Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Bitácora de un libro - Día 23

17 05 2010 - 06:14

El martes estuve en el programa de Jorge Lanata, compartiendo una mesa con los Ochoa. Nahuel Ochoa, junto a sus amigos de la hinchada de Chicago, es quien lideró el escrache de la Feria del Libro mientras que su padre Fabián —dirigente gremial del Mercado de Hacienda— es un hombre de Guillermo Moreno. Acepté la tenida sin grandes esperanzas, pero me parece que hay que ir a todos lados y hablar con todo el mundo, siempre y cuando se den condiciones mínimas de modales civilizados. Algo de eso hubo, nos saludamos ceremoniosamente antes de salir al aire (la producción nos había mantenido en lugares apartados para no cruzarnos antes, como si fuéramos los hermanos Gallagher) y durante el cruce se esforzaron por ser amables. Mientras Nahuel se veía un poco intimidado por el evento, Ochoa padre acaparó la charla con su discurso militante robótico, lleno de consignas. Dijo que si Clarín los había atacado a ellos y defendido el libro, eso quería decir algo. Le dije que del libro Clarín no había dicho nada bueno, y que el sábado había salido una crítica negativa en Ñ. Se quedó dos segundos en blanco, con la mirada perdida, hasta que un algoritmo interno le dijo que los datos que no concordaban con las premisas se descartaban y siguió adelante como si nada. Después se mantuvo durante largos minutos discutiendo con Maxi Montenegro sobre Guillermo Moreno mientras Lanata parecía totalmente ausente y yo pensaba “¿Por qué habré aceptado?”

Pero finalmente logré mi cometido, que era escucharlo al pequeño e inofensivo Nahuel que esta vez, por suerte, no estaba acompañado por sus amigos de Mataderos. Le pregunté qué era lo que había querido decir en la Feria, cuando su interrupción fue interrumpida por los trabajadores del Indec que le pidieron que se fuera para luego desalojarlo entre empujones y sillazos. Nahuel dijo que quería preguntarme por qué yo había decidido escribir un libro sobre el Indec justo después de haber renunciado. Le dije que había renunciado hacía seis años (el pobre no contaba siquiera con los datos que aparecen en la solapa) para luego dar lugar a mi discurso acerca del desastre que el gobierno había hecho en el Instituto, declaración que afortunadamente finalizó con el programa.

Cuando salimos del aire me acerqué a Nahuel con un libro en la mano. Le dije que quería regalárselo, que a lo mejor no lo leía ahora pero que lo guardara y en algún momento le diera una oportunidad. Me miró aterrado y empezó a decirme que no, que no podía. Yo avanzaba con el libro y él retrocedía, como si le diera pánico tocarlo. Le dije: “Es un libro, ¡no podés rechazar un libro!”. Insistía en que no y en un momento dijo “Es contra mis principios”. Intenté dárselo al padre, que reaccionó con la misma fobia contra la palabra escrita, aunque después le dijo a su hijo que lo aceptara. Nahuel volvió a negarse, se dio media vuelta y se fue. Gorrita y jogging de marca sí, libros no.

La resistencia a los hechos duros no es patrimonio de los Ochoa y se puede encontrar en la mencionada nota de Ñ, firmada por Hernán Vanoli. Allí, Vanoli dice que mi compromiso y mi capacidad didáctica se ven fagocitadas por “cierto sensacionalismo y pérdida de complejidad a la hora de desplegar los argumentos”. No sé cuál sería el sensacionalismo, todo lo que allí está relatado sucedió y no creo haber exagerado ni agregado adjetivos para recargar una situación especialmente oprobiosa como es la que se vive en el Instituto. Puesto a detallar lo que le falta al libro, Vanoli dice:

En lugar de preguntarse por la articulación del sistema universitario nacional y de la investigación científica con las necesidades populares en las dependencias estatales; o de preguntarse por las razones que llevan a que la única política de Estado efectiva para controlar la suba de precios estimulada por las patronales y la especulación financiera sea la adulteración de ciertos indicadores, su preocupación se enfoca en demostrar, sistematizar y exponer las prácticas ‘patoteras’ de muchos de los cuadros kirchneristas enquistados en el Indec. Aunque se trata de hechos que merecen ser denunciados, el investigador no se permite encontrar en su derrotero algo diferente a lo que suponía”.

La primera frase me parece tan increíble que la voy a poner sola en itálica y la voy a mirar fijo durante diez minutos, a ver si cobra sentido:

“En lugar de preguntarse por la articulación del sistema universitario nacional y de la investigación científica con las necesidades populares en las dependencias estatales…”

What the fuck? ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué tiene que ver el sistema universitario nacional con todo esto? ¿Cuáles serían las necesidades populares en relación con el Indec? La sociedad (el pueblo, si así lo prefiere el compañero Vanoli), necesita estadísticas públicas confiables. Dentro de ciertas limitaciones, el Indec las proveía y las dejó de proveer.

La segunda frase tiene tantos presupuestos que es más una declaración que un cuestionamiento. Dice que la adulteración de estadísticas es la “única política de Estado efectiva” para controlar la inflación, una afirmación irresponsable que no tiene sostén en ningún lugar del planeta, y especialmente en la Argentina, donde el experimento se realizó y fracasó.

Con respecto a que no encontré algo diferente a lo que suponía, le cuento a Vanoli que sus intentos por entrar en mi mente fracasaron. Cuando comencé a trabajar en el libro esperaba otra cosa, algo intermedio, una suerte de verdad no tan extrema, pero efectivamente me encontré con algo distinto a mis expectativas: un grado de violencia laboral extraordinario, sin precedentes en la Argentina democrática. Y fue a partir de esa sorpresa que decidí que la ordalía que sufrieron y sufren los técnicos del Indec necesitaba un cronista.

Finalmente, entre los reproches de Vanoli está el hecho de que yo no me permito interrogarme por los fundamentos de la acción de los “villanos”. Yo creo que eso es falso, hago una interpretación explícita de cómo se decidieron a intervenir los índices cuyo presupuesto ha sido confirmado por tres años de intervención: los que la hicieron eran ignorantes y de modales brutales y no tenían la menor idea del lugar en el cual se estaban metiendo. En todo caso, la acusación de que no le encuentro motivaciones más sofisticadas al accionar de Guillermo Moreno quizás sea falla mía, pero también puede ser que Moreno sea solo eso que aparenta ser: un funcionario bruto y torpe. By the way, no es muy distinta la descripción de los hechos que el propio Vanoli hace en el comienzo de la nota, contradiciendo los reclamos que me hace posteriormente: “El affaire Indec es uno de los casos más incomprensibles de torpeza administrativa, impericia técnica e imposibilidades a la hora de hacer política sin resignar el conflicto pero administrando los disensos […] que ha mostrado el gobierno nacional”. ¡De acuerdo con eso, Vanoli!

Luego de leer el brutal comentario de la directora del Indec, Ana María Edwin, referido a un profesor de Ciencias Económicas de la UBA, encontré en la revista Debate una entrevista a las autoridades actuales del Indec, la propia Edwin, Norberto Itzcovich y Claudio Comari. Allí, Edwin me dedica un párrafo desopilante:

El señor Gustavo Noriega se presenta a sí mismo como alguien que trabajó en el Indec, pero que, en realidad, fue el protegido de algunas autoridades anteriores. Además de ser un hombre de la farándula, en algún momento estuvo en el procesamiento de algunos censos. Pero lo destacable de su caso es su incapacidad para cumplir con la tarea asignada. Cuando se tiene un vínculo laboral, se presume que hay que trabajar y cumplir con las tareas. No era el caso de Noriega. Si alguien necesitaba un cruce de información que estaba a su cargo, lo tenía que llamar a su celular, dado que estaba dedicado a otra cosa. Durante el tiempo que estuvo en esta organización, debe haber trabajado entre un cinco y un diez por ciento. Finalmente, tuvo un disgusto con algunos de sus mandantes y renunció.

¡Qué sarta de disparates! No voy contestar punto por punto ya que ella misma se encarga de hacerlo, contradiciéndose línea a línea, pero me queda en los oídos la maravillosa música de una frase inolvidable: “Además de ser un hombre de la farándula…”

Me voy al varieté, au revoir!


————————————

Del mismo autor:
El Síndrome Benito
Run, Hernanii, run!
Fútbol y Dictadura (low-key)