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23 11 2004 - 08:36

En Brooklyn, Semán pudo ver a U2 desde la ventana de su living. O podría haberlos visto si no hubiera estado demasiado ocupado con la única aldea gala que resiste al invasor. Bajando un poco el nivel de producción (aunque tal vez no las ambiciones estéticas, dependiendo del punto de vista) yo podría haber visto miles de ovejas caminando por las calles de Madrid. Si no hubiera estado, también, sumergido en el particular universo de Cornelius Cardew. Bajando mucho mucho mucho más en cualquier escala, los lectores porteños ya conocen la identidad del afortunado sucesor de Torcuato Di Tella.

El tema ocupa a todos los diarios con una sed de sangre que los iguala. Cualquier duda que uno pudiera albergar acerca de la salud mental de Di Tella (y hay bastantes dudas, todas razonables) pasa a segundo plano al comprobar cómo disfrutan de su caída en el Planeta de los Simios. Roa, Kirschbaum, Morales Sorbete, incluso el Colectivo de Monitos Obedientes que, en Página, podría/debería ofrecernos una cobertura de mayor dignidad; todos se refriegan las manos sin, tal vez, advertir los motivos de su repentina felicidad. Pocas cosas más disfrutables que ver caer a quien hace o dice cosas a las que uno no se anima.

La mala noticia, entonces —mala sin sorpresas ni estridencias— es que el nuevo Secretario de Cultura es José Nun, Pepe Monja para los amigos (míos). Nun es el James Bond de lo nac & pop; un tipo que sería más inofensivo que mi tía si no hubiera sido elevado automáticamente a la categoría de “pensador” por el desolador escenario de la intelligentsia local y, luego, a la categoría de “gurú” por su propia ambición y por la ceguera característica del peronismo residual (la misma ceguera que entroniza a tuertos como Feinmann). Nun es, de hecho, la otra pata familiar en la escasa biblioteca na-cio-nal de la Primera Dama. Nada grave pasa con la designación de Nun. Por lo menos nada que no haya venido pasando desde hace rato.

¿Y si designaban a Jorge Coscia? Seguramente tampoco, teniendo en cuenta la limitada influencia del cargo. Pero, si hubiera sucedido (y estuvo a punto de suceder, parece), la noticia habría sido tres veces peor, teniendo en cuenta de quién se trata. Por eso, antes de que nos olvidemos de que Coscia existe y tiene un cargo, lo que sigue:

Pulling a Nudler on Coscia es una tentación que intentaremos evitar. No sería difícil acusarlo de corrupto, pero cargar las tintas ahí sería un error por varios motivos. Primero porque, amén de sentirnos obligados a aportar elementos materiales que ni remotamente estamos dispuestos a producir, la acusación tendría que venir acompañada, si no de un debate, al menos de una revisión del concepto de “corrupción” aplicado a las artes. Coscia se ha erigido en los últimos quince años en exponente particularmente lumpen de una tradición que, generacionalmente, debería haberle sido ajena. Pero esta tradición —la del cine latinoamericano que basa su atractivo (hipotético) en una prédica ideológica sólo tentadora para quienes suscriben a ella de antemano— ha dado, increíblemente, algunas buenas películas. No las de Coscia, claro, pero sí las de sujetos tan desequilibrados como Solanas o tan (ahí si, con todas las letras) corrrrrrruptos como Wullicher. Cada uno hace lo que puede: el hecho de que Coscia haya sobrevivido, y bastante bien, en una industria tan cruel gracias a su filiación peronista y su mentalidad pacata de unidad básica no lo define automáticamente como corrupto. Sí lo demuestra inútil, sobre todo si uno se toma el trabajo de ver alguna de las películas que hizo (pero no hace falta, y no se lo deseamos a nadie).

Como funcionario al frente del INCAA, Coscia ha sido consistente con su desempeño como director, demostrando que el cine no le importa en lo más mínimo. La idea de Coscia como Secretario de Cultura no era sólo problemática por el hecho objetivo de que Coscia no sabe leer ni escribir, sino por su pertenencia a otra tradición (corrupta o no, no importa): la de favorecer a quienes son como él. Manuel Antín, el último funcionario decente que hubo en Argentina en esta materia, pertenecía también a esta segunda tradición, y podría haber producido resultados extraordinarios a través de su práctica, si el destino de Alfonsín hubiera sido otro. Pero Antín, por decir algo, había adaptado un libro de Cortázar. Coscia nació, igual que Cortázar, un 26 de agosto. Ahí se acaban las analogías.

De nuestros problemas con Nun hablaremos en otro momento. Por ahora nos alegramos de que no fue Coscia; para que el INCAA tenga algo que ver con el cine otra vez habría que hacer dieciocho revoluciones, así que, a esta altura, no es tan grave que el tipo esté ahí. En la Secretaría de Cultura ya nos daba un poco de cosa.


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