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La fiesta de los diez pé

5 06 2011 - 13:17

Ayer sábado fui a ver a una amiga que tocaba cumbia en Boedo. Hacía unos meses, en ese mismo lugar, me había probado un vestido de color pastel que simulaba ser muchos a la vez. Porque de acuerdo a cómo me pusiera las tiras podía lucirse con los hombros al descubierto o hasta usar de pollera. De esta manera, mi vestuario casi se podría reducir a una sola prenda. La gracia es que nadie se diera cuenta.

Mi amiga es saxofonista, fue al Nacional Buenos Aires, viajó por el mundo y tiene una banda con dieciocho músicos con la que no gana un peso. Para poder vivir de lo que a ella le gusta formó otra banda, esta vez de cumbia, para tocar en fiestas de quince y casamientos. Una estrategia de supervivencia como la mía, que todos los meses escribo para una revista de mujeres que viven adentro de un country.

El local queda en una esquina hermosa, donde Buenos Aires se vuelve un barrio para filmar una película con final feliz. En la pared del local, que en otra época pudo haber sido la de un almacén, desde hace unos meses hay una Cris gigante con una cara de enamorada muy pero muy bien lograda mirando a un Néstor al que no se le ve la nariz. Todas y todos soñamos con una foto en la que el amor demuestre ser suficiente para llevar a cabo una causa colectiva. Los dueños del local, además de vender vestidos, son percusionistas. De repente se hicieron kirchneristas y hoy le prestan el lugar a “La Cámpora” para hacer reuniones y generar su “resistencia cultural”.

Entramos por la puerta del costado. Allí estaba parado un chico con la cara desteñida por este invierno que comienza o por anemia. La entrada costaba diez pesos y te la cobraba una señora que decía “esta plata es para los músicos”. Hasta ahí bien, precio popular, buen acuerdo entre los artistas y los del local que se quedaban con la barra. Nadie regateaba, todos tenían su plata en la mano, sabíamos que la policía no iba a aparecer, éramos felices. Y se empezó a llenar. El único chico con remera de “La Cámpora” cumplía el rol de seguridad. Tenía el pelo peinado con gomina.

—Van a tener que esperar porque no se puede ni bailar.
—Ay, es que toca mi primo.
—No, bueno entro diez minutos, te pago igual.

Largó la banda con un hit que solía bailar en L´Inferno a los quince años. En esa época todas estábamos enamoradas de un grupo de chicos que bailaban haciendo el mismo pasito: dos veces para un lado, dos para el otro y giro de acuerdo a las agujas del reloj. Nosotras nos sumábamos a la ronda que armaban en el medio del boliche porque a) los queríamos conquistar b) estimo que nos parecía una hermosa manera de formar un todo.

El lugar estaba empapelado con afiches de Cris que sonreía y nos miraba fijo. Cris, este sábado todos bailamos para vos, te lo juro. También había banderines fucsias y naranjas con su cara y pelo de loba. Me sentía festejando un cumple dentro de un jardín de infantes. Ah, faltaban los globos. En cuanto a la banda, los covers que hacían no tenían ni magia ni locura. El frontman tenía anteojos de sol y se le empezaba a caer la baba. Al primer tema nostalgia, al segundo depresión. Me descompuse.

Salimos a tomar aire y nos sentamos en la puerta de una casa vecina. Mi amiga C., me dijo:

—Vos también te colgás de cualquier ilusión.

Varias cuestiones. Por un lado, los músicos no eran K, los que habíamos ido a bailar no necesariamente y cuando la chica de la barra me miró con cara de pena fue por haberle pedido agua sin gas y no por no pertenecer a ninguna agrupación política. ¿Esta tolerancia responde a que aprendimos a vivir entre diferentes, a que quieren reclutarnos en sus filas para expandir “el mensaje del modelo” o a que no tienen ganas de que una vez que en este país se factura, nada ni nadie les agüe la caja? En cuanto a mí, entrar a un lugar donde en cada fragmento que acapare mi mirada haya un pelo de Cris, me parece ridículo, me da gracia. Ahora, si hacer política es colgar carteles de colores y “entongarse” con la policía, mientras de fondo chilla una cumbia sufriente, la verdad, es que este simulacro, me da tanta pena que me provoca ganas de vomitar.


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El Bar