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La Migración

30 04 2010 - 17:12

Hace poco un conocido me dijo al pasar que un amigo se había ido de la ciudad. Me lo dijo como quien registra un cambio de clima o consigna distraído lo que dice una gacetilla en un diario. A mí la noticia no me conmocionó de manera ostensible, para afuera, es decir, dije, “ah, sí, ¿se fue?”, pero por dentro algo se activó y empezó a crecer hasta que tuve la necesidad imperiosa de escribir sobre mi amigo y el vínculo que nos unió y explicarme a mí por qué me había afectado tanto que alguien se las tomara a sólo cinco horas de omnibus de donde vivo. Un tranco que se puede también cruzar en auto en tres horas y media. Y sobre todo, ¿por qué me afectaba que mi amigo se hubiera ido si en los últimos años apenas nos veíamos de manera ocasional?

Es así, paradójico. Hay gente a la que uno no ve seguido o no ve más, pero que quedan indeleblemente unidos a nosotros, en nuestro metabolismo, para siempre. No nos separa una pelea, una diferencia horaria ni la vulgar mortalidad, sino los diferentes intereses y caminos que hacen que lo que en otros tiempos nos conducía de manera apasionada hacia su casa, ahora nos lleva hacia otros territorios. Daniel García Helder, mi amigo en cuestión, volvió a Rosario —de donde vino un día, como Kechun, el primo de Pucho, socio de Neurus— después de haber vivido veinte años en Buenos Aires, primero en una casa de la avenida Belgrano y después en otra de San Telmo, sobre la cortada San Lorenzo. La influencia de Helder en mí —y en toda una generación de escritores jóvenes que se formaron bajo el influjo de su maestría incuestionable— fue demoledora. De alguna manera su partida, su retorno a Rosario, cierra un círculo poderoso que modificó mi vida y a buena parte de la literatura que me gusta y admiro en mis contemporáneos. Su presencia se me antoja similar a la de esas civilizaciones que conquistan un lugar para después replegarse pero dejándole a los conquistados sus dioses, su álgebra y parte de los giros de su idioma.

Así que de golpe nuestro Ezra Pound, que se había venido a vivir a unas cuadras de nuestras casas, no era un universitario, ni un erudito hablado en lenguas ni pertenecía a la oligarquía cultural argentina. Era un joven que surgió de una familia numerosa y de bajos recursos con una vocación notable para cumplir una función. Llegó a Buenos Aires, puso un taller mecánico y, mientras por las mañanas trabajaba en sus máquinas, por las tardes se tiraba en el pozo para examinar los poemas que le llevábamos. Helder era implacable cuando trabajaba los poemas de otro. Y más implacable cuando lo hacía con los propios. Tal vez por eso ha publicado poco. Dos libros de poemas: El Faro de Guereño y El Guadal en los años 90 y un libro anterior escrito a dos manos con Rafael Bielsa, donde calentaban motores con poemas objetivistas sietemesinos nacidos en cautiverio. Hace poco la Municipalidad de Rosario le publicó un pequeño y hermoso libro de prosa llamado La vivienda del trabajador, donde Helder motoriza su pasión por su ciudad, Rosario, y por W.G. Sebald. Todo lo que escribe Helder es extraordinario e inspirador. Y parece inmantado con la economía de lo que no abunda en el mundo. Sus versos, sus observaciones críticas, son material largamente rumiado en la mente de un fakir y difícil de conseguir. Igual que el polvo concentrado que diluímos en el agua porque es muy potente.

Dos grandes libros como Punctum, de Martín Gambarotta y Poesía civil, de Sergio Raimondi, le deben mucho al trabajo de Helder. Al largo poema de Gambarotta lo vi en el taller varios días, mientras Helder, engrasado, se paseaba de un lado a otro probándole la presión, midiéndole los caballos de fuerza.Yo no entendía bien qué iba a hacer con esa masa larga de versos extraños. Pero Helder sabía. Una de sus virtudes capitales es no corregir en función de su propia estética sino trabajar en favor de la voz del poeta examinado. De los talleres de Helder no salen clones, salen poetas notables como Alejandro Rubio o Violeta Kesselman, entre muchos otros. Me acuerdo el día que leí Poesía civil. Agarré el teléfono y lo llamé a Raimondi para decirle que era un genio. Con el tiempo, orbité muchas veces ese libro notable y me di cuenta de que en el inicio, en el adn de esos versos, estaba la música barroca de Helder, sobre todo del libro El Guadal. Música de cámara, pero no de cámara en el sentido orquestal, sino de cámara de bicicleta. Una bicicleta que Helder usaba para recorrer la ciudad de una punta a la otra mirando y fotografiando sus Tomas para un documental, un libro casi inédito al que sigue meloneando sin decidirse a publicar. Y el estilo de gravedad casi onettiana, esa vuelta de tuerca a presión hasta para describir el cumpleaños de un hijo o la llegada de la primavera (que es el mes más cruel), que tiene Helder y comparte Raimondi. Helder, que me regaló El pozo, de Onetti, siempre me decía: “Es hermosa esa escena en la que Eladio Linacero se pasea por su pieza oliéndose primero un sobaco y después el otro”. Y remarcaba esta observación haciendo el gesto citado. Lo recuerdo y me río.

Cuando cumplí treinta años, caí en una depresión clínica. Yo era un equipo al que le echaban al técnico cada dos partidos. Empecé a tomar pastillas para poder salir de mi casa. Pascal dice que todos los problemas del hombre surgen cuando decide salir de su pieza. Bien, yo los tenía aún dentro de mi domicilio. Dejé de escribir pero mantuve la lectura, aunque tomando la precaución de no leer libros que antes me encantaban pero que ahora se habían vuelto peligrosos: Giannuzzi, Bernhard , Schopenhauer y Celine, maestros del pesimismo radical. Pasó un año hasta que volví a escribir. Y volví de una manera rara, dando un rodeo. Empecé a traducir a T.S. Eliot, los poemas tempranos que no estaban publicados en español y parte del borrador de The Waste Land. Gracias a esta gimnasia comencé a escuchar una musiquita ínfima que me impulsó a garabatear versos infantiles en inglés. Cuando gané cierto ímpetu, los pasé al español. Al tiempo tenía más de 20 poemas nuevos que me parecían geniales. Estaba saliendo de la etapa depresiva y pasando a la maníaca. Lo llamé a Helder y le dije que quería mostrarle unos poemas. Se los dejé en su casa. Me acuerdo que pensé que los poemas le iban a romper la cabeza. Pasaban los días y Helder no me llamaba. Los poemas lo deben haber liquidado, lo deben haber salierizado, pensaba. No me puede llamar porque no puede abarcar en su mente el cambio total en mi trabajo y en la poesía argentina que le acabo de dejar en unas carpetas. A las dos semanas recibí un golpe de teléfono. Quedamos en encontrarnos en un bar. Fui con la expectativa de que Helder, mi maestro hasta ese momento, iba a reconocer que pasaba a ser mi alumno. Abrió la carpeta y vi mis poemas absolutamente marcados, señalizados. Con su tono preciso y claro, deconstruyó todos los clichés que yo había armado con plastilina y fue demoliendo golpe a golpe, verso a verso, hasta hacer realmente una tierra baldía o, como dicen los chilenos, un sitio eriazo. Se salvaron pocos poemas y volví a mi casa con una depresión dantesca.

Helder no propone soluciones, propone preguntas. En su juventud fue campeón de judo, y algo de eso tienen sus correcciones. Te hace una llave en el poema y lo tira al suelo. Me dio la lección más grande de mi vida. La de decir siempre la verdad cuando uno te muestra un texto. La de asumir que uno es un eterno principiante. Pasó el tiempo —seis años—donde trabajé los poemas hasta darles un final. El libro se llamó Oda e incluye un poema que habla de mi deuda con Helder: “De no haberse tensado en tu fuerza/ mis poemas no hubieran sido así./Alguien corría muebles mientras te los leía./Después me enceguecí,/me faltó el aire/ y el polvo fue un tatuaje/ para todos los objetos de mi casa. (…) La maquinaria psicosomática se atascó/ El gallo muerto es una peluca en el medio del camino./ Y cuando en la Academia se habla de mis versos,/ jamás te nombro. Te empujo/ hacia el fondo del canasto/ con los Levis sucios y las obsesiones”.

Hace poco tuve la dicha de estar con Javier Martínez, el baterista y compositor de Manal, charlando hasta altas horas. Ambos coincidimos en celebrar una escena hermosa de una película de Peter Brook sobre la vida de Gurdjieff, en la que el joven George Ivanovitch se encuentra con un hombre en un café. Gurdjieff le pregunta “¿Es usted un maestro?”. El hombre, impasible, le repregunta: “¿No conocés a un maestro apenas lo ves?”. Gurdjieff asiente, plenamente convencido: “Sí, es usted un maestro”.


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