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La Casa de Nelson

29 11 2004 - 11:17

Se murió Nelson Gidding, hace como seis meses pero yo recién me entero por culpa de mi vida nómade. A los ochenta y cuatro años, habiendo atravesado la historia del siglo pasado con la buena y mala suerte de quien siempre está donde las cosas pasan, el bueno de Nelson tenía todo el derecho del mundo a morirse sin avisar, lo cual no me hace sentir mucho mejor acerca de mis planes de ir a visitarlo en marzo (como un pelotudo, lo dejé “para la próxima” la última vez que estuve en Los Angeles). En los últimos años se había vuelto imposible hablar con él por teléfono (te escuchaba poco, pero vos le escuchabas menos), el email estaba fuera de toda posibilidad aunque él se había obligado a aprender a usarlo, y las cartas, bueno, no hay excusa pero las cartas siguen apilándose sin salir de casa, o saliendo muy de vez en cuando.

Hace unos cuantos años, yo esperaba el momento para darle a un productor legendario la esforzada copia del guión de la película que sigue hoy, con aun mayor esfuerzo, tratando de existir entre Dublin y Amsterdam. El productor legendario quedará en el anonimato, por las dudas. Llegado el momento, entonces, extendí el sobre y, de la nada, de atrás de un arbusto, saltó el enano Gidding para arrebatármelo.

— ¡No! ¡No! ¡No se lo des! ¡Que no lo agarre!

Todos miramos al gnomo crespuscular que se aferraba al sobre.

—¡No está listo! ¡No está listo! ¡Hay que corregir un montón de cosas, todavía!

Diciendo esto (y llevándose el sobre), desapareció Gidding en la oscuridad, dejándonos al productor y a mí parados en medio de un estacionamiento, sin que ninguno de los dos supiera qué decir.

Hay que tener motivos para seguir queriendo a un tipo que te hace eso, y yo los tuve, evidentemente, porque siempre me fue imposible enojarme con Gidding. En principio porque cualquiera de sus excentricidades era decididamente menor al lado de las deudas enormes que uno siempre tendría con él por el simple hecho de estar en su área de influencia. Y no me refiero a cosas tan volátiles como “contactos” y recomendaciones sino más bien a Strunk & White, las sutilezas del Korean Barbecue, los secretos más arcanos de Malibu Canyon — las cosas que el tipo te enseñaba por ósmosis.

Nelson había pasado de Harvard derecho a pilotear un avión durante la Segunda Guerra, más específicamente un B-26 que tuvo la mala idea de caer sobre territorio enemigo, aunque habrá que reconocerle el mérito (al avión o al piloto) de un aterrizaje con sobrevivientes, en una zona que podría haber sido peor. As it turned out, era Italia, y Nelson se pasó dos años en un campo para prisioneros de guerra regenteado por un combo de auténticos fascistas italianos y auténticos nazis, obviamente alemanes. Durante esos dos años, Nelson se dedicó a robar y amarrocar servilletas, envoltura de papas, cualquier cosa que se pareciera al papel, como una urraca. En ese papel, de noche y a escondidas, escribió una novela (publicada en 1946) que nunca me dejó leer, porque estaba dispuesto a “hacerla bien”, ahora que sabía cómo. Nelson no tenía idea de lo que era un guión de cine cuando lo agarraron los nazis, pero cincuenta años después sabía de eso más que muchos, y estaba convencido de que aquella historia era, siempre había sido, en realidad, una película. Había empezado a escribir el guión hace un año, así que no creo que haya llegado a terminarlo. Se quejaba de haberse olvidado demasiadas cosas, y por eso mantenía al lado de la computadora el manuscrito original, facsímil del cual alguien debería editar, porque es extraordinario.

Además del productor innombrable, Gidding me presentó a Robert Wise, una especie de ídolo de facto desde mi infancia, aunque no me guste del todo ninguna de las películas que hizo (ni siquiera The Haunting, que era Gidding’s best claim to fame). Pero bueno, el tipo había dirigido La Novicia Rebelde, película que debo haber visto dieciocho veces cuando tenía cinco años (yo, no la película). Wise debe haber sido una persona interesante en el pasado, aunque cuando me tocó a mí la edad lo había convertido en una especie de ameba esponjiforme que apenas podía hilar dos ideas seguidas —algo que nunca pasó con Gidding, btw, y ese era otro motivo para ponerse de buen humor cuando uno estaba con él. A diferencia de los movers and shakers que todo lo pueden, Gidding te invitaba a cenar con Wise o Howard Franklin con igual desprendimiento, juntando generaciones, gustos y estilos sin intención oculta, por el simple placer de hablar de cine, algo que aunque parezca mentira es cada vez menos frecuente, en Hollywood y en todas partes.

Cuando conocí a Nelson, estaba empezando a pensar en casarse con Chun-ling, su fisioterapeuta. “No me gusta vivir solo, y ella me quiere, me parece.” ”¿Cómo sabés? ¿Habla inglés?” “No, pero va a aprender rápido.” No sonaba bien, pero después la conocías a Chung-ling y te dabas cuenta de que era cierto que lo quería, de que disfrutaba de cuidar a Nelson, de mantenerle (dentro de lo que él permitía) la casa en un estado habitable, de preparar el té con bagels y salmón ahumado que estabas obligado a comer si ibas de visita. Ni Chung-ling ni nadie se habría animado a tocar la biblioteca de Gidding, que se extendía sin orden ni consideración por toda la planta superior de la casa. Le tocará al hijo de Nelson ahora, supongo, desarmar ese universo, en una tarea que imagino tan temible como envidiable. Me pregunto también qué pasará con la casa.

Nelson vivía al lado de Larry David, desde mucho antes de que Larry David se mudara ahí, claro, en una casita de madera que apenas se veía desde la entrada. Me doy cuenta ahora de que siempre llovía cuando fui a esa casa (lo cual es rarísimo teniendo en cuenta el clima de Los Angeles) y tal vez por eso la recuerdo como un oasis, también — una cueva de una quietud japonesa, japonesa de las montañas, con una niebla constante llegando del mar, dispersándose apenas al caer sobre el jardín algo abandonado.

A veces pienso que las casas, las que consiguen convertirse en casas con todas las letras, deberían sobrevivir a sus habitantes (como de hecho lo hacen) y ser protegidas de ahí en más, al margen de sus virtudes arquitectónicas. Aunque es imposible, claro, porque con el tiempo ellas también se desvanecen incluso si uno no hace nada, y si uno hace algo la embarra. Y sin embargo es peor imaginar un destino modernizante para esos edificios que han hecho durante décadas el esfuerzo de parecerse a sus dueños. Tal vez habría que instrumentar un mecanismo por el cual se le garantice a este tipo de casas un sucesor digno, alguien que esté dispuesto a mantenerlas vivas sin eliminar las características históricas que las definen. Después de todo, eso es precisamente lo que suele hacerse cuando estas características pueden ser establecidas más objetivamente. En una de esas es sólo cuestión de ampliar el rango que determina lo que debe protegerse para el futuro.

En marzo, si me animo, y si llueve (por suerte siempre llueve en marzo) iré a visitar a Chung-ling, que asumo (espero) seguirá viviendo en la casa de Nelson.


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