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Palermo Apache

27 11 2004 - 07:44

Cuando Francis Ford Coppola se decida a filmar y terminar su Megalópolis, debería incluir en la galería de personajes a los vecinos de Palermo que se quejan por la falta de seguridad. Una forma posible es la del género netamente policial, de acción y dramática: una serie de crímenes que dejan a una pequeña comunidad devastada pero también unida hacia el futuro, frente a un criminal algo psicótico, que al fin y al cabo no es muy distinto al resto de los personajes, sólo que producto de su propio origen, externo a Palermo.

Otra forma posible llevaría la película al género de comedia más al estilo Nanni Moretti, incluso Adriano Celentano, y se desarrollaría bajo la pregunta: ”¿Pero de qué carajo se quejan?”

La nota de Clarín que contaba este problema de los vecinos de Palermo, empezaba con lo que sería la respuesta a esta pregunta:

“El que paga por seguridad la tiene; el que no, se jode. ¿Dónde está la presencia del Estado?” De tan repetida, la queja ya se está haciendo un clásico entre los vecinos de esa zona porteña, que, por esas cosas de la moda, ahora se identifica como Palermo Hollywood.

Mi primera reacción: “Querido, el Estado no está porque lo sacaste vos votando las pelotudeces que votaste, reafirmando como un pendejo caprichoso todos los lugares comunes que circularon durante los últimos diez años sobre todo lo malo que era que el Estado tuviera alguna presencia.”

Claro que eso no alcanza, por una variedad de razones, pero si no fuera por lo trágico, es verdaderamente gracioso que una nota sobre Palermo Hollywood en pleno 2004 empiece pataleando por la ausencia de Estado. En verdad es aún peor, porque la nota no arranca con esa pregunta, sino con su respuesta: El que paga por seguridad la tiene; el que no, se jode.

Ese es el paisaje que ha inspirado casi todas las películas que transcurren en algún futuro próximo en alguna ciudad gigante, y probablemente sea el que inspire la Megalópolis de Cóppola: un paisaje donde el Estado ha desaparecido como garante de algún territorio común en el que todos den y reciban mas o menos algo, mas o menos lo mismo, y en su reemplazo una vida mucho mas peligrosa y fragmentada, gobernada por corporaciones, con la ayuda a veces de un Estado despótico apoyado en la coerción.

No es que eso vaya a pasar en Buenos Aires ya ya ya, pero vamos, no se me ocurre en qué otra cosa estaban pensando quienes machacaron hasta el cansancio con el tema del Estado interventor.

El resto de la nota de Clarín enumera algunas de las miserias que sirven de contexto o sazonan la escena: la cana de la 31 que va cuando los vecinos rompen las bolas, pero al rato se retira; la cana que explica que no tiene gente para cubrir las 280 manzanas con sus 250 restaurantes que abarca su comisaría; la brecha social entre la mayoría de esos restaurantes que ponen plata para tener custodia privada —en muchos casos ofrecida por miembros de la policía fuera de sus horas de servicio— y los que quedan expuestos al robo por falta de fondos; un intento de secuestro frustrado, un negocio todo enrejado y una decena de relatos de robos.

Interesante, para toda esta gente —o al menos para el que escribe la nota— el Estado hace ostentación de ausencia cuando falta cana. Que haya una generación entera sin acceso a una educación pública razonable, ni a un hospital decente, ni a un sistema de transporte público generosamente extendido en el tiempo y el espacio, ni a un universo de regulaciones que establezca premios y castigos en nombre de la sociedad para determinadas conductas (premio para el señor que cruza la viejita en la calle, castigo para la compañía telefónica que te afana con premetidación y alevosía); nada de todo esto ha llamado la atención de los vecinos que de golpe se preguntan dónde está el Estado que ellos mandaron a guardar.

Que la seguridad no es un problema policial es más viejo que el mono y es la idea que ha estado en la base de cualquier reforma policial exitosa. Argentina quintuplicó el consumo de droga en la última década, quiénsabecuántoplicó el tránsito de drogas, sin hablar del desarmado de autos y el tráfico de armas. ¿Cuánta cana quieren en la esquina para parar lo que se viene?

Entre las cosas que no se han hecho y que mal puede responsabilizarse a la policía, una es precisamente el traspaso de la policía federal al gobierno porteño. Uno supone que la historia o alguien se encargará de juzgar y condenar a quienes actuaron con deliberada negligencia para que nunca sucediera, empezando por el gobierno porteño y siguiendo por los gobiernos nacionales, desde Fernando de la Rúa en adelante. Ni hablar entonces de reorientar inversiones, o de la vieja idea de trasladar partes del gobierno al sur de la ciudad, invitando a otros a seguirlos.

El sistema de distribución espacial funciona de un modo u otro: o uno busca la forma de que la guita que está acumulada en el norte vaya al sur, o quienes están en el sur irán a buscarla al norte por motu propio. Y como acceder a una cuenta en Suiza es más difícil que ponerle un caño en la cabeza al cajero de un restaurante, no cuesta mucho imaginar el resultado, su perpetuación y la frustración general a la que los habitantes de la ciudad están condenados.

Aun así, todo esto que es más o menos obvio no ha impedido que desde la inversión económica hasta la simbólica, desde el adefesio del puente de Calatrava hasta la flor de Eduardo Catalano, todo se concentra en el corredor norte de la ciudad, donde la gente lee diarios y revistas o trabaja en televisión o se queja a viva voz o tiene algún tipo de fuerza de la que el resto carece.

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El mismo día en que aparecía este reclamo vecinal, Clarín también publicaba un reportaje a Saskia Sassen, algo así como la teórica preferida de medio mundo a la hora de hablar de ciudades. Aunque el diario no pudo evitar un título celebratorio para el reportaje (“Ciudades: tierra de todos”), la Sassen es bastante menos optimista. Una mirada a un panorama que en verdad es común a muchas ciudades del mundo, dice que

“Se ve en todas las grandes ciudades donde ciertos barrios se revalorizan e integran al circuito de consumo de lujo echando con violencia a sus moradores históricos. En Nueva York esto fue tan feroz que dejó a 150 mil personas en la calle. Es cierto que la nueva arquitectura se ve muy linda, pero tiene que quedar muy claro que esa irrupción de actores poderosos en el espacio urbano ejerce también una gran violencia sobre la ciudad, aunque use modalidades distintas que las de las bandas criminales o los grupos políticos vandálicos.”

A cuento de lo cual vuelve desde algún lugar de la memoria, no sé de cuál, la increíble o nada increíble parafernalia con la que algunos habitantes de esa zona se obsesionaron con aferrar a Palermo a una simbología que adoptaron como mantra. Palermo Soho se llamó una zona porque tenía “muchos” restaurantes ”étnicos” (supongo, seguro que no se llamó así por quedar al sur de la calle Houston, como es el caso de Nueva York), Hollywood se llamó otra porque, además, la habitaban personajes del espectáculo local. Las intervenciones públicas, que barrenan entre Cortazar y Borges, han sido notoriamente poco exitosas, fracaso al que no es ajena la vasta conspiración mediática por hacer siempre las cosas mal.

Claro que esos viajes de términos de un hemisferio a otro suelen ser peligrosos (no por eso menos atractivos), porque en el camino las palabras hacen lo que se les canta y pasan a referir a cualquier otra cosa.

El caso que nos ocupa es de manual. La desesperación por ser reconocido como clon de la metrópolis se transforma en un recurso ilimitado para el consumo interno. Poco importa que el Soho y el Hollywood al que ellos refieren hayan dejado tantos heridos en el camino; menos aún que en sus versiones originales tengan un contexto cuyo sentido es el opuesto al porteño. El Soho al menos sigue siendo un lugar integrado al resto de la ciudad, donde la posibilidad de caminar con toda la tranquilidad que es posible conseguir en una gran ciudad no ha desaparecido.

Ackbar Abbas hace una comparación entre Shanghai y Hong Kong que no viene necesariamentre a cuento, pero que arranca con una serie de comentarios de Luis Buñuel sobre Jorge Luis Borges y la posterior reflexión de Abbas, apuntando a que el cosmopolitismo de Borges —y agrega uno, el de Buenos Aires—se construye sobre la incorporación de símbolos cuyo origen “no es otro que la ansiedad colonial por ser reconocido” en la metrópolis.

Ahora bien, cuando esa operación sale mal, lo que es reconocido desde la metrópolis y desde la misma colonia, no es el clon de Nueva York sino todo lo diferente que es, por carencia o por exceso, y el desesperado intento por aferrarse como sea a la autopercepción de que, cueste lo que cueste, seguiremos siendo Soho, Hollywood, algo. Sobre algo de todo esto hemos discurrido acá mismo hace ya más de un año.

Uno de los viajes de términos más interesantes de este tipo ocurrió en los ‘70, cuando el Barrio Ejército de los Andes en Buenos Aires mostró todas lo malo que podía ser una intervención urbana, y con su impenetrabilidad y violencia se ganó el nombre de Fuerte Apache. La inspiración no había sido la de los indios americanos, sino la del Bronx en Nueva York. Por aquel entonces, el barrio tenía una tasa de mortalidad similiar a la de algunas ciudades africanas y un nivel de violencia que lo hacía difícil para todo lo referido al orden y la ley, lo que llevó a la Policía de Nueva York a rebautizarlo como Fort Apache-The Bronx, un proceso bastante bien reconstruído en una película homónima semiolvidada con Paul Newman y Dany Aiello, muy buena para mi gusto. Si en aquel momento no era la ansiedad por parecerse, al menos las connotaciones policiales de la denominación viajaron casi intactas de Norte Sur.

Autopercepciones y prejuicios y tendencias culturales de cada momento. Si no se hizo ya, alguien debería estudiar cómo viajan esos nombres de un lugar a otro, quién administra el tráfico, por qué Tevez es el mejor exponente de un barrio cuyo nombre se origina en el Bronx.

La historia de las últimas tres décadas fue distinta para la mayoría de los habitantes del Bronx y del Barrio Ejército de los Andes, algo que sin duda ayuda a explicar que en el Soho se pueda estar más o menos tranquilo y en Palermo Soho más o menos no. Es probable que si Palermo siguiera llamándose Palermo a Secas, Palermo Guillote o Palermo Me Tenés Seco y Enfermo, los problemas serían los mismos. Pero eso nunca lo sabremos.


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