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La Política

22 06 2011 - 07:43

La política está compuesta por gente y edificios. La política es una conversación en privado pero también es la suma de varias conversaciones en privado subidas a un escenario. Las personas que se dedican a la política se llaman políticos y tienen la facultad y el permiso de organizar sistemas estéticos para el resto de sus vecinos y contemporáneos.

Un político dice que es más lindo un buen chalet con una familia adentro. Hay un padre fornido de hombros, con pelo grueso y lacio, que tome syrah cuando come un ojo de bife y ensalada de lechuga y que sepa de computación y de sociología como saberes secundarios. Hay una madre mona que usa un vestido negro con buen corte al bies con sandalias de taco alto que le den una forma femenina de buena pierna a cada pierna, el vestido lo usa para ir a una fiesta de casamiento o dos, más no, en ese caso se tiene que comprar otro vestido, podría ser uno más largo y de gasa floreada.

El político tira la primera piedra pero enseguida levanta la primera mano para que sus vecinos entiendan. Es necesario, aclara el político para precisar el campo de abarcación de la belleza femenina, que esta misma mujer pueda organizar un botiquín de auxilios primarios alopático, o mixto, que cubra el espectro de siniestros que pudiera urgirle a su familia para llevar en un bolso cuando salgan juntos, de viaje. Y, con eso, el político dijo casi todo. Sigue. Los hijos de la familia tienen que tener los cinco sentidos regulando en orden, y una vitalidad saltarina, cariñosa y obediente: deben representarles a los padres lo máximo en la vida, siempre. Uno de todos los hijos que tengan, sino todos, tiene que tener un coeficiente intelectual mínimo como para cifrar en él un futuro basado en el estudio académico. Con este ítem el político especula, en realidad, porque lo que hace es engarzar a su favor años de ideología de los vecinos y las consecuentes prácticas alienantes de arraigarse a un objetivo, pero igual es precioso que un chico se reciba y nadie se atreve a negarlo.

Es muy lindo si el padre y la madre tienen internalizado un código basado en el sarcasmo para criticarse el uno al otro por sus múltiples defectos sin ocasionar escándalos recurrentes, lo cual es muy feo. El político, en un pico de formulación estética, dice que, por ejemplo, ir adentro del auto y burlarse de los peatones ridículos venidos a menos por problemas psiquiátricos y sociales es una conducta que une mucho a las parejas. Es conmovedor, les propone luego, para convencer, el político, que quieran tener un auto, y que lo tengan y que quieran manejarlo los dos, independientemente el uno del otro, y la hermosa distinción, la que se impregna en la mente de los vecinos para siempre como comportamiento, como pedal del fastidio, está en poder conducir con criterio y, por lo tanto, indignarse por la gente que no maneja bien y causa accidentes entre autos. En síntesis: belleza es la coreografía de autos respetando semáforos sincronizados por toda la eternidad, sin bocinazos.

El político propone como máximo estremecimiento, y lo pinta como a un cuadro imaginario pero no por eso menos real, la linda pero linda paz. La paz es un parámetro opuesto a la guerra que consta de cielos azules y de sonrisas, de silencio primordial aunque haya alguna musiquita tintineante. La paz consta de un lugar en el que no se hacen colas ya sea por la justa distribución o por la injusta.

Esto es belleza, queridos, dice el político ésta es la gracia, en cualquier orden y en cualquier mezcla, que confirma el status de las cosas que queremos y que podremos. Es la trama de líneas y pausas y ondas sonoras y luces semiplenas que añoramos, cada una empujará a la otra, y cada movimiento se arma con paciencia, con la paciencia de un político. Y, de a poco, el gusto del político penetra en el buen gusto del vecino.

En otra fase, el político tiene que alzar su voz para dar a conocer de la manera más pregnante que puede su sistema estético, pero no lo dice brutalmente, porque no sería escuchado, utiliza los cánones que se caen de maduros, los que por otra parte el vecino quiere oír, porque el vecino, paradojalmente, alimenta su alma de belleza artificial, dogmática, el vecino adora los dogmas, lo ponen más gordito. Entonces, el político se pone a discursear sobre reducción icónica de pobreza, sobre freno a la inflación que se da a conocer, manutención de la democracia, sobre neutralización de la prensa como tal, sobre progreso aplicado a la obra pública como vía rápida de acceso al futuro, sobre desarme nuclear que es, y será, un deseo universal, y sobre el empleo: un motor para absolutamente todo. El vecino siente que algo de todo lo que dijo el político está bien, pero inductivamente capta el fin último, que no es más que una pregunta a sí mismo y que en el fondo no se quiere hacer y va y se la cede al político: ¿Puede ser hermosa mi vida? Por eso decimos que el político es un ser rastrero, que responde por los demás cuando nadie se lo pidió, el político le dice: “Sí, puede ser hermosa tu vida, sí y sólo sí…” y el resto son murmullos que no se escuchan pero reverberan y atontan.

De ahí en más, el político idea el entrecruzamiento de políticas, que son, nuevamente, interpretaciones estéticas pero pragmáticas de acciones que nos embellecerán la posible vida. Cuál es la plaza más linda para esa familia linda que en algún punto son los vecinos del político, sin los desengaños, ni las enfermedades, ni las fatalidades, ni el devenir de las adicciones o de los cataclismos. Así, el ejemplar de político cuando baja a tierra una plaza, opta entre sube y baja o trepador, entre arena y cemento, entre corral para perros o corral para ancianos. Y, con esto, no sólo hace obra sino que también nos enseña de su gusto por la madera o por la lata, que a futuro representará una docilidad en cada vecino para querer ver madera o lata en todo.

Esta modalidad de confección política, llena de conversaciones en privado, se expande hacia todas las variables de quehaceres de una sociedad para lograr que se repitan aceleradamente en una ciudad, en un país, la mayor cantidad de familias modelo y la mayor cantidad de lapsos y zonas de paz y, por supuesto, sus aceptables deformaciones, porque el político, que debe desarrollar como segunda virtud una extraordinaria capacidad de respuesta, elástica pero firme, mentirosa pero verosímil, puede y sabe brindar conciliaciones estéticas para las deformaciones, entonces hace lo que quieren los vecinos, los tranquiliza.

Aquellos vecinos que adhieren a esa utopía del edén, que le entregan la respuesta de la pregunta al político son los primeros que lo votan. Los segundos que lo votan son los que fueron cooptados a votar, porque sino, policíacamente, serán sancionados, entonces ya que están lo votan, como un chico que ante un manojo de globos elige ese que parece que está mejor inflado y que resplandece más. Y los que no lo votan, votan a otro porque el político no es el único, el político tiene competencia. Hay contrincantes que plantean otros sistemas estéticos, que no difieren mucho, la verdad, es siempre la misma familia pero con otra música de fondo, o con otra permisividad para la ausencia de revoque fino, o con otras laxitudes para las exigencias de la moda, o con ilusiones industriales por encima del disco giratorio agrícolo-ganadero, o con visa o sin visa. Bueno, depende mucho del clima y de las corrientes filosóficas, pero esto inclusive está por debajo del político y del vecino. Está ahí, moldeando la historia y punto.

I love you all, dice el político para hacerse público, y lejos de ser demagogia explícita es emoción contenida por resultados privadísimos. Comienza una carrera de reclutamiento y de conteos y una perspectiva personal que no imaginaba: la puesta en juego de un sistema criminal y expoliador que ¡oh! sorpresa, le incrementa el patrimonio como para gozar eternamente. Porque el político es el administrador de la belleza ideal, y para tal puesto tiene un cargo o una banca, que se los proporcionan los mismos vecinos, pero más que nada se lo alquilan otros políticos con los que conversó antes en privado y desde ahí va modificando el marco imaginario de los vecinos con pequeños beneficios y decorados, pero su éxito radica en tener un acceso laberíntico a una red de axiomas, irresistibles axiomas que lavan culpas y simplifican el trabajo.

La política atrapa al político y lo intoxica con las mismas armas del amor. La política le dice al oído: conseguime, conseguime, por favor. Y muy pronto el político, que es más crédulo de lo que aparenta, que es más voluptuoso que todos nosotros juntos, que es, porque si no, no sería político, insaciable for ever, empieza a caminar, como dice él, por todos lados y en muchos planos.

Un primer plano: el geográfico patrioteril, que es una conformación y trazado al azar de mojones en el mapa de la patria, de la provincia y de la ciudad, por los que hay que pasar. Esto hace bien porque viajar siempre hace bien, ver otra gente, imitar los acentos, ver el campo suculento o los adoquines mojados desde la ventanilla hace soñar hasta al más pesado, perder el tiempo, irse de la casa de uno, solapar la depresión, ampliar el volumen de la masa que es la patria, hacerse notar con simpatía, coger con putas de pueblo, siempre hace bien.

Un segundo plano: El argumental trágico Donde se transita el derrotero de alianzas, de favores y traiciones, de las venganzas y de las extorsiones. Este plano es el latido del político, el albur protagónico del crimen pasional que se redefine y se versiona una y otra vez, como una pieza teatral, y en el que se corre mucho peligro y por eso hace falta que salga bien, o mal, pero que salga porque esa es la usina de poder, y poder debe ser entendido con una única acepción si se habla de política: energía vital. El vecino no juega en esta parte, juegan los políticos , todos los políticos con carnet, a la noche.

El tercer plano es el del revisionismo histórico: esto al político le lleva horas sentado en la banqueta frente al tablero, debe medir la línea de tiempo, correrla para atrás, para adelante, segmentarla una y otra vez. Armar la cadena causal, creíble y maniquea. Acordarse de su infancia, de un tío que lo llevó a la cancha por primera vez, resaltar con amarillo fluorescente los bolsones de pobreza, justificarlos, o no. Tener cada día algo nuevo para decir en la televisión.

El próximo plano, el cuatro, es la pasión sensual: una confusión personal, una caída, un flechazo en el medio de la frente, un despacho como cama, una mujer prohibida, puede ser una intendenta o una concejala, una perdición, volver a fumar, volver a tomar, un dar todo por nada, pedir perdón y dar de nuevo. Si el político no tiene esto no tiene el sustrato para edificar la mentira. Ni el ejercicio de la mentira, ni la elasticidad para soportar el escarnio, ni el don del insomnio que es la destreza técnica básica para cualquier político: estar despierto.

El último plano: La gloria futbolística: casi todo político soñó con ser un crack pero no se le dio, por rotura de ligamentos, por procedencia de clase media, por morfón. Ese anhelo nunca se borra. Toda la secuencia de un domingo de sol, de la gente en las calles y las canciones de la hinchada. La probadita de la magnitud de ganar un domingo las elecciones y ser llevado en andas es el único sueño colectivo que hay, para el político.

En cambio los edificios son otra cosa. Los edificios de la política tienen una plaza enfrente y un bar o club social a dos cuadras, la plaza sólo sirve para dar una idea de espaciosidad parquizada, una instalación metonímica de civilización y naturaleza. Las municipalidades y las gobernaciones frente a sus plazas son las primeras propagandas de la paz.. Están así dispuestas para que el vecino se pueda sentar en un banco a contemplar al político, a qué hora llegó, qué se puso, si miró por la ventana, si tiró una colilla de cigarrillo por la ventana, a qué hora se fue, pero como el político no tiene ni un horario ni un día fijos y de todos modos el vecino tiene que trabajar nunca nadie se toma el tiempo de sentarse a controlar. El bar sirve para tomar un cortado, y para ver quién se está tomando un cortado. Un cortado, en política, es un café expreso con un chorrito de leche espumosa.

Los edificios son temáticos, hay uno de las finanzas, uno de las milicias, uno para el circo, uno para las cárceles y uno de espías que no figura en los mapas. Hay otro de acción social, ese está buenísimo. Con eso se logra la seguridad. Los edificios de la política se caracterizan por una arquitectura monumental, y no porque pretendan un homenaje a ningún superior como se cree, ni ningún tipo de amedrentación para el sometimiento mental, sino para que quepa, en sentido figurado, más vale, toda la voluntad que vecinos y políticos tienen, y sino tienen debieran tener, para embellecer el sinsentido general que se ve a lo lejos.

Los edificios alojan celosamente en sus sótanos a los aparatos. Los aparatos son los que hacen que funcione la política a pesar del político y del vecino, son míticos pero no por eso menos reales, y son complejos, pre industriales habiendo sido futuristas alguna vez, funcionan a batería a 200w. No hacen ruido, sólo una arranque de inicio, pero ya arrancaron hace tiempo. El aparato es siempre autoinmune, por eso desproporciona la reacción defensiva contra si mismo. Porque él mismo es el Estado. El aparato del Estado es el Estado y su lucha viciosa es contra su estado. Increíble. Si se necesita estabilidad el aparato produce perpetuidad, si se necesitan bajos precios el aparato genera billetes, si se requiere justicia el aparato propicia venganza, si se pide factura A el aparato da un sobre madera amarrado con bandita elástica, si se pide educación el aparato erupciona en caridad, si se grita por caridad el aparato da palizas, si se busca orden el aparato gestiona burocracia, si se pide inteligencia se solventa polícía, si se ruega por salud inventan campañas y conciertos, si se busca la reforma el aparato anuncia medidas, si se implora por alimentos se arrojan cañas de pescar pescado podrido y así en todo y más todavía. Pero cuando se pide, política, por favor, el aparato hace un movimiento, como una curva ondulando la atmósfera de la patria. Cuando se pide, gobierno, rápido, el aparato da un golpazo levantando en humareda rancia los viejos polvos de la nación.


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