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Las Pléyades

2 06 2010 - 17:17

Mi exilio interior comenzó con una derrota. Y no cualquier derrota. Fue una derrota contra una mujer. Lala, de ella se trata, me ganó una carrera alrededor de la manzana. Lala, para que me entiendan, es mi hermana, una de mis siete hermanas. Y es un año y medio menor que yo. La diferencia es poca, se podría decir que nada, que somos casi de la misma edad. Pero ella es mujer y yo soy varón. Ella es la segunda y yo soy el primero y estás cosas funcionan así. Por eso fue difícil lo de la carrera. Era domingo y había un par de personas —¿nuestros padres? ¿otras hermanas?— habíamos vuelto de lo de nuestros abuelos y no sé de quién ni por qué surgió el desafío. O sí: «Te corro una vuelta a la manzana», le dije. Fui yo, no me la veo a Lala retándome así. Largamos y a los pocos metros me di cuenta de que lo que me resultaba obvio, que le iba a ganar, no lo era. Ella era más rápida y pronto, cuando me cansé luego del impulso inicial, me pasó, dejó un par de zancadas de distancia entre nosotros y llegó cómoda y primera a la meta. No recuerdo si hubo aplausos. Sí que yo llevaba botas de lluvia y eso podría ser un justificativo, atemperar la derrota. Pero no, si yo llevaba botas de lluvia es seguro que ella también. Mi madre no se permitía asimetrías en la forma de vestirnos.

El episodio ocurrió hace mucho, cuando aún vivíamos en la esquina de la calle Gurruchaga, cerca de la ruta Panamericana, en el límite donde Las Lomas, un suburbio de Buenos Aires de clase alta, empezaba a desdibujarse y se fundía con las villas miserias. Eramos parte de un grupo de familias jóvenes y con espíritu de colonos que juntaban fuerzas en el límite, rodeados de terrenos baldíos donde pastaba el caballo del botellero y sin tendido de gas, antes de hacer dinero y volver a la civilización. Yo tendría seis años, Lala cinco, y aquel fue el instante iniciático donde entendí lo obvio: que estaba condenado a criarme en un matriarcado. En mi cabeza entristecida por la derrota asumí que ellas no sólo eran más, sino que también eran más rápidas. Que no solo estaba en minoría, sino despojado de la aparente superioridad moral que hasta entonces me daba mi condición de varón. De a poco me fui desdibujando, quitándome del medio. La casa era de ellas, de mi madre y mis hermanas.

A Lala le había seguido el resto. Ana, su contraparte, morocha donde Lala era rubia, rebelde y peleadora donde Lala era la mejor alumna. July, puro rulos y sonrisa, algo así como mi preferida. Tal vez porque con ella, mi madre inauguró una extraña tradición: los más grandes seríamos padrinos o madrinas de bautismo de nuestros hermanas menores y a mi me tocó serlo de July cuando yo aún no llegaba a los siete años. El día de la ceremonia me quemé con la vela. Salvo eso, salió todo bien. Hubo que hacer una excepción porque no había tomado la primera comunión —parece que ese es un trámite necesario para ser padrino—, pero el cura se dejó convencer por mi madre con una condición: que me aprendiese el Credo. Aún lo recuerdo. “Creo en Dios padre todos poderoso…”, pero prefiero no recitarlo. Le siguió Jose, que es Josefina y sí, la tercera mujer, generosa y entusiasta, tartamuda cuando los sentimientos se le amontonan en la garganta, algo que sucede con bastante frecuencia. Larga y con rulos, como yo. Luego vino Mei, Meica le dicen casi todos, incluso yo, pero sólo de vez en cuando. Petisa, aventurera, pura bondad y sentido común, de las que escucha. Vicky, la sexta, es la linda. Alta, flaca y de carácter difícil cuando se levanta o así lo decide. Anda en yunta con Mei y hoy están aliadas contra Jose porque sí, porque es fácil. Las mujeres pueden ser crueles y como a Jose hay veces que las palabras le rebotan en la cabeza y le pintan de rojo la cara, las otras dos aprovechan. Pobre Jose. La guerra entre Vicky y Mei, por un lado, y Jose, por el otro, es intensa y está repleta de pequeñas batallas domésticas, la última de ellas es que las dos menores acusan a Jose de haber esperado a que ellas se levantasen de la mesa para anunciar que se casaba. Al final llegó Ruth, que tiene otros padres, colegio distinto, un régimen especial que le permite seguir en contacto con los chicos que aún viven en el hogar de niños carenciados en el que se crio antes de llegar a casa, el humor variable y el cuarto tapizado con fotos de jugadores de River y estrellas de cumbia. «Tus hermanas son unas chetitas», me dijo una vez. Y algo de razón tiene. Sin embargo, fueron ellas, mis hermanas más chicas, las que aún viven en casa de mis padres, las que se ocuparon de criarla y de entenderla. Ruth saca lo mejor de mis hermanas: con ella son solidarias, comprensivas, alegres y generosas, muy lejos de esas nenas caprichosas y malcriadas que es el lugar común de su condición de clase en el que a veces caen.

Cuando me hice mayor y tuve que captar la atención de las chicas, el de mis hermanas se convirtió en uno de mis hits, la frase que usaba para concentrar la atención, aunque más no sea por un rato, y obtener una pequeña ventaja en la eterna la lucha por conquistar mujeres. «Tengo seis hermanas más una. Siete en total. Y yo soy el mayor y el único varón», digo. A veces funciona. Pero no siempre fue así. Durante mucho tiempo lo único que quería era que de alguno de los múltiples embarazos de mi madre me saliese un hermano. Con Vicky, la última, estaba convencido de que por fin se me iba a dar.

Yo tendría alrededor de trece años y no sé bien por qué me había hecho la idea de que esta vez sí venía el ansiado hermano. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que esa ansiedad se sostenía en la vergüenza que me dio —durante un período corto pero intenso— criarme entre tantas mujeres. Más que vergüenza, lo que esta situación hacía era reforzar una sensación de soledad visceral que me perseguía entonces. Yo no era una de ellas, yo era distinto, varón, y eso, entendía, me dejaba aislado, hundido en el ostracismo, callado, solo. Aquello fue de verdad dramático un verano que pasamos en Miami. Habíamos viajado con la excusa de que eran unas vacaciones extendidas, cuando la realidad es que mi padre tenía que trabajar y los tres meses que nos pasamos en ese hotel repleto de viejos fue la manera que encontró mi madre para no dejarlo solo. Mis hermanas se aunaron para divertirse correteando por los pasillos, pero yo quedé desamparado. Carente de amigos, no tenía alternativa más que pasar el tiempo con ellas, todas ellas. En mi percepción de niño tardío o preadolescente, los hermanos varones de mis amigos eran su pasaporte a esa complicidad de género, la bendita posibilidad de estar a gusto con tus semejantes, algo que a mí me resultaba imposible. Estaba mi padre, claro, y algunos de los recuerdos más gratos de aquellos años tienen que ver con momentos que pasamos juntos, como la imagen de esa vez que navegamos con mi tío Guillermo en un snipe —un barco pequeño, de competición— en un Río de la Plata hermoso en su vastedad desolada de domingo por la tarde, o esa otra noche de 1978 en que mi padre abrió el techo del Citroen 3cv naranja, el primer auto familiar del que tengo memoria, para que yo golpease las ollas y cucharas que habíamos recogido, uniéndonos así a los festejos del campeonato mundial de fútbol que los argentinos acabábamos de conquistar en la cancha de River. Pero por alguna razón esos momentos fueron desapareciendo —mi padre trabajaba y viajaba mucho— y en la casa quedamos mi madre, mis hermanas y yo. Hay una imagen de la soledad y la desdicha a la que estaba sometido entonces que quedó grabada en mi mente. Estábamos comiendo con mi familia en un restaurante de Bariloche y al salón entró un chico más grande, de mi mismo colegio, al que conocía bien. Nos levantamos las cejas a modo de reconocimiento y en ese instante comencé a sufrir porque sabía que pronto ocurriría lo que ocurrió: una de mis hermanas volcó la botella de Coca Cola, un clásico, y la mesa se convirtió en un gran bochinche. Gritos de mi madre, llantos de mis hermanas y la certeza de que todos en el restaurante, incluyendo el chico más grande de mi colegio, me estarían mirando a mí, el desdichado que estaba condenado a vivir en ese enchastre de polleras. Así fue que llegué a la primera adolescencia convencido de que un hermano varón significaría no sólo el fin del matriarcado sino, sobre todo, el fin de mi angustia.

Tanto quería que Vicky fuese varón que rezaba todas las noches un Padre Nuestro y un Ave María pidiéndole a Dios que lo hiciese posible, que esa panzota que crecía en mi madre albergase a mi hermano. El momento más intenso de mis plegarias fue durante un mes de verano que pasé en Bariloche invitado por la familia de Pato Nealon, un amigo del colegio. Dormíamos en el sótano de una casa frente al lago en el que también estaba Ino Olivera, otro amigo que Pato había invitado y todas las noches, después de anunciar las pajas que nos echaríamos pensando en las tetas de una amiga de la prima que estaba alquilando del otro lado del lago, largaba mis dos plegarias. Estoy seguro de que no lo hablé ni con Ino, ni con Pato. Pese a que pasábamos el día juntos y hablámos de todo, una cosa era bajarse los calzones para mostrar con orgullo que comenzaba a salirte el vello púbico, como hizo Pato una noche, y otra era admitir ese terror paralizante a no pertenecer que me asolaba por entonces. El sólo hecho de estar ahí, en el sótano de los Nealon en Bariloche, reflejaba los esfuerzos que hacía para integrarme.

Pato era un amigo reciente y el líder del grupo antagónico al que yo había pertenecido durante toda mi vida escolar. Era del grupito de los cancheros, como se decía en esa época, donde estaban los que jugaban al rugby, saldrían antes con mujeres, se pasaban cassetes con temas de INXS y usaban la remera afuera del pantalón cuando el resto todavía llevaba prolijas camisas. Me parece que a los otros, los de mi grupo iniciático, se los conocía como «los nabos», pero ese nombre es despectivo así que prefiero no usarlo. Todos íbamos al mismo colegio y compartíamos aula y recreos desde hacía como ocho años, pero la frontera era marcada y nadie la discutía. Cada uno parecía contento de estar donde estaba. Salvo yo, creo. Algo de los otros, los cancheros —su suficiencia, quizá— me convocaba y algo de los nuestros —cierta manera mansa de incorporar nuestra condición de segundos— me rebelaba. Fue entonces, en los tiempos previos a que naciese Vicky, mi última hermana, que di el paso y cometí la traición mayúscula de abandonar a mis amigos de toda la vida para sumarme a la banda de Pato. Supongo que lo que buscaba era incorporar algo de la seguridad que transmitían y, ahora que lo escribo, entiendo que, más que traición, aquello fue un signo de temprana y callada rebelión, como otras que vendrían a lo largo de mi vida y que me ayudarían a abandonar el ostracismo al que me había confinado el matriarcado. Ese enroque de amigos había sido un grito de libertad, la demostración de que nada de lo que me había tocado —ni la familia, ni los amigos— era definitorio, que en mis decisiones estaba la capacidad de construirme no sólo un futuro sino una personalidad.

Al final Vicky fue Vicky, otra mujer. Me enteré la mañana en que nació, cuando la tía que nos cuidaba porque mi madre se había ido a parir atendió el teléfono y gritó la buena nueva.

—¡Nació Vicky! —lanzó.

Yo me entristecí, pero tampoco tanto. Las consecuencias no fueron graves. Dejé de rezar y me asumí como lo que era: el único varón. La frase seguiría definiéndome, pero pronto dejaría de ser vergonzosa. Ahora sentía orgullo, el orgullo de ser distinto.


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