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4 12 2004 - 08:36

Como si no pasara nada, como si Ucrania no estuviera a punto de volar por el aire, segunda vuelta mediante —ni hablar de Bagdad, que no hace otra cosa que volar por el aire desde que terminó la guerra—, los Pecados de La Ciudad nos obligan a un update sobre el Affair Ferrari, o el Affair Bergoglio, o como termine llamándose cuando los ánimos se aplaquen y todo el mundo siga pensando lo que pensaba antes, que de eso se tratan estas turbulencias.

The main qualification of the lesser position of painting is that advances in art are certainly not always formal ones,” decía Donald Judd, con bastante razón, hace ya más de treinta años. Partiendo de esa base, no deja de ser curioso que la inequívoca función artística de hacer quilombo haya tardado en revelarse, en el caso de Ferrari, más o menos el mismo tiempo que tardó la frase de Judd en llegar a esta página. En realidad, es revelador.

Hace unos meses (me da fiaca buscarlo, así que quien lo haya dicho se salva del escarnio) alguien relativizaba la relevancia del Di Tella, creo que en respuesta a alguna declaración absurda de Nacha Guevara cuando estaba por asumir en el Fondo Nacional de las Artes. El opinador identificaba al Di Tella con cierto sesentismo démodée, lo cual no parece la mejor manera de atacar algo que existió, precisamente, en la década del sesenta, pero además implicaba evitar el eje de la cuestión: que entre entonces y ahora no-pasó-nada.

No estoy diciendo, claro, que no haya hoy artistas argentinos haciendo las cosas bien (Macchi, Rothschild, qué se yo, hay unos cuantos, y seguramente otros tantos que no conozco). Sí es evidente que se trata de casos más bien marginales más allá de su trascendencia pública — la sociedad discute sobre arte peor de lo que lo hacía entonces, lo cual en algún sentido es sorprendente y en otro no.

En un solo día, nos encontramos con que Monseñor Laguna “tiene sus dudas sobre si [la muestra de Ferrari] es arte”, el Secretario de Cultura de la Ciudad se ataja diciendo que “se trata sólo de obras de arte”, y Elisa Carrió arenga: “Que todo el mundo tenga claro que ni a Dios ni a Cristo les pasa nada por esas obras”. La comunidad musulmana, por su parte, expresa su “profundo malestar por el contenido” de la muestra de Ferrari.

A la mierda.

Separemos la paja de sí misma: por supuesto que Monseñor Laguna “tiene sus dudas”; llama la atención que tal reconocimiento de ignorancia pueda ser considerado noticia. Lo de López es genial: es como si los funcionarios de la Ciudad hubieran decidido ejercer su gestión con el inconciente en la mano, demostrando lo que son y lo que piensan de la manera más impúdica sin siquiera darse cuenta. “Es nada más que una obra de arte, flaco; no se supone que pueda afectarte de ninguna manera.” Carrió le da, por una vez, la razón al average taxista demostrando que está más loca que una cabra, aunque de una manera algo desagradable al decir que el gobierno de la Ciudad “tendría que haber tenido un poco más de cuidado”. Pero lo de la imperturbabilidad de Jesús se lleva las palmas. Carrió y López acuerdan: ni Dios ni los funcionarios (que son lo que importa) deberían estar perdiendo el tiempo con estas cosas que no se entienden. La comunidad musulmana, qué se yo. De ellos, por las dudas, uno no habla.

Se podría aventurar, con cierto criterio, que este tipo de escándalos son escenario propicio para que el vacío intelectual de sus participantes desfile de este modo desafiante. Pero no estaría de más preguntarse si el debate podría darse en otros términos considerando la historia reciente. A mí, por ejemplo, Paul Mc Carthy me resulta insoportable, pero ante panoramas como este no puedo menos que lamentar la ausencia de alguien como él en la escena del arte argentino reciente. Si el mes pasado hubiera habido, en Recoleta, un tipo pintándose con caca y metiéndose zanahorias en el orto (como Mc Carthy, digo), sería mucho más fácil llevar esta discusión hacia alguna otra parte. O más atrás, si hubiéramos tenido tipos como los futuristas, una tradición anticlerical más aceitada… (aunque no sé, porque a los futuristas los sucedió el fascismo, así que nada es garantía de nada).

Simply put, por ahora: muy brutos los funcionarios, no mucho mejor los medios, patética la oposición.

Mañana, más.


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