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Promesas del fin del mundo

26 03 2010 - 03:02

(Para Eliezer Budasoff)

“Las promesas nacionales” dice el titular un suplemento cultural sobre el cine del director argentino Ezequiel Acuña (1976). En las diversas entrevistas encontradas en youtube, a Acuña se lo puede ver tímido, apachurrado, como si estuviese hablando de cine en la sala en la dirección de una escuela, y estuviese por ser castigado, y no tuviese la culpa. Acuña dirigió ya 3 películas (Nadar Solo, Como un avión estrellado, Excursiones) que, sin ser espectaculares, son hermosas, silenciosas y sensibles: ¿Cuántas películas más tiene que hacer Acuña para cumplir con aquella promesa? ¿Tiene que quedarse pelado y esperar a que lo reciban los K para ser más grande? ¿Por qué debería ser más grande? ¿A quién le debe algo?
“Las jóvenes promesas del arte latino”, “las nuevas promesas literarias”, etc. Con cierta asiduidad pueden leerse o escucharse cosas como esas en los medios, haciendo referencia a artistas que no tienen más de 40 años, a personas que tienen obra, pero “no suficiente” (¿?). “El fin de la historia”, “el fin de las utopías”, “la generación X”, “los jóvenes desencantados”. En otros tiempos, esas han sido las palabras en curso. Como si aquellos a quienes fueron lanzados estos conjuros estuviesen constantemente en deuda. Como si siempre fuesen menores. Menores que ellos (los que “lanzan la deuda”). Menores de lo que deberían ser. Alejados y enanos respecto a su propia experiencia.

“La era de la madurez”, decía el suplemento deportivo más popular del país refiriéndose a Messi. Y explicaba que ninguno de los grandes jugadores (Zidane, Maradona, Matheus, Ronaldo) había ganado el mundial antes de los 25 años. Y que Messi no tenía 25. Y entonces, se sugería, Messi debería crecer. Debería tomar urgentemente una pócima que le diera más años, más adultez, mayor responsabilidad, y unas líneas en la próxima película de Campanella. Uno podría argumentar que ninguno de esos jugadores empezó a jugar directamente en la primera del fútbol europeo a los 16 años junto con el entonces crack del momento. Uno podría argumentar, también, que la normalidad es el aliento del dolor, la cobardía, la estadística y el miedo. Pero serían argumentos débiles, pero sería hablarle con voz de niño a los oídos sordos y experimentados, los mismos oídos que pronuncian que “los mundiales son diferentes”, “Deportivo Riquelme no tiene juego de equipo”, “Tinelli es un grosso”, etc. Sería hablarle casi a los mismos periodistas que atacaban a Gordona y que pedían (sugerían o reclamaban) su renuncia, y que salieron contentos y espasmódicos cuando se les dio el premio gordo: no la despedida de quien estuvo más de 30 años en la misma silla de poder, sino Maradonut como flamante DT de la selección. La cima del espectáculo. Aquellos periodistas que, satisfechos con eso, empezaron la histeria mediática de descalificar (y seducir, y descalificar, y seducir) al que los alimenta, aquellos que escuchan a Maradona decir “Mascherano, Messi y nueve más”, y no dicen que Mascherano se parece a un granjero enojado al que acaban de robarle una oveja (y su juego es ése y su espíritu es ése), mientras que Messi se parece sencillamente alguien que le gusta correr por el campo verde, quizás porque, como Alicia, vio un conejo, y siente que llega tarde a algún lado que no existe y que no se puede conocer, aunque eso pretende. Obviamente, su campo está minado de rosas y de soja y de dinero. Pero está claro que a Messi le gusta correr, y que a Mascherano no le gusta que le roben y que hacerlos bailar juntos eso es como emborrachar a un irlandés y a un inglés. Sin embargo, es comprensible el silencio de los periodistas deportivos respecto a esto, y al Dt, y al padrino del Dt, y al espectáculo, y a su propia necesidad de deambular desesperados en un campo de dinero y obligaciones y difamaciones y espectáculo. Es su trabajo. Es la vida que eligieron. Es su madurez. Así es la vida, papá.

Y además, la vida es (se ha transformado en) un gran espectáculo. Esto ya lo había explicado Debord, que quizás hubiese podido intercambiar ideas con uno y sólo un técnico de fútbol. Y el premio gordo de Gordona fue un premio al espectáculo. Y los gerentes de Europa, de la te Fifa, y de los indios de África están contentos. Espectáculo = dramatismo = publicidad = más espectáculo. Entiéndase: la potencia del espectáculo en Sudáfrica está dada. El mejor jugador de fútbol activo del mundo del espectáculo es dirigido por el jugador más espectacular del mundo del fútbol. Un tipo ante el cual se rindió, incluso, la alta calidad del cine de Kusturica.

Ahora bien: que la potencia del espectáculo esté dada quiere decir, paradójicamente, que ya no es potencia ni promesa., sino que es un hecho, y que sucede antes de serlo y, de ese modo, lo es. O sea: el mundial puede ser un bodrio. Puede ganar Italia colgada del travesaño, puede ganar Holanda luego que dos rubias muestren las tetas y distraigan al árbitro (que después confesará que es gay), puede que gane Ghana y sea el fin del mundo lingüístico, etc. Pero nada de eso quita los ojos que lo miran y los diarios que son escritos y el junio de “parate” en buenas partes del mundo, y el dinero agitado sobre y debajo y delante y atrás de nuestras cabezas, y todas las promesas que serán cumplidas y dejarán de cumplirse con el curso aleatorio e incontrolado de este tiempo.

Para mí, irónicamente, la mayor promesa es posible. Y esa promesa es la posibilidad del fin del fútbol. Luego del premio gordo y del enano que hace lo que quiere cuando quiere (y cuando tiene un equipo al lado), y que además no se sabe el himno (las directoras de escuela si se sabían el himno, se lo sabían hasta la perfección cosmética), la posibilidad, lejana, épica y no mencionada es, ahora, posible: esa posibilidad es la del espectáculo llevado a su máximo esplendor: gloria, revancha, suspenso, confusión y muerte.

El esplendor es éste: que Argentina llegue a semifinales jugando al caos que simula orden (a lo único que puede aspirar a jugar, o a la defensa de 7). Que se cruce con una potencia, digamos, Brasil. Que ese sea el mejor partido del enfant terrible. Que el partido vaya 3 a 1 y que, a 5 minutos del final, empiece a llover. Una lluvia única, inesperada e imparable, una lluvia negra. Que expulsen a Di María, que es el que tiene nombre más bíblico. Que Brasil empate el partido en el último respiro. Que haya alargue y que Brasil haga un gol de esos que hace cuando no juega ni merece. Brasil 4 / Argentina 3. Que no falte casi nada. Y entonces la lluvia negra se detenga. Y el enano se despierte. Y Palermo (sí, Palermo, que le va a sacar un lugar al mejor delantero del fútbol argentino (como lo hizo dos mundiales Batistuta con Crespo, hasta casi envejecerlo y agotarlo)) hará uno de esos goles de ceja, o de nariz. Y el partido estará empatado. El máximo de audiencia. Bush, Fidel y Jim Carrey incluidos. Y habrá penales. Y la serie de penales estará empatada. No parará de estar empatada. Infinitamente empatada. Hasta que el arquero de Argentina o un dios africano o un dios griego paren el penal pateado por un brasilero cualquiera. Y le toque el turno a Schiavi (por favor, señor Donut: llevar a Schiavi para beneficio narrativo). Y que Schiavi patine. Que patine y en la patinada pateé el penal con el talón. Y la pelota fluya, lentamente, como una plegaria, la plegaria del fin del fútbol, la plegaria del colmo del espectáculo. Y que la pelota entre, traspase la línea blanca de cal ficticio mientras el Dt de Argentina sufre, para todas las cámaras, un paro cardíaco. Y finalmente la verdad salte a nuestros ojos. Y las cámaras no sepan que mostrar y los comentadores y su cassetera atragantada no sepan que decir, y los espectadores qué sentir. Y que la lluvia y el viento empiecen otra vez Y ya no sepamos si festejar o no festejar. Si empezar a hacer lo que los otros habían prometido por nosotros, o esperar a que otro final regrese.

Pd: “Nadar solo”, “Como un avión estrellado”, “Excursiones”. Tres titulares probables para la performance del combinado albiceleste en el mundial.


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