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El Sufrimiento

15 08 2003 - 13:42

Hace un par de días, también, mencionaba yo por casualidad un artículo de Feinmann en el cual se proclamaban no tan veladamente las virtudes de la inmolación por sobre las de la felicidad, esa ambición indigna. También comentaba el debate televisivo entre candidatos porteños, aunque evité comentar la cita más significativa del evento, del candidato Zamora al candidato Macri.

Dijo Zamora: ”“Usted dijo que visita hospitales y distintos barrios de la ciudad. Un psicólogo le diría: usted sólo es una visita, no hace cola, no es paciente, no sufre.”

Lo del psicólogo no sé a qué viene —tendría que ser un psicólogo particularmente discapacitado el que dijera eso, aunque los hay muchos—, pero lo que me interesa es lo flagrante de la acusación, y la acusación en sí. Usted no sufre. Salga de acá.

Rewind: hace un par de años, antes de la debacle aliancista, envié un reporte malhumorado desde Los Angeles en el cual me tomaba el tiempo de demostrar los motivos subyacentes a declaraciones de (otra vez, inevitablemente) Feinmann sobre la comida japonesa (agrego ese reporte acá por si lo que sigue resulta algo confuso). Entonces, quedaba claro que la envidia galopante de Feinmann (Feinmann como representante del progresismo bienpensante, de quienes deberían ser amigos nuestros) dictaba no sólo su disposición política sino sus preferencias gastronómicas. Dos años después, Zamora y el propio Feinmann no son más que dos exponentes, entre muchos otros, del discurso en formación del proto-Kirchnerismo.

El discurso en formación del proto-Kirchnerismo es esto: la venganza enunciada como recuperación de valores nobles. Es muy peronista esto, claro, aunque no de manera excluyente, y también es bastante peronista el hecho de que les sea mucho más fácil abocarse a la revancha en la práctica que articular contra qué o quién se vengan. En estos días de perturbadores movimientos judiciales apuntando a todos los extremos del espectro setentista hay una gran confusión acerca de cuáles son precisamente los valores, condiciones e ideas de las que hay que vengarse—en la Argentina y en todas partes.

Me centro en la Argentina porque está mucho más cerca del chisme y el comentario de sobremesa en nuestro caso, y porque no tengo nada de ganas de empezar este ciclo hablando de la guerra que sigue sucediendo ahí, al Este, aunque ya se haya olvidado todo el mundo. Pero hace poco vi un afiche de El Gran Dictador acá, en Madrid (reponen películas todo el tiempo, es francamente extraño; en el cine de acá a dos cuadras dan Lili Marlene esta semana, como si fuera un estreno). Era un afiche nuevo, diseñado para el reestreno, cuyo copyline decía: “Por una globalización justa y feliz” o algo por el estilo. Más allá de la confusión categórica entre Hitler y Bill Gates que es tan propia de la izquierda radicalizada en todas partes, ¿existía la posibilidad de un poster así hace dos o tres años? Ni en pedo. Esto me interesa particularmente porque creo que lo que está pasando en Argentina (y está pasando desde hace tiempo, no es una novedad del nuevo gobierno) tiene un correlato completamente visible en el mundo, en general.

Por suerte no tengo que aclarar acá que me parece bien que vayan todos presos, los targets actuales. Pero ni están yendo presos bien (si es que tal cosa existe) ni está del todo claro por qué el sufrimiento de todos ellos ––todos los que “perdieron”, en la misma bolsa, menemistas, represores, you name it–– genera esta euforia insana en los medios, en la horda de personas normales que los retroalimentan y en quienes con cierta urgencia reclaman el sufrimiento como bandera expiadora.

A ver si se entiende: es más que razonable sentir alivio e incluso un cierto entusiasmo al observar la discutible escena de un torturador que recibe lo que “merece”. Pero desde donde estoy (y no me refiero a Madrid, claro, en donde la venganza también reina pero de una manera tan bestial y arcaica como el resto de las cosas) todo se percibe como la misma bruma fuenteovejuna en la cual es difícil distinguir la sociedad que reclama justicia de la lynch mob que puede venir a por uno de nosotros en cualquier momento si le servimos de símbolo oportuno. Ni hablar de la espantosa visión del mundo que sugiere infligir el sufrimiento a algunos al mismo tiempo que sugerimos que sólo el sufrimiento nos otorga credenciales para ser candidato, celebrity o persona.

Lo más interesante de todo esto, creo, es que esta revalorización del sufrimiento tal vez devenga de la historia política de quienes la invocan, pero tiene sus orígenes en algo muy anterior: la escuela.

Es tarde, así que me explayaré al respecto otro día, porque esto da para mucho. Quede dicho que el sufrimiento es una mierda, que siglos de historia vienen demostrando lo que genera, y que me aparto de la tendencia actual tanto como me opongo a ella: mucho.


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