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El Matrimonio

25 06 2011 - 16:17

Juego a Feliz domingo y en 60” me pido a mi mismo sin repetir y sin soplar “cosas en las que pienso instantáneamente al escuchar la palabra matrimonio”, los verbos solamente en su infinitivo. Por ejemplo… ¡Stanley Cavell!

¡Tiempo!

Sí, tiempo también. Pero “tiempo” no cuenta como respuesta porque es el Silvio Soldán que hay en mi el que pronuncia el término dando por terminados los 60”. Trece respuestas correctas, o no. El jurado, que también soy yo, at my most schizophrenic, no es cuanti sino cuali y me objeta la falta de la palabra “hijos” o al menos “niños” en las respuestas. Le busco la vuelta por algún lado, un subterfugio, un tongo, algo, y no aparece. Digo que tengo cuatro ahijados a los que adoro y que hay sobrinos que me llaman Totoro y no sólo por el tamaño, pero justo ahí, cagondios, me señalan que el quote de Kill Bill no ayuda mucho a sostener esa línea de argumentación. No se animan a decir “velo en terapia” pero ponen cara de “velo en terapia” y no gano la prenda. Si me permitieran volver a jugar a Happy Sunday To the Youth haría, sin dudarlo, dos cosas:

1. Agregar “niños”
2. Agregar El matrimonio, de Marina Mariasch, editorial Bajo la Luna, desde julio en su librería amiga

Lo primero porque lo voy a ver en terapia y la verdad saldrá a la luz (y también por profiling purposes, por qué no, todo el mundo hace cosas por eso y yo papando moscas), lo segundo porque me garantiza ganar la prenda. Es como jugar a “¿qué disco te llevarías a una isla desierta?” y responder “un iPod”. El matrimonio es todo lo que había que decir y nadie había dicho. O no así.

El libro se presentó el jueves a la noche en la librería de Palermo Eterna Cadencia. Estaba allí la familia de la autora, compuesta por hijos y padre y hermanas y amigas. Se proyectó un video sobre la vida doméstico-matrimonial, dirigido por Majo Moirón, deslumbrante y desolador, como si una cosa siempre llevara a otra y vuelta a empezar, que además, casi sin palabras, resulta un perfecto cover del libro: de las mejores adaptaciones que se hayan realizado jamás. Y hablaron sobre el libro Cecilia Pavón y Charly Gradín.

Benita Llach (6), hija de Marina y Santiago Llach, dijo después de la presentación:

ayer fue la presentacion de mi mama y charli dijo que el matrimoño es algo plantuno y cesilia dijo que cosas re lindas de mi mama

Mientras que León Llach (10), dio su opinión sobre la tapa:

las lineas de la tapa del libro representan los conflictos y desconflictos, los nudos y descenlaces del matrimonio.

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Después de la presentación fui a un bar y leí el libro, que es corto pero intenso, un ristretto científico-sentimental que no sé si debí leerme así, de un sorbo, justo una noche que estaba destemplada, garuante y, por supuesto, desértica. Todas las cosas sobre el matrimonio que no había pensado (de ahí la posibilidad de ganar la prenda) pero que en muchos casos había vivido, estaban en el libro e iban apareciendo sin apuro, como si el recuerdo fuese una escalera y no un TEG. Una escalera de Escher o de Hogwarts, de cualquier modo, porque recordaba hacia atrás, por supuesto, pero también hacia delante, hacia la tercera oportunidad, que puede o no ser la vencida. Además, Escher y Hogwarts vienen a cuento por el matrimonio como mundo fantástico o directamente mágico, aún cuando el libro empieza hablando de la ropa sucia. O quizás justamente por eso, por la ropa sucia: por el Candy y el suavizante y el tender es que la magia, de vez en cuando, hace su aparición.

La película Qué pasó ayer – Parte II o The Hangover II también postulaba el asunto en el extraordinario discurso de bodas de Stu: no es el amor el que salva a la gente de tener el diablo en el cuerpo; el amor nos empuja a eso, o mejor aun, nos tiene que empujar a eso. Quizás sea la única manera de no acumular quebrantos. O quizás los quebrantos vienen ya incorporados al mecanismo, como las pilas AA. El libro que se llama El matrimonio no lo aclara, o no lo hace a modo de posología. Lo que sí dice es que vivimos esa vida, la de padres y maridos y esposas, a la vez en el cielo y en la tierra (plantunamente = metáfora vegetal de la relación, un momentazo, página 20). “Dice el libro” significa exactamente eso: dice el libro. No la autora, ni un narrador, ni los protagonistas. La editorial pone en la tapa que se trata de una nouvelle, pero al mismo tiempo Mariasch aclara que quizás sea un ensayo sobre el matrimonio y sobre cada una de sus instancias, del microscopio al orzuelo; pero a mi me parece más bien un ristretto-biblia, un texto divinamente revelado desde un lugar pretérito, que tironea de nosotros, que nos empuja a la desesperanza pero nos rescata al instante.

Justo antes del libro de Marina había leído Cuando cae la noche, de Michael Cunningham, una comedia de re-matrimonio (¡conmigo no, Stanley Cavell!) que te la voglio dire. Ahí sí hay personajes: una pareja bo-bo neoyorquina ingresando a los 40, a cuyo espléndido piso cae el hermano de ella, un veinteañero que busca refugio familiar tras un episodio de drogadependencia y tarambanidad. Veinte es un bombonazo y se parece muchísimo a Bo-bo-ella cuando era jovencita, con lo que Bo-bo-él agarra y se enamora del chico, o, mejor, de la posibilidad concreta, carnal, de que el tiempo no pase, de que no haya siquiera que volver atrás para empezar de nuevo, para que las arrugas se borren, para que el presente deje de ser pasado y se transforme en futuro.


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Países Pequeños #01