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La Tradición del Mazazo

3 09 2003 - 14:32

[ En relación a esta conversación entre Ivana y Ernesto.]

Si bien me gusta esquema de cómo la moda argentina tiene como referente básico al tipo de cambio (lo cual transformaría a Cavallo en una especie de Warhol pelado que hace historia por donde menos se imagina), me parece que hay áreas en las que no es aplicable, y son precisamente esas áreas las que más me interesan desde que tengo memoria.

Digo: es absolutamente razonable que diversos modelos cambien respecto de las modalidades de consumo (cultural) que devienen a su vez del tipo de cambio, e incluso sería comprensible, aunque nefasto, que de allí se desprendiera el grueso de la producción (cultural) en un período dado. Dodado dodado. Pero, ¿sabe qué? No pasa eso. Pasa, si quiere, en estratos muy superficiales, como los que componen Palermo Forro y las columnas de gossip de la tele, pero en áreas apenas menos banales lo que sucede es otra cosa. No sé bien qué, pero otra cosa.

Le doy algunos ejemplos de lo que estoy hablando. La Renga, o la bailanta trendy (no me acuerdo cómo lo definía Rosman exactamente, pero había toda una construcción teórica acerca de los sujetos estereotípicos de Zona Norte que escuchaban cumbia). Esas cosas, la miserabilidad del (early) nuevo cine argentino, del cual Pizza, Birra, Faso fue exponente pionero. Usted sabe de qué le hablo: toda esa basura. Son fenómenos del menemismo; no sólo surgidos sino bien establecidos durante ese período. Dicho al revés: Cortázar, o Charly García 77/87, por citar algunos de los escasos exponentes artísticos que son both cosmopolitas y relevantes, no le deben nada a Martínez De Hoz (más bien todo lo contrario). Baja el dólar y vamos al Vietnamita, right. ¿Pero eso es todo?

Queda claro que, por encima de toda argumentación válida (y hay muchas), yo no puedo hacer otra cosa que considerar un tipo de cambio alto como una limitación, en gran medida como consecuencia de la bola de nieve nacionalista que empieza hace más de un siglo y se concentra en el peronismo como representación más acabada de autismo cultural, artístico, como quiera llamarlo. Pero incluso obviando mis objeciones a lo nacional, el resto del mundo es demasiado interesante como para que yo me conforme con cualquier tradición local.

El problema que tengo con mi propia postura (en relación a la suya) es que a tipo de cambio alto la argentina produce caca y a tipo de cambio bajo también. La contradicción más evidente que encuentro en mi propia visión de las cosas: por un lado intuyo catastrófico que los discos de Wilco cuesten 35 dólares en Buenos Aires. Por el otro, me pregunto qué ventaja apreciable puedo señalar como consecuencia de todos estos años durante los cuales costaban la cuarta parte.

[Lo de la moda no se lo discuto y sigue funcionando perfectamente, pero ya no estoy hablando de modas.]

La única diferencia importante que yo percibo — mejor dicho: la única diferencia que percibo que es importante para mí — es la que hay entre, sigamos con los mismos ejemplos, García y Cortázar por un lado; Adrián Suar y Los Piojos por el otro. Y si bien es cierto que las actitudes personales de los exponentes “buenos” no ayudan (Cortázar se va a París y eventualmente se muere, García se transforma en esa cosa que es ahora), esto no justifica que ni siquiera ellos como exponentes de lo poco argentino bueno que recuerdo sean suficientes para marcar el standard sobre el cual se construye algún tipo de tradición.

Tradición en el buen sentido (no es una mala palabra, “tradición”, pese al uso espantoso que se le da). Sin detenerme a pensar si es cierto (tipeo de corrido y me voy enseguida) se me ocurre ahora que sí hay, en realidad, una cierta tradición cultural en la argentina de los últimos treinta años, y que la misma se ha ido construyendo al revés: evitando a conciencia los pocos landmarks que podrian habernos llevado hacia alguna parte, y celebrando los otros, los más soretes, con una rigurosidad que sugiere método, como si todos se hubieran puesto de acuerdo en que era lo que había que hacer. En vez de usar a los landmarks como escalones, para seguir yendo hacia algún lugar más interesante o revelador, la Argentina los caga a mazazos como a los topos esos que había en Sacoa a mediados de los 80, con cierto placer, incluso.

Thus, lo que hay.

Dejo esto sin terminar, como ya es costumbre.


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