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Harry Potter y los rogeles de la muerte

17 07 2011 - 10:51

¿Cuándo se terminan las cosas que se terminan? Porque no se terminan cuando se terminan, o puede que sí, pero muy rara vez. It Ain’t Over ‘Til It’s Over, letra de la canción: Lenny ‘Boludazo’ Kravitz. Quiero decir, en orden de importancia: cuándo se terminan para nosotros las vidas de los demás –las que en Wikipedia ya tienen fecha de finalización–, o nuestros matrimonios, nuestra infancia, Harry Potter, un estado particular de embriaguez (no alcohólica, no química –o no del todo–), la tableta esa de Lindt que era enorme, la espera, el kirchnerismo. ¿Y cuándo se termina el duelo por cada una de esas cosas? Estuve todo el año pensando en eso o viviendo a través de eso, y recién en la mañana de ayer, tomando un café en el Starbucks del Abasto, viendo a chicos y chicas moviéndose como remolinos, con las bufandas de Gryffindor al viento, me puse a armar una especie de timeline mental en el que partes de una cosa convivían, superpuestas, amasijadas, con partes de otras, como si un canal de tele emitiera sólo mashups de programas, dos, tres, cuatro al mismo tiempo, un hojaldre en el milagrosamente se entiende de cada capa cada detalle, se distingue cada matiz, pero que en conjunto no logra construir sentido alguno.

Lo había estado hablando con mm un día antes de ver Harry Potter y las Reliquias de la Muerte – Parte 2, y dos ejemplos que mencionó acerca del mashup y sus ciclos, aplicados al duelo, eran muy buenos, pero no puedo ser yo quien los ponga por escrito, será mm. Yo tengo los míos propios, que son más bobos o menos “trabajados” –en la terapia, en soledad, en compañía–, pero son los que hay, y entonces ayer, cuando en la pantalla del cine pasaba lo de Fred y lo de Tonks y lo de Lupin, y se escuchaban mocos y lloreras Dolby sonando en diversos lugares de la sala 5 de Hoyts Abasto, me puse a pensar cuántas cosas se superponían con mi propio timeline de Harry Potter, sensación que ésta mañana encontré acá resumida a la perfección:

valruderman Retwitteado por JuliaSzejnblum Primaria: 7 años. Secundaria: 5 años. Padres juntos: 8 años. Harry Potter: 12 años. Ganale a eso vida. GANALE.

Mi vida no tiene manera de ganarle a HP. Me pongo a pensar en las entradas y salidas importantes, en un prende & apaga que reíte del de TN, y HP estaba ahí, siempre, salvo en un caso, que no menciono porque es el que menos “trabajado” tengo de todos (y al parecer es el más dañino, como no podía ser de otro modo). Siempre un tomo o un estreno a mano, la lectura o la relectura, la revisión o la discusión. Pienso en las termas de Salto, Uruguay, leyendo el segundo, La cámara secreta, adentro de la pileta, al aire libre en pleno invierno, mientras señores y señores en bata blanca me miraban. O solito y sólo en el DF mexicano, escribiendo una nota para La Nación que al final no publicaron nunca, pero que me daba problemones porque no me daba cuenta de cómo había que escribir para La Nación, y entonces con un palo en el orto y pensando que cuando terminara iba a aflojar con un container de carnitas y litros de atole, ponía cosas como:

JK Rowling buscaba salir del lugar en el que estaba suspendida, y eso no hay fábula que lo reduzca ni dictamen que lo desmienta, porque la ambición y la esperanza estaban ya impresas en las primerísimas primeras páginas del primer libro, esas en las que la profesora Minerva McGonagall decía: “¡Será famoso… una leyenda… Escribirán libros sobre Harry Potter… Cada niño en el mundo conocerá su nombre!”

(Aprovechaba también para mencionar en la nota a T.H. White y la cantidad de libros vendidos, y la fortuna de la Rowling y el poder encerrado en el nacimiento del héroe como género. Lame! )

Me acuerdo también cubriendo para La Nación, varios años después, cuando ya trabajaba ahí pero tampoco sabía cómo escribir para el diario, la aparición del séptimo libro, que Cúspide traía importado para que saliera en simultáneo con allá, y el encuentro en la fila con la Julia retwitteadora de más arriba, a la que había dejado de ver cuando ella era una nena, y HP estaba ya en las vidas de ambos, y reencontraba como adolescente canchera y amorosa, haciendo la cola para comprar su ejemplar de los Deathly Hallows.

O una noche un bar de Palermo, diciendo que no haber sido ni arquitecto ni Harry Potter eran las dos mayores frustraciones de mi vida. Hehehehe se rieron varios pero alguien no, y ese alguien fue alguien durante mucho tiempo. Y aunque lo sigue siendo, el jueves miré a la butaca del costado y no estaba –perdón por el bolerazo, pero bueno, son deudas del corazón–, y Harry Potter en la pantalla reventaba Horrocruxes y marchaba hacia el final del camino.

La muerte de Cedric Diggory la recuerdo de la piel para adentro, porque no me doy cuenta ahora dónde la leí, en qué circunstancias –ni haciendo fuerza mental con toda la cara arrugada–, pero sí vuelve cada tanto el estremecimiento de la extraordinaria escena en el cementerio de Little Hangleton en la que HP se hizo grande pero JK Rowling también. Recuerdo finalmente la lectura en papel de Las Reliquias de la Muerte, del que había ido armando una versión en base a distintos foros de teens traductores, que lo habían puesto a disposición del respetable muchos meses antes de que el libro saliera aquí en castellano. Llorando a moco suelto en el sillón de mimbre de Mercedes, que no está más, o si está no me entero, por lo de Fred y lo de Tonks y lo de Lupin, y también porque (spoilers ahead!) a Albus Severus Potter le daba miedo que el sombrero seleccionador lo mandara a Slytherin.

Ok, repaso el asunto puntillosamente, una y otra vez. Reviso las partes que duelen y las maravillas. Magia y pérdida, como decía el músico de rock en su disco sobre la presencia y la ausencia. Justo ahí trato de cambiar de canal y no funciona el control remoto: sigue emitiendo líneas de timeline superpuestas, cada una de un color distinto, que combinadas no generan (repito: no generan) un color nuevo. Y entonces pienso que si Harry Potter logró ser en tantos sentidos “el niño que vivió”, el zapping ese que pretendo no va a funcionar jamás. Que las cosas no se dejan ir, y que tampoco se van; que conviven, que nos enloquecen, porque cada vez son más detalles los que percibimos de ellas, más matices abombantes de cada una de las capas del hojaldre, mientras quedamos más y más lejos de darnos cuenta cómo es el cuadro completo, qué altura tiene el rogel ese que se va formando con los restos de todo lo que no se va a terminar jamás.


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Países Pequeños #01