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Encuentro con la muerte en el obelisco

13 05 2011 - 02:53

¿Vieron alguna vez esas publicidades que hacen una cuadrilla de tipos que llevan carteles y se ponen en la 9 de julio cuando se corta el semáforo? Que van y se paran siguiendo la línea de detención de los autos, se ubican todos equidistantes, se miran entre sí y levantan al unísono los carteles, casi siempre de cosas como revista El Federal, para que los automovilistas ahí parados consuman un cacho de publicidad a modo de peaje. Y que después de unos segundos, con bastante margen como para evitar accidentes, bajan todos los carteles y se vuelven a paso firme (no corriendo, no puede pasar ningún imprevisto) a la vereda.

Bueno, hoy fue distinto, y tengo que dejar constancia.

Hoy la publicidad con personas que sostienen carteles la organizaba directamente el Gobierno de la Ciudad, y era una campaña de cuidado al conducir. Los carteles les decían a los conductores que manejen más lento, que todos queremos llegar. O que en la calle lo más importante es el peatón, cuidémoslo. Todas cosas bastante obvias con los carteles amarillos correspondientes. Pero había un cartel más raro, que decía ‘MANEJÁ MÁS LENTO. ESTE PUEDE SER TU ULTIMO MODELO’. Y ahí estaba la novedad en esta campaña. Había un gran cubo negro con rueditas, como si fuera una tarima móvil o como una carroza de carnaval neutra, de más de dos metros de alto. Un par de tipos la empujaban, en este caso volviendo a la vereda porque el semáforo estaba por abrir el paso de la 9 de julio. Levanté la vista porque me llamó la atención que arriba de la tarima algo espasmódico se movía. Había un ataúd, y encima una persona sentada a horcajadas montando el ataúd sostenía un volante en el aire. Estaba disfrazada de Parca medio costumbrista y porteña, con una bata de baño como ropa o mortaja, con máscara hinchada tipo caricatura, frente pelada con pelo largo rubio y anteojos negros, como que la Muerte es ciega. No sé por qué al recordarla me la imagino fumando de costado aunque estoy seguro de que no era así: no le veo el menor sentido, a no ser que estuvieran aprovechando la campaña para darle también al cigarrillo de manera subliminal.

La metáfora era bastante obvia y grosera: el ataúd venía a ser el auto, con el muerto arriba que es el conductor que no tuvo cuidado. Para que no quedaran dudas, en la parte de adelante del ataúd había una chapa de patente, que no creo que vieran los conductores detenidos en el semáforo porque la Muerte cruzaba como si viniera conduciendo por Corrientes hacia el bajo, y entonces desde la avenida sólo se podía ver el perfil elevado del “auto” y no el frente. Pero sí era algo que veíamos los peatones que nos acercábamos a la esquina para cruzar. Ahí en esa esquina donde conflujen la 9 de Julio, Cerrito y la cuadra peatonal de Diagonal Norte que está de este lado, suele haber microactividades concurrentes todas las mañanas. Hay un puesto de flores que está siempre cerrado, y en una de esas ves a un marginal durmiendo ahí al reparo (al reparo de nada, ¿qué reparo puede dar un quiosco de flores cerrado?) a las nueve de la mañana, a pleno rayo del sol. También el borde de la calzada suele estar ocupado por combis de las que están legalizadas, onda el Temperley Express, con los conductores esperando, no se sabe si para subir gente o para bajarla. No se entiende, siempre están ahí las combis vacías esperando, y uno se imagina que si es de mañana ya cumplieron su misión: trajeron a la gente y ya sería momento de volverse a Temperley. Pero no. Esquivo pensar en la posibilidad tenebrosa de que esos tipos que conducen las combis no tengan nada que hacer desde las 9 hasta las 18 en que hacen el viaje de vuelta con la misma gente que trajeron por la mañana.

También en ese mismo lugar, pero unos metros más hacia lo peatonal, donde empiezan a estar los bancos para sentarse, suele haber mini campañas de esas que organiza alguna ong bajo la protección del estado. Instalan una especie de casa rodante e instan a la gente a donar sangre al paso, o a aplicarse la vacuna contra la gripe de manera gratuita. Hoy en cambio había unos chicos y chicas con algún tipo de insignia que no puedo recordar bien, porque después la Muerte me tomó por completo. Pero pongámosle que eran camisolas celestes. La onda en general era tipo Arco Iris o Mamas and the Papas. Uno de los chicos con camisolas celestes andaba merodeando el punto de reunión con una guitarra colgada y se contorsionaba muy suavemente, en actitud folk, haciendo una simulación de tocar. Como que se estuviera preparando la representación, que sin dudas tendría el objetivo de atraer transeúntes hacia el sector en el cual se le ofrecería lo que fuera que esa campaña ofrecía. Una vez franqueada la zona del chico convocante, se veía al resto del equipo, que eran chicas con las mismas camisolas pero sentadas en los bancos. Recuerdo (esto sí me quedó grabado a pesar de la Muerte) que una de las chicas tenía un turbante de colores altísimo, que en última instancia daba al grupo una síntesis de lo hippie antes mencionado con un toque B52’s. Yo pasé por ahí apurado, y cuando ya les daba la espalda escucho que una de las chicas pregona
– ¡Masajes!¡Los masajes son una buena manera de comenzar la mañana!

Como siempre me pasa con este tipo de cosas, el apuro por llegar al trabajo fue la excusa para no detenerme a ver de qué se trataba. Después (ahora) me arrepiento mucho. El pregón de la chica de los masajes era muy tímido, como sintiendo vergüenza por estar haciendo una ridiculez, o como si estuviera precalentando porque la performance de lo-que-fuera todavía no había comenzado. No llegó a quedarme claro si era un servicio pago (lo cual me parece imposible, porque no veo que le den licencia para ocupar ese lugar a cualquier mercachifle de los masajes) o un servicio gratuito provisto por alguna de esas oenegés asociadas con el estado. Parte de mi aceleración ante semejante imprevisto es porque toda la vida desconfié de la gente que ofrece cosas inusuales por la calle, porque presumo que me van a embaucar. No tanto sacarme plata, que es un objetivo casi inalcanzable para cualquier sorpresista de estos, pero sí hacerme sentir miserable por eludir el pago de algo que inicialmente se presentaba como gratuito. Y el pago puede ser de lo más burdo y fácil de desenmascarar y eludir internamente, como en el caso de los nenes que te vienen a dar besos en el subte para sacarte alguna moneda, o más complejo y temible: ¿y si te daban masajes a cambio de que donases sangre?

Fue con el impacto por los masajes rechazados que me encontré con la Muerte. La rescataban en ese instante del semáforo verde los que arrastraban la tarima, y en un instante la vi de frente como si se me viniera encima. Mi primer pensamiento fue que se trataba de un acto de conmemoración satírica de la famosa quema del cajón radical en ese mismo lugar en 1983, pero enseguida vi los carteles que lo aclaraban todo. Me quedé unos instantes azorado contemplando a la Muerte directo a los ojos de ceguera, y estoy seguro de que también me miraba a mí. Seguía sosteniendo el volante con los brazos extendidos a la altura del pecho, y lo movía levemente arriba y abajo como transitando una calle empedrada o un auto muy viejo. Simulación que era efecto de otra anterior: la Muerte fingía una agitación exagerada, con resoplidos de bisonte y se mostraba hiperquinética. Me fascinó que continuara la representación aún después de haber vuelto a la vereda y me dio la impresión de que sería agotador ese trabajo, haciendo a la muerte conduciendo el auto durante varias horas sin descanso, con los brazos extendidos sosteniendo un volante suelto y haciendo que maneja siempre que haya un infeliz que esté mirando (y en ese lugar es imposible que no haya siempre alguien mirando). Habrían contratado para eso a algún actor o actriz entusiasta que sabe que la acción no se interrumpe mientras uno esté en escena y haya espectadores, y entonces no se detenía ante nada ni ante nadie.


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