto está enmarcado por la fecha, 1974, pero el autor parece fluctuar constantemente entre hablar sobre el contexto o no decir nada, dejarlo ser contexto, y esa indecisión cruza la película en diagonal desde el principio hasta el final. Pareciera que con pararse en la década del setenta uno está hablando sobre la década del setenta, tan importante para los que quieren abrirse paso en el imaginario popular argentino. Pero si uno amaga y no dice nada, no queda nada. Y varios de nosotros, que en el ’74 teníamos alrededor de -10 años, nos preguntamos qué aprendimos sobre el contexto, porque queremos estar mejor plantados en las conversaciones sobre esas cosas, y no aprendimos nada, o seguimos reforzando la idea de que eran años de juventud difícil, como nos dicen nuestros tíos que estudiaron en la UBA, otras épocas de un país ajeno, una maqueta de conflictos extravagantes, callecitas y edificios de plastilina con muñequitos que cargaban armas en el ascensor.

Bueno, supongamos que la trama hubiera funcionado igual en 2047. Hubiéramos caído, pero nos enfermamos cuando Soledad Villamil corría por el andén detrás del tren de Ricardo. Ni ese cliché sirvió para que les creyéramos un amor flaquito, lleno de agujeros. Nos reímos un poco, es verdad, con las ocurrencias de Francella. Si el tipo atiende el teléfono setecientas veces, y todas las veces tira un chiste, en algún momento nos iba a sacar una mueca. Puteamos cuando Godino mostró la pija, casi escupimos, nunca por el horror de abuela, porque nosotros hacemos deporte y tenemos horas de vestuario encima, pero sí por la demostración de poder del director. El villano se manoteaba el pantalón y presentimos el desenlace, pero confiamos en un guiño de edición, que hubiera consistido en obviar lo obvio. Las pelotas: plano detalle de las pelotas, Campanella diciéndonos a todos: Mirá cómo te la muestro. No en forma de insulto, sino pretendiendo superioridad. Y estuvimos al borde del suicidio cuando Pablo Rago apareció en versión anciano. Ahí entendimos los nueve meses preparando Huracán. Para no sospechar tanta mediocridad, imaginamos esto: el día que le dieron el plan de rodaje, Pablito calculó calendarios y dijo uh, la puta madre, justo ese día filmo un comercial para una empresa de telefonía celular. El asistente de dirección lo miró como diciéndole arreglate, y Pablito recordó sus años mozos y parafraseó a su amigo Carlín para sortear el quilombo: Vos fumá, dijo, después del mediodía estoy acá. Ese día, el día de la primera escena de Pablito jubilado, el tipo llegó al set apuradísimo, con marcas indelebles de una mañana agitada, y con el maquillaje de la publicidad de Nextel intacto. La maquilladora lo miró y le dijo estás bárbaro, vení que te acomodamos un poco, pero apenas se sentó frente al espejo se escuchó el grito sagrado de ¡grabamos!, y Pablito ya estaba metido en el personaje. Dijeron ¡acción!, actuaron, gritaron ¡se imprime!, y el resultado es el monstruito que aparece en la película.

Prevemos contraataques facilistas, la acusación de que pateamos en contra de la patria. Vamos a ser claros: sin tener ni idea de qué carajo significa, somos argentinos. Somos los mismos que queremos que la selección de fútbol gane el Mundial, aún en estas condiciones, jugando así de mal, deshonrando nuestras pretensiones estéticas, con línea de cuatro centrales y doble cinco, a cargo de un entrenador que no puede articular dos frases en conferencia de prensa. No sabemos por qué nos pasa esto. Desde que aprendimos a razonar y a argumentar, allá por el jardín de infantes, somos contradictorios. Y peor que eso, algunos de nosotros somos comunicadores sociales, que es un permiso que nos dio el Ministerio de Educación para decir boludeces y que nadie nos hunda en el río. Cultivamos hasta en el espejo el arte de la exageración. Y si nos referimos a las cosas de otros, que es casi siempre, hablamos convencidos de que nosotros lo hubiéramos hecho mejor. Más tarde, cuando el único frontón es la almohada, sabemos que no es así y nos quedamos dormidos, porque dormir es distraerse del mundo, Borges dixit, así que esas horas no cuentan.
 


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