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Fiaut

15 05 2010 - 10:21

Una chica camina por una calle de Greenwich Village con su violín enfundado colgado del hombro. Es el verano de 1975. Desde la ventanilla de un auto que la sigue de cerca un hombre le pregunta: “¿Sabés tocar eso?” La chica se llama Scarlet Rivera y no sabe que su vida acaba de cambiar para siempre. El hombre de la pregunta es Bob Dylan, que después de escucharla tocar la invita a grabar con él “Desire”, uno de los grandes álbumes de su carrera. Luego la suma a la Rolling Thunder Revue, la agrupación con la que Dylan prendió fuego los escenarios a mediados de esa década.

Hay gente que te roza con su dedo y te cambia el destino para siempre. Parecen encuentros casuales pero es difícil no pensar que haya algo en el viento que acomoda las cosas para que así ocurran. Un plan fileteado en algún escritorio sin tiempo que nos pone adelante de alguien que resulta ser el ventrílocuo de nuestro corazón. Ese tipo de cuerda sentí que se pulsaba frente a mí a los 14 años.

Cuando Fiaut llegó al barrio parecía que lo había traído un asteroide. Cayó de golpe una tarde con una Honda Dax roja, sus cejas y unas zapatillas importadas que, después nos contaría, había comprado en Dinamarca. Apareció y en menos de dos horas ya se había hecho amigo de todos. Se presentó así: “Me llamo Fiaut”. “¿Fiaut?” “Sí, Fiaut”.

Nosotros éramos cuatro pibes que pasábamos los veranos languideciendo las tardes en la cuadra, escupiendo baldosas gastadas, testigos pisoteados de nuestra pueril existencia.

Fiaut caía a la hora de la siesta y se iba con el crepúsculo sin decirnos nunca adónde vivía. “Por allá, cerca de Rolón”, decía. Tenía un año más que nosotros, era petiso, fachero y locuaz. Nos contaba historias de lugares lejanos —hablaba siempre del Amazonas— y de amigos de otros barrios que tenían la misma edad que nosotros pero que ya salían con minas, fumaban y se cagaban a trompadas siempre. Pibes que se la bancaban y que eran capaces de enfrentarse a Los Toritos, temible banda de La Cava, la mitológica villa del norte del conurbano. Nosotros nos quedábamos maravillados con sus relatos, sabiendo que muchas veces estaban siendo adulterados, aunque nunca supiésemos precisar adónde. A esa edad el cuerpo de una mujer es una provincia lejana, pero Fiaut hablaba con tal soltura del asunto que nos hacía creer que varias veces ya había transitado esos caminos. Nosotros le preguntábamos si ya había cogido y él siempre decía que sí, que claro, que obvio, pero nunca especificaba el quién y el cómo.

De repente, y sin que nada lo hiciese suponer, una tarde Fiaut dejó de venir. Todos pensamos que se había ido envuelto en el mismo misterio con el que había llegado, pero volvió a las dos semanas diciendo que había estado en Londres y que, entre las tantas cosas que había hecho, además de comprarse discos se había cruzado con Ian Curtis en la calle. El nombre no me dijo mucho —yo nunca había escuchado hablar de Joy Division—, pero él lo dijo con tanta jactancia que entonces me pareció importante. A la noche lo conté en casa y mi tío, cuya discografía ocupaba un placard entero, me dijo que Curtis había estirado la pata hacía por lo menos seis años. Cuando al día siguiente se lo comenté, Fiaut miró para abajo y se quedó en silencio. Fue como si la verdad le hubiese desmantelado un sueño. Pasaron un par de minutos hasta que volvió a abrir la boca. “Tenés que escuchar The Smiths, es la banda del momento”.

Pasó muy poco tiempo para que yo lo considerara mi mejor amigo, la persona con la que valía la pena estar y compartir todo aquello que, creía yo, podía hacerme diferente. Su presencia era parte de un guión que estaban escribiendo para mí. No me importaban sus mentiras ni su actitud resbaladiza porque percibía en él a alguien que vibraba con las mismas cosas que yo, aún cuando no estaban del todo claras. Era la promesa latente de participar en una gran aventura o la sospecha de compartir un atávico dolor lo que silenciosamente me iba acercando.

Un verano nos fuimos de vacaciones a Córdoba. Viajamos al campo del abuelo de Raúl, otro amigo, cerca de Río Cuarto. Nos subimos al tren El Aconcagua en Retiro, que iba lleno y se movía tanto que nos daba la sensación de viajar adentro de un volcán nervioso. Cuando nos sentamos, ya de noche, Fiaut sacó un cuchillo enorme tipo Rambo, que había comprado porque decía que en Córdoba había pumas, y empezó a afilarlo. Se quedó haciéndolo hasta la madrugada, concentrado en esa áspera tarea. Algunos lo miraban pero a nadie parecía importarle. El lugar era un circo en movimiento, una película de Kusturica atravesando la pampa húmeda. La gente viajaba con pájaros, salchichones del tamaño de un bolso y hasta había un tipo que había subido un lavarropas. El olor nauseabundo que dominaba el vagón no sólo tenía su origen en el baño. Yo dormía y cada vez que abría los ojos lo veía a Fiaut en el mismo estado: afilando el cuchillo de Rambo, ajeno a todo, hundiendo su mirada en la oscura nada que había del otro lado de la ventana, entablando un diálogo con alguna habitación de su galaxia.

Llovió toda la semana en Córdoba, así que a los pocos días volvimos a la cuadra y a sus ritos, que cumplíamos sin importar la rutina o la repetición. Esos no eran conceptos que manejásemos. Algunas tardes, a eso de las 7 y media, pasaba por el barrio una mujer de unos 30 años, rubia, alta y elegante. Bajaba de la estación de trenes y venía caminando por la calle. Al pasar cerca de nosotros, al tiempo que yo disfrutaba del aroma inolvidable de su perfume y del magnetismo de su aura, Fiaut le hacía la misma pregunta: “¿Trabajás?” La mina ni lo miraba, pero dudo que se ofendiera ya que seguía pasando por ahí cada tanto. Para ella era apenas el sonido de un insecto que no interrumpía la continuidad de su plan, llegar a su casa. “Seguro que es puta, yo las reconozco”, decía Fiaut. Nadie lo contradecía. Era improbable que la mina lo fuese, pero Fiaut estaba convencido de que sí lo era y, para sostener o enfatizar su conocimiento de ese universo erótico tan arcano para nosotros, de inmediato se ponía a contar alguna historia de putas de otros barrios, de pibes de holgada experiencia sexual y de chicas desesperadas por revolcarse con ellos. Nuestro deseo trepaba por las paredes hasta estallar en el aire.

Con Fiaut siempre había sorpresas. Un sábado cayó con un corte de pelo extraño, rapado atrás y más largo adelante, con una especie de jopo o flequillo. A todos les sorprendió el corte, pero nadie se atrevió a decirle algo. En otro momento lo hubiera considerado un corte ridículo, lo hubiese descalificado por amanerado o extravagante, pero que él lo tuviese —y lo llevase con la autoridad y la desfachatez con que lo hacía— fue razón suficiente para aceptarlo. A esa edad en la que el superyó está sacando la punta del lápiz con el que nos llenará de deberes la cabeza para siempre, lo vulgar o lo banal, dependiendo de quién lo ejecute, puede convertirse en algo mágico con la misma rapidez con la que se desacraliza –se desmorona- el mundo adulto. Fiaut tenía tal ascendencia sobre nosotros que aceptábamos sus decisiones con el mismo obediente encantamiento con el que escuchábamos sus parábolas. Él tampoco dijo nada sobre su cabello, pero al rato sacó de su mochila un casete TDK de 60 en el que tenía grabado el último disco de The Smiths. “¡Lo trajo!”, pensé. Me llené de alegría, como si el hecho de que hubiese traído ese pequeño dispositivo de plástico bastara para comprobar todas sus otras historias. Por fin había un poco de verdad en su presencia escurridiza.

The Queen is dead me partió la cabeza y me dejó encerrado en mi cuarto un rato largo. Sé que le pasó a miles de chicos en miles de barrios del mundo, pero sentí que el disco estaba hecho para mí. El hallazgo no hizo más que reafirmar el sacerdocio permanente de Fiaut sobre nosotros, pero también no hizo más que subrayar la paradoja que había en algunos pliegues de su conducta. El era un tipo que no parecía estar atravesado por las emociones y alguien que había construido una épica alrededor de lo elusivo y la distancia, pero sus gustos y algunos de sus actos guardaban una cuota de sensibilidad de la que, supongo, no era del todo consciente.

Aquel invierno de mediados de los 80 la ternura se puso de moda y los Smiths se convirtieron, efectivamente, en la banda del momento.

Un tiempo después Fiaut comenzó a ralear sus apariciones. Como siempre, cada vez que venía, sus fábulas eran apasionantes. Batallas, chicas rendidas a sus pies y la vibrante cercanía de las drogas cuya respiración humedecía sus relatos. Hasta que una tarde desapareció por completo. Se fue sin saludar, dejando tras de sí un sonido irrepetible. Su trabajo ya estaba hecho. Como le ocurrió al pequeño saltamontes (Kwai Chang Caine), yo sentía que podía caminar sobre la alfombra de arroz sin dejar huella. Era tiempo de partir.


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