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Bitácora de un libro - Día 31

24 05 2010 - 16:08

El lunes pasado fui por primera vez en mi vida a almorzar con Mirtha Legrand. Me tocó una mesa de payadores perseguidos: Luis Majul, la senadora Norma Morandini, Mónica Gutiérrez (a quien le habían aflojado las ruedas de su camioneta importada en el fin de semana anterior) y el Dr. Nelson Castro. Siempre quise ir a lo de Mirtha: cuarenta años en la tele y una carrera deslumbrante en la época del cine clásico la convierten en una persona que está más allá de la coyuntura. De hecho, la vez que subí junto a mis compañeros de Indomables a recibir un Martín Fierro, me desvié unos metros para darle un beso a ella, que estaba conduciendo el evento. La siento como la Reina Madre, alguien con quien uno no siempre está de acuerdo, ni siquiera necesariamente le tiene algún tipo de admiración, pero que evidentemente está en otro plano, más arriba. Me daba mucha curiosidad ir al programa y me alegró que me invitaran aunque sabía que lo habían hecho porque se les había caído otro invitado (Magdalena, creo). En fin, ahí estaba yo, haciendo publicidad al libro y mirando las cosas un poco de afuera.

Todo el mundo me pregunta si durante el programa se puede comer o es todo pour la gallerie. Yo digo que si en la mesa están Majul, Morandini y Gutiérrez no solo podés limpiarte los tres platos sino que no estaría nada mal llevarse algo para leer mientras comés. De entrada había una canasta de boconccini con tomates secos sobre un lecho de hojas verdes que dejé por la mitad. Me hubiera comido la masa de la canasta con muchísimo gusto pero no vi que nadie más lo hiciera así que preferí la discreción. Después, un plato de sorrentinos de verdura cruzados con dos lonjas de queso brie que estaba de rechupete. De postre, una bocha de helado de limón con unas fetitas de frutillas y una cosa de chocolate. Dejé el chocolate porque había pasado un fin de semana digestivamente complicado y me zampé el resto. Tomé agua y vino blanco.

Al comienzo del programa, Majul y Mirtha estuvieron generosos conmigo y con el libro, preguntado interesada ella (que lo había estado leyendo en el fin de semana anterior) y haciéndome propaganda Luis, que es un amigo. Después empezó el show del periodista amenazado, una posición que me provoca mucha incomodidad, con lo cual decidí mantenerme un poco al margen, más concentrado en los sorrentinos que en los destinos de la prensa libre.

Morandini dice lo que siente que tiene que decir. A lo mejor no está especialmente preocupada porque tenga relación con lo que se está conversando o con el detalle de que otra persona esté hablando. Gutiérrez estaba fascinada con el Twitter, una “red social” que a mí no me mueve el amperímetro pero que a ella le había servido para encontrar el cariño y la solidaridad de un montón de gente por el episodio de la camioneta. Lo de las ruedas parece que fue porque el freno a la importación las había convertido en material preferencial para los robos. O sea que la culpa volvió a ser de Guillermo Moreno, pero ahora por otros caminos. Luis se puso el programa al hombro, como hace con cualquier evento donde vaya, y prácticamente co-condujo con Mirtha. El que se mantuvo discreto y sereno fue el Dr. Nelson, una persona que me resulta impecable en más de un sentido, pero sobre todo periodísticamente. Contó algo que me resultó tremendo: que un amigo le había dicho que en su círculo de allegados el solo hecho de estar asociado de alguna manera con él, con Nelson Castro, era motivo de descalificación. “Y yo estoy de acuerdo con que sea así”, le remató brutalmente el amigo. No lo dije en la mesa —casi no hablé de nada que no fuera el Indec— pero me parece que ésa es la degradación a la que este gobierno ha llevado el tema de la prensa. No se trata tanto de la persecución real a la que son o somos sometidos —que me parece bastante relativa—, sino de generar este clima demencial, en el cual una persona absolutamente honorable como Nelson Castro pase a ser una contraseña del Mal, que no requiere más argumentos que su invocación. Esa anécdota de Castro y el “juicio público” que se le hizo a Magdalena Ruiz Guiñazú, dos personas respetables, cuyo único pecado es no estar alineados en el periodismo “progre” más o menos condescendiente con el gobierno, me resultan los síntomas más irrefutables de la locura en que vivimos.

De hecho, me parece que para estos menesteres el kichnerismo es más peligroso puertas adentro que a cielo abierto. Es lo que vengo diciendo desde los eventos de la Feria: el problema no era para mí, sino para los que trabajan en el Indec, a puertas cerradas bajo el yugo vengativo de la intervención. Una nueva muestra de lo que hacen con la propia tropa lo sufrió Fabián Doman, quien en C5N tuvo la infortunada idea de hacer un chiste sobre Cristina durante su viaje a España. Alguien muy alto del gobierno lo llamó a Hadad y le pidió su cabeza. Hadad se resistió un poco y finalmente lo sacó a Doman del noticiero, lo mantuvo en radio 10 y le prometió que lo volvería a poner en televisión cuando se pasara el vendaval. Mi solidaridad con Fabián Doman, quien ha sido tremendamente generoso con mi libro.

Cada tanto me sacaban de mi ostracismo con alguna pregunta puntual (aquí hay una), producto del genuino interés de la Señora. Contestaba como podía y dejaba que las señoras retomaran el uso de la palabra, algo para lo cual estaban muy bien dispuestas.
En general la pasé mal, me sentí incómodo, sobre todo físicamente. No estaba durmiendo bien (tengo un bebé de días en casa) y, como dije, mi fin de semana había sido particularmente malo. Cuando todo terminó me dolía muchísimo el cuerpo. Me alegro mucho de haber ido, me resulta simpatiquísimo haber formado parte de ese programa, pero no disfruté del proceso. Es como esa gente que dice “Me hubiera gustado haber leído La Ilíada. No leerla, sino haberla leído. En fin yo almorcé con Mirtha.


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