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Ocio

25 04 2010 - 16:12

A mediados del año pasado, cuando recién lo conocía, Funes estaba terminando de filmar Ocio. Ahora lo tengo frente a mí, calzándose un traje porque vamos al estreno de esa película, que lo tiene entre sus filas. En el afiche puso su nombre artístico, Lucas Oliveira. Interpreta al Dragón, el brother de Casas.

Recién terminamos de comer unas pastas y estamos a punto de partir hacia una de las salas del Abasto donde el film hace su arribo en el marco del BAFICI. Un evento al que nunca pude asistir por cuestiones espaciales: vivir en Solano, a una hora y media de Capital, me impedía conseguir entradas. Siempre que fui, interesado en algún título, estaban agotadas. Esta vez, gracias a Lingenti, director, junto a Villegas, y guionista, tengo dos entradas cuidadosamente plegadas en el bolsillo de atrás del pantalón.

Funes está nervioso porque no tiene sus pases para ingresar a la sala y ver la película en la que actúa. Está serio. Mientras esperamos a Lunita, su mujer, le pregunto cómo se siente. Levanta los hombros con indiferencia y me cuenta que, por cosas de laburo, todavía no tuvo tiempo de procesar el hecho de estar metido en una aventura que implica levar a la pantalla grande uno de los mejores libros que tuvo entre sus manos. Yo me acuerdo que leí Los cuatro fantásticos—un relato de Los lemmings y otros— y lloré, me contó hace un tiempo como para expresar lo que causa la lectura de un texto de Casas. Imaginate lo que será para él decir las palabras de la novela.

Antes de llegar a la sala pasamos por la boletería y nos enteramos que de las tres funciones programadas ya hay dos que están agotadas. Mientras que para mí eso es una alegría, para Funes es motivo de crueles presagios. Che, no sé si voy a poder entrar, dice y larga una de esas risas nerviosas que uno se manda cuando intenta hacer equilibrio con la realidad para no perder la cordura. El lugar está lleno de gente. Mientras saludo a los pocos que conozco, pierdo de vista a mi amigo. Falta poco para ingresar y al fin aparece con una expresión mucho más relajada. Las conseguí, dice y muestra las entradas y ahora sí, puede soltar una carcajada como la gente.

¿De que se trata Ocio? Se puede decir que aborda la supervivencia de una familia cuando la muerte hace su irrupción despiadada. O quizás trata de la amistad como último bastión digno para sobrevivir a una sociedad ausente. O de cómo el tiempo, en una era de ocupación desbordante e innecesaria, se convierte en un despropósito que arrasa con todo lo que se ponga adelante. Hay varias lecturas que se pueden hacer sin que uno sienta que se está equivocando. Lingenti actúa sin clemencia. Porque todos aquellos que pretendían encontrar sólo la novela, como si fuera un cerco que limita territorios reconocidos y tranquilizantes, salieron completamente defraudados. Eso me gustó. En el paso que hubo del papel a la escena, el texto creció y evolucionó. Lo que hizo Lingenti, un tipo, quedó demostrado, nada conservador, fue edificar imágenes que reflejaran el Universo Casas. Ocio fue solamente una pista de despegue que le da a la película un vuelo inusitado. Y abrió tanto el juego que tuvo lugar para introducir momentos grosos de los cuentos de Casas.

En mi corazón guardo este momento: Picasso, un personaje de Ocio, se apropia de unas palabras pertenecientes a Los cuatro fantásticos, y le cuenta en una terraza a sus amigos mientras miran el atardecer:

—A esta hora en Italia la llaman Pomeriggio, ¿saben porqué? Porque Pomeriggio significa tomate ¿ven el color que tiene el cielo? Desde acá podemos ver toda la ciudad. La mayoría de la gente no sabe que estamos acá arriba mirándolos. Somos como dioses.

Una vez, Santiago Motorizado, uno de los actores que se lucen en el film, me dijo que hay rockeros que se visten con miedo. Buscan con su vestimenta agradarle a todo el mundo. Me acordé de eso mientras veía que estaba frente a unas imágenes que no tenían ningún tipo de temor de espantar espectadores acostumbrados a otro tipo de emociones. Aquí no hay temor a aburrir al espectador, o dejarlo con incertidumbres. Es ahí donde el riesgo de lo personal comienza a brillar con fuerza. Y eso es también parte de la sintaxis que se pudo trasladar a la pantalla. Ese tono de la narrativa de Casas en donde la superficie engaña y carga a sus espaldas, en lo profundo, una densidad emotiva muchas veces difícil de soportar.

Cuando las luces se encendieron, los directores, como frente a un pelotón de fusilamiento, accedieron a responder las posibles preguntas del público. Una mujer que estaba al lado de ellos con un micrófono hizo un par de preguntas como quien realiza un trámite y luego aplaudimos todos.

Con Funes nos fuimos a festejar, hasta las cuatro de la mañana, el estreno, la literatura, y que la vida todavía nos permite ver películas como esa y curtir la amistad, que es una de las cosas más difíciles del mundo.


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