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Metrolinks

16 11 2004 - 13:31

1. Voces de Ultratumba

por Ernesto Semán

Hace ya más de diez años, a alguien se le ocurrió que la publicidad en los vagones de los subtes de Nueva York compartiera un poco de espacio con la poesía y así salió “Poetry in Motion”. Es el espacio en el cual MTA — la enorme, admirable, burocrática y deficitaria compañía pública de subtes y colectivos — coloca algo de poesía en medio de las propagandas de los estudios de abogados para hispanos de 212-MARGARITA, los anuncios de los colleges que otorgan los diplomas más insólitos, y los mil y un medicamentos para todos los problemas de los norteamericanos, que son un montón, los norteamericanos y los problemas.

Sin transformarse en un escándalo nacional del tamaño de las últimas elecciones, Poetry in Motion también generó su controversia a lo largo de los años, entre puristas y populistas, cultos y divulgadores, vulgo y funcionarios, compañías de publicidad y compañía pública. Nunca falta el salame que desestima la idea con argumentos del estilo de “bueno, al fin y al cabo, la compañía también hace su publicidad con esto”, como si no fuera brillante que una compañía decida darse aires via Shakespeare, un poco de Sófocles o algo de Gertrude Stein o Sylvia Plath, como si estuviera cantado.

El efecto no deja de ser interesante, por su perseverancia y evolución en el tiempo. A quien, como yo, nunca le ha prestado atención a la publicidad y por tanto se cree inmune a ella —aunque no lo sea— el descubrimiento es sorprendente. Uno viaja todas las mañanas en el subte a lo largo de los años, muriéndose de sueño, frío o calor, fusilado de laburar a las 6 de la tarde, como sardinas a las 7 de la mañana o completamente sólo a las 2 de la madrugada, y en medio de toda una carga visual caótica u opresiva y terriblemente invasiva, aparecen esos fragmentos de poemas. Puede que nadie los lea durante un tiempo, o que le preste una atención remota después, pero tarde o temprano, con las horas que uno se pasa ahí adentro a lo largo del año, tarde o temprano, esas poesías carcomen la corteza del cerebro tanto o más que la oferta de llamadas telefónicas de Verizon a la República Dominicana.

Desde hace unas semanas, hay dos líneas de un poema que casi se salen de la pintura para pararse en el pasillo del subte, obstruyendo la salida:

“The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.”

Son las dos últimas líneas de una parte de “The Second Coming”, famoso poema de W.B.Yeats. El verso completo que acompaña al pasajero durante el infinito viaje neoyorquino dice así:

The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Falta de convicción en los mejores; una apasionada intensidad de lo peores, de algo de todo eso se habla después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El poema está ahí desde mucho antes del 2 de noviembre, y por caso fue escrito en un contexto bastante distinto, a principios de la década del ‘20, fresquito el fin de la primera guerra en la Europa de Yeats, en el tono de fin de roaring twenties de los Estados Unidos, el mismo en el que Berlin escribía “before they ask us to pay the bill, and while we still have the chance, let´s face the music and dance”.

Todavía se discute de qué hablaba Yeats en el poema, y si lo suyo era evidencia de una crítica a los mejores o un desprecio por los peores (Yeats era medio místico, lo cual complica un poco más las cosas).

Al menos hoy, lo seguro es la fuerza que esas dos líneas toman de no se sabe dónde, aún con su sentido indeterminado, a las siete de la mañana, en un subte repleto de negros, ejecutivos y extranjeros, para meterse entre los diarios y los ipods sin pedir permiso.

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2. La Línea Roja es un desperdicio

por Huili Raffo

En Los Angeles, la MTA (que se llama igual que la de NY, aunque creo que es una entidad distinta) también se ocupó de empapelar con poesía estaciones y vagones, pero nunca me había llamado la atención. De algún modo, la ciudad daba al emprendimiento características mucho menos osadas que en su némesis de la Costa Este. Así como en el mundo nadie lee poesía, en Los Angeles nadie viaja en subte —una cosa y la otra conviven pacíficamente en el semi-desierto subterráneo.

A principios de esta década, pasé gran parte de mis tardes deambulando por trenes y estaciones de la Red Line, un gusano reciente y solitario que atraviesa el Downtown más sórdido para terminar muy arriba, en North Hollywood, tierra de nadie. Nadie se baja nunca de su auto en LA, pero la ausencia de pasajeros en la Red Line tiene una explicación extra: no te lleva a ninguna parte. Incluso si, como era mi caso, tenés una estación a pocas cuadras de tu casa, las opciones son francamente limitadas. Podés usarla para ir al cine (Hollywood & Highland) o podés ir al mercado en el que empieza Blade Runner, o podés ir a la ópera, o al MOCA. Y listo. La línea roja (igual que todas las otras, en realidad) no roza siquiera las áreas que justificarían el commuting de la inmensa cantidad de gente que trabaja en los estudios. Salvo que uno quiera caminar quince cuadras para llegar a Warner, o veinticinco para llegar a Paramount, los viajes en subte se reducen a excursiones dominicales o al episodio de emergencia que todos, en Los Angeles, tememos más que a los terremotos: que se te rompa el auto.

Mi interés en la Red Line era puramente profesional. A la altura de Hollywood/Vermont, el subte pasa por debajo de la Hollyhock House, una gloria arquitectónica que Frank Lloyd Wright legó al descuido y desprecio de las autoridades menos competentes y que fue, durante más de un año, mi objeto de estudio casi exclusivo. Durante este período, la otra mitad de mi tiempo (la mitad que no ocuparon la casa de Wright o sus alrededores) transcurrió plácidamente en las alturas del Getty Research Institute, el lugar donde todos deberíamos tener nuestra oficina. No recuerdo rutina más gratificante en mi vida que la de sorber mi café con leche a las nueve de la mañana, curioseando entre los estantes de New Arrivals (todos los libros de arte y arquitectura que se hubieran publicado esa semana en el mundo), elegir un par y llevármelos a mi escritorio. Si recuerdo, en cambio, el altísimo precio que debía pagar por ese privilegio: 100 minutos de infierno en la 405.

Esto último podrá parecer excesivo a quien no haya tenido que quedarse clavado durante horas en el medio de la nada, flanqueado por SUVs que no te dejan ver, avanzando, con suerte, a 2 kilómetros por hora. El año pasado tardé tres horas en llegar de Santa Mónica a Universal City. Imposible. Esa es la línea de subte que Los Angeles pide a gritos: una que vaya por debajo de Santa Mónica Boulevard, desde Sunset (al norte) hasta la playa. La ciudad, ergo el mundo, cambiaría radicalmente con algo así. Precisamente por eso es que esa línea de subte sigue siendo una imposibilidad. En el subte viajan los pobres, y Beverly Hills no quiere pobres.

Hay que reconocerles algo a los vecinos que se oponen al subte; tienen su ghetto bien controlado, y es un ghetto apacible. Se puede caminar por Robertson imaginando que esa es la ciudad en la que uno vive —desayunar en The News Room, comprar libros en Storyopolis y mirar en la vidriera de Agnès B las cosas que uno no puede pagarle a sus hijos. Y ahí reside, en gran parte, el encanto de Los Angeles; en la comprobación cotidiana de que uno vive a 25 minutos de todas partes. Pero, come on, ¿alguien es capaz de decir que prefiere pagar el precio del endless commuting, todos los días de su vida? Y si Santa Mónica es imposible, al menos algo que vaya por Fairfax (el sueño de mi vida). O La Brea, algo menos radical. Ni la postura más extrema podría negar una línea de subte que baje por La Brea e intersecte con otra que suba por Venice. Algo así:

Sin embargo, no sucede.

Es interesante ver Los Angeles en Collateral, la última película de Michael Mann. La película, no tanto. Mann está demasiado preocupado por el tamaño de su, er, equipamiento y en su afán de demostrar que todo lo puede no se da cuenta de que la película que tiene en sus manos debería ser una comedia. Al tomársela demasiado en serio nos arruina la noche (pero no del todo; la primera hora es muy disfrutable). El Los Angeles de Collateral tiene la extraña propiedad de parecerse muchísimo al que uno ve desde el auto, si nunca se baja. Es el Los Angeles de cientos de miles de personas, y sin embargo no resulta del todo reconocible precisamente por lo naturalista, que se torna genérico.

Una de mis esquinas favoritas en el mundo es la que uno ve desde cualquiera de las tres mesas de The Kitchen, en Silverlake, especialmente desde la única mesa que está puesta en la vereda. Siempre que hubo que justificar la preferencia me referí a esa mesa como “la mesa Michael Mann”, una expresión que provocaba las reacciones más diversas. Desde esa mesa no se ve mucho; un mini-mall, un vivero inexplicable a la izquierda y las luces de los autos que se acercan, infectando el aire mucho antes de que uno pueda ver al auto en sí. A eso se parecía la película nocturna que yo imaginaba podría filmar solamente Mann, con esa atención a los planos generales en lugares desiertos que tiene (Mann podría, si quisiera, filmar una película que fuera tan impresionante como las fotos de Richard Misrach). Pero Collateral no es así, porque Mann tampoco se baja del auto.

Y lo mismo pasa con el subte. En Collateral, el subte es un escenario (“location”, propiamente dicho) al servicio de las inconsistencias de la historia. Es una pena porque, incluso con una historia inconsistente, uno puede salvar el día preguntándole al subte qué es lo que debe hacer. El subte, y más la línea roja del MTA de Los Angeles, es un organismo vivo, con sus propias reglas y sus propios gustos. Usar al subte como un escenario (y nada más) no es más descabellado que subirse a filmar arriba de un perro y pedirle que se quede quieto.

En Volcano estaba mejor usada, la línea roja. Pero por favor no vean Volcano.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
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3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
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