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El indigente

24 03 2010 - 05:32

Hay un indigente, al menos uno, por acá en los alrededores de Harvard Square, que debió haber circulado por estos pasillos llenos de sombras, en otros tiempos, con otra elegancia. No sé por qué, pero estoy seguro de que se trata de un profesor de matemáticas que enloqueció en algún momento impreciso, y que sigue haciendo ecuaciones mentales, mientras nos mira y no dice nada, la mirada perdida o piadosa. Mezcla de ruso y de oso, al que llamaré Igor Strogonoff, se aparece puntualmente en cada sesión de los seminarios del mediodía. Igor es robusto, desagraciado, barbado apenas, despeinado, algo confuso en su forma de vestir. Los seminarios, mientras tanto, son prolijos, profesionales, impersonales, plenos de power points. Ellos pueden celebrarse en el Departamento de Estudios Latinoamericanos, en Antropología, en Matemáticas, o en cualquier otro lugar: lo importante es tener semianrios. Igor va a todos (en Derecho, en cambio, no lo ví nunca, Igor sabrá por qué).

Los seminarios del mediodía no suelen resultar especialmente atractivos. Los ponentes pueden ser amigos del Jefe del área; Profesores de la Casa que cubren a Invitados Faltantes; solicitantes que necesitan llenar algún hueco imprevisto en currículums de proyección creciente. Los seminarios se caracterizan, eso sí, por la inclusión de un almuerzo frugal —gratuito y almuerzo al fin— para todos los participantes. Se trate de unas pizzas (en el Departamento de Matemáticas), frijoles machacados (en Estudios Latinoamericanos), o comida etíope (en Antropología), la Universidad no piensa en los gastos, y no mira a quién. Cual dama oprimida, ella nos sirve la comida nomás, ella nada pregunta.

Y ahí va y viene Igor, cada mediodía en un Departamento distinto, o más de uno por vez, con el programa de los Seminarios en una mano, y un extraño y cargado valijín en la otra. Valijín lleno de papeles entre los que, estoy seguro, sigue incluyendo fórmulas indescifradas y ecuaciones irresueltas —tal vez, incluso, aquellas ecuaciones que lo postraron en este estado de locura aparente.

Igor es siempre el primero en llegar. Se sirve despacito, en el plato, y toma dos latas de Sprite no dietética (dietética no hay). Luego, en un amenazante, riesgoso equilibrio, que acomoda papeles, latas, plato, valijín y cubiertos, va avanzando su mole osesna hasta entrar al aula, tomar su silla, y acomodarse (dependiendo de la perspectiva) en el fondo o la cabecera de la mesa, siempre a las espaldas de donde se sentará el ponente. Igor come solo, en silencio, y espera que todos los demás asistentes, siempre tardíos, ocupen uno a uno sus puestos de simulado combate, por una simulada hora y media.

Nadie se inquieta por la presencia de Igor. Finalmente, aquí nadie se inquieta por nada y nadie, y mucho menos por alguien que es tan manifiestamente incapaz —es lo que parece al menos— de competir, en tiempos cercanos, inmediatos, por el mismo puesto al que aspirará uno. Pero hay un momento en donde las cosas cambian un poco, y ese momento ocurre bastante al comienzo de cada charla. Y es que Igor —que nunca tomaría su plato para escapar raudo y vergonzante, como otros, e incluso yo mismo, por la puerta lateral— permanece hasta el final de toda charla, pero se duerme al comienzo de cada una de ellas. Ahí las cosas se nos complican porque Igor ronca, despacio pero ronquido al fin, y las presentaciones y debates resultan interrumpidos, entonces, por recurrentes y rítmicos respirares hondos, suspiros nostálgicos llenos de viento de gélida, temible, azul bramante estepa siberiana.

Las cosas no mejoran tampoco cuando Igor despierta, promediando la charla. Según mis informantes, Igor escucha voces que nosotros desconocemos, y que lo llevan a reaccionar, cada vez, de las formas más dispares. En ocasiones, como este mediodía, su reacción es la de cubrirse parte del rostro con la parte de su saco más cercana. En otros casos, como la vez anterior, Igor comienza a darse suaves cachetazos en la mejilla izquierda (la misma que hoy se cubría con el saco). Y aún en otros, levanta la mano derecha, apenas, con el índice apuntando al cielo, como pidiendo la palabra, mientras murmura, revela, por lo bajo, en un ruso indescifrable, seguramente, aquellas fórmulas secretas todavía indescubiertas.

Igor tiene el pelo grasiento, los ojos de un niño perdido, la mirada siempre desencontrada, descentrada, desconcertante. Contrasta con todos nosotros, tan bien dispuestos, tan preparados para tolerarlo una sesión de seminario completa, porque se sabe fuera, fuera del juego, fuera porque en lo que importa es inocuo. Igor no disputa, tampoco, la comida o su lugar con nadie. Y a veces, cuando nadie lo espera (y nadie lo espera nunca), saca un bolígrafo y toma notas, uno o dos renglones urgentes, apresurado, preocupado por no perder aquellos prontos, sorpresivos llamados de su frágil memoria. Toma notas pero no de lo que escucha, que no son las charlas, sino sus propias voces. Me pregunto qué recuerdos le sacudirán, así de improviso, en dos desesperados renglones, escritos mientras van desapareciendo, inalcanzables. Me pregunto qué le dirán sus voces, que no nos dicen las nuestras, que ya no hablan, sin descanso. Me pregunto si serán sus propias voces, su voz en la infancia y luego adolescente, o las de sus padres, susurrándole que esté tranquilo, que no se preocupe, que a pesar de todo estarán siempre de nuevo con él. Me pregunto qué respuesta esperará él a sus intervenciones, las del dedo índice apenas levantado hacia el cielo, y si nosotros hubiéramos sido capaces de dárselas, de reconocerlo antes que tolerarlo, de estar a su altura con él.

Hace unos pocos martes me tocó presentar a mí, en la sesión seminario, y lo hice sin mayores problemas, convencido, apasionado pero sin inquietarme por todo lo que antes me hubiera perturbado (ni las preguntas, ni el ámbito, ni las formas), lo que me inquieta un poco. Sí pensé algo, en cambio, y desde unos días previos a la presentación, en los modos que tomaría la participación de Igor durante mi charla. Roncaría, en mi punto climático, desconcentrando al mismo tiempo a todos mis honorables pares? Levantaría su índice para quedar, apenas frustrado, con una nueva pregunta que antes de nacer ya se sabía irrespuesta? Se flagelaría, a mis espaldas, sin que yo pudiera atenderlo? Lo cierto es que, como me suele ocurrir, empecé a hablar, seguí hablando, y me olvidé de todo, y también de él, como otras veces, y llegué al final, y estacioné tranquilo, junto a mi acera, y me bajé sin rasguños, sin interrupciones, sin disrupciones ni indeseados conflictos.

Estaba hablando allí, junto a la mesa, con quienes me habían invitado. Hablábamos de detalles particularísimos, algo inútiles tal vez, hasta que una sombra inesperada, no-solicitada, nos cubrió a todos, de improviso, la noche más oscura sobre nuestras diurnas espaldas. Nos miramos sorprendidos –nada entendíamos. En un gesto de coraje inesperado, temiendo lo peor, me di vuelta presto, y ahí estaba él. Igor parado —ahora— frente a mí, mirándome a los ojos. El urso ruso me miraba sonriente, enigmático también, desde lo alto, mientras en un gesto único, irrepetido, amoroso, desvelado, novedosísimo, extendía su mano buscando la mía. Me miró fijo, parpadeó varias veces, como lo hace siempre, y sostuvo firme mi mano al tiempo que decía “quiero felicitarlo”, en un idioma extraño, un murmuro cubierto de brisas, apenas audible. El afectuoso saludo del matemático ruso Igor Strogonoff se convertiría, entonces, y para siempre, en el más preciado tesoro de mi suave estadía de Nueva Inglaterra.


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