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¿Seguro que es la economía, estúpido? (*)
Héctor Barbotta
15 11 2004 - 22:24

Bush padre regresaba en 1992 de su paseo triunfal por Kuwait arropado por la más amplia coalición internacional jamás formada y se disponía a cumplir lo que algunos llaman el periodo lógico de ocho años en el poder cuando Bill Clinton lo barrió en las elecciones.
¿Cómo podría haberle pasado eso justo a él, heredero de la victoria reaganiana sobre el comunismo y triunfador de la primera guerra caliente tras la guerra fría? Alguien se lo sopló al oído: “Es la economía, estúpido¨.Con las cifras de la desocupación amenazando con dispararse, los norteamericanos entendían que Bush era el presidente apropiado para liderar la gran coalición internacional que acabó con la invasión de Kuwait, pero no la persona que iba a resolver sus necesidades más inmediatas. Y lo primero es lo primero. Algo similar le había pasado a Churchill cuando los electores británicos le concedieron una jubilación anticipada en las primeras elecciones tras la Segunda Guerra Mundial.
Desde la derrota de Bush padre (implantada como uno de los nuevos dogmas indiscutibles de nuestra época) la hipótesis de que las elecciones las ganan y pierden los porcentajes de inflación y las cifras de creación de empleo se mantuvo hasta hace poco como credo inalterable. Quizás por eso, y también porque conocer en el ambiente más cercano a alguien que deseara sinceramente el triunfo de George W. era poco menos que imposible, sorprendía antes de las elecciones del 2 de noviembre que las encuestas dieran aquella inconcebible situación de empate técnico.¿Cómo iba a ganar el primer presidente de Estados Unidos bajo cuyo mandato se dispararon la cifras de desocupación y de destrucción del empleo? Pues ganó. ¿No era la economía, estúpido? Parece que no. O por lo menos, no siempre. No esta vez.
Como los economistas que explican a posteriori por qué sus previsiones fallaron, no faltan en las últimas semanas los analistas políticos que establecen con claridad las causas del triunfo de Bush. Como es evidente, ninguno cita entre los activos del presidente la marcha de la economía en Estados Unidos, encaminada hacia arenas movedizas por el aumento de la desocupación el déficit. Al contrario, sostienen que la mayoría se sustentó en argumentos menos sometidos al vaivén de los números —la defensa de los valores tradicionales, la comprensión cabal del alma de la América profunda, apuntalada también en la atención a reivindicaciones localizadas y la incoherencia del candidato demócrata. Parece que los motivos estaban allí antes del 2 de noviembre y eran tan simples que nadie los vio.
Evidentemente, en este caso no era la economía. Si hubiésemos mirado al otro lado del océano, posiblemente hubiéramos encontrado alguna clave, en signo contrario, para darnos cuenta de que no siempre se vota pensando en el bolsillo. ¿Será que no somos tan miserables? ¿O quizás que en las sociedades de la opulencia quienes tienen mucho más que las necesidades básicas cubiertas se permiten analizar otros factores a la hora de meter el papelito en la urna?
Antes de las pasadas elecciones generales españolas, no es que las encuestas dieran el empate técnico inconcebible. Ni siquiera eso; nadie se atrevía a vaticinar un triunfo de los socialistas. Los gurúes de la sociología y la comunicación se limitaban a especular sobre cuál sería el margen de la victoria de la derecha. Esgrimían variados argumentos, pero uno era incontestable: España vivía el mejor momento económico de su historia, con la tasa de desocupación más baja y unos niveles de consumo desconocidos hasta entonces. Y ya sabíamos que las elecciones se ganaban y perdían con la economía. Se lo habían soplado a Bush padre doce años antes.
Sin embargo, los atentados del 11 de marzo en Madrid dieron la oportunidad de demostrar que no siempre es así. Que la bula que la bonanza económica otorga a los gobiernos que la gestiona no es ilimitada. Los españoles no perdonaron las mentiras y la manipulación con que el gobierno de Aznar intentó manejar la situación durante los tres días que separaron el día de terror del día de la cita electoral, y enviaron su castigo a través de lasurnas —a pesar de la economía.
¿Quiere decir esto que los electores se atreven a poner en riesgo la prosperidad o, en su caso, perdonar una gestión económica nefasta? Seguramente no lleguemos hasta ahí. Más bien, existe la percepción de que los márgenes de maniobra de los gobiernos sobre la economía son cada vez menores ante el influjo de los ciclos económicos y una interdependencia global cada vez mayor. En los países de la Unión Europea, donde las instituciones comunitarias ganan cada vez más espacio de gestión, esta situación se expresa con mayor claridad, pero está claro de que no se trata de una cuestión solamente europea.
Podría entenderse entonces que por este camino las diferencias entre la izquierda y la derecha se atenuarían cada vez más y tenderían a desaparecer, pero lo que sucede es exactamente lo contrario. Porque si la economía deja lugar al debate cultural, es ahí donde la izquierda tiene mayores oportunidades para buscar y construir su espacio.
Esto parece haberlo comprendido la Iglesia española, que ante la desorientación del PP post-Aznar intenta convertirse en el dique de contención de los cambios que impulsa el gobierno de Rodríguez Zapatero. Este, a su vez, ha comprendido las posibilidades que la consolidación del discurso políticamente correcto abre para la izquierda, y en su primer medio año de gestión ha abierto los debates sociales más profundos desde la transición política. O quizás, para ser más preciso, debería decirse que lo que ha hecho el gobierno es llevar al debate político lo que ya es una realidad asentada en la sociedad . Si ya no es asumible decirle “maricón” a un homosexual en público, ¿por qué mantener una legislación que discrimina a los gays impidiéndoles contraer matrimonio y adoptar hijos? Si los valores ultraconservadores y las prácticas sociales que impulsa la cultura católica ya no se corresponden con los de las sociedades modernas, ¿por qué mantener la educación religiosa en los colegios? ¿Por qué impedir la investigación con células madres en virtud de valores morales que la mayoría de la sociedad considera trasnochados? ¿Por qué no plantear de una vez el debate social sobre la eutanasia? Si ninguna mujer instruída y con posibilidades económicas tiene ya un hijo que no quiere, ¿por qué no ampliar la legislación sobre el aborto? Y lo mismo puede aplicarse al impulso femenino por acabar con los resabios de la discriminación laboral por razones de sexo o al de toda la sociedad contra la violencia doméstica. O en la necesidad de reconocer los derechos de los inmigrantes en unas sociedades cada vez más multiculturales. En suma: si la sociedad ya no es aquella sociedad machista, conservadora e hipócrita contra la que se rebelaron los jóvenes del 68, ¿no corresponde a la izquierda impulsar los cambios para que esta nueva sociedad tenga su reflejo en la legislación y la administración pública?
Para quienes estamos a este lado del océano resulta muchas veces divertido observar el equilibrio lingüístico que hacen los más conservadores para defender sus posiciones sin caer en la incorrección política. Es posiblemente la mejor muestra del amplio espacio de oportunidad que se abre para la izquierda.
Quizás sea demasiado optimismo después del 2 de noviembre, pero con el padre de las gemelas como emperador hasta 2008 necesitamos optimismo más que nunca.
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(*) Nota de la Rrrrrrrredacción: Una simple búsqueda en Google da algo así como 42.000 resultados para “it’s the economy, stupid”. En diez años, el epíteto agregado se instaló como énfasis favorito para cualquier statement, pero en particular los periodísticos, políticos y académicos. It’s the content, stupid. It’s the motherboard, stupid. It’s the spicy food that makes you scratch your ass. Whatever. Hipótesis inconstatable: todos los que dicen “stupid” al final se equivocan. Otra hipótesis, menos temeraria: en los ámbitos antes mencionados, todos se mueren por una oportunidad segura y legitimada de insultar a alguien. Va siendo hora de que se den permiso sin recurrir a citas tan cuestionables.
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