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Mi familia ABC1

27 07 2011 - 08:48

Ver mucho a tu familia es de pobre, vi que retuiteaban, y yo agarré mi libretita y escribí: “ver mucho a tu familia es de pobre” para pensarlo después, en la soledad de mi buhardilla, que no son frases con las que podés ponerte crítica y contrera porque sí, porque es lo primero que te sale, y menos todavía podés hacerlo en la gimnasia de una jornada laboral parecida a setecientas jornadas laborales más. Ahí te dejan pensar libremente pero te va mucho mejor si te dedicás a producir lo que te piden tus jefes, si la autonomía de las reflexiones o los disensos los dejás para otro día, ¿para los fines de semana, mejor? La relación de dependencia te obliga a depender y cuando rezongás un cacho fuerte viene el RRHH buenaonda a decirte que revises la actitud hostil, que no hay necesidad de hacerse la Robin Hood, la anti sistema, ese tipo de cosas.

Vuelvo a la frase que anoté porque justo abajo de ésa, en mi libretita, había otra que decía: Ahora Isabelita nos dice que no ahorremos en dólares, que apostemos al país, ¡justo ella! Elo, 20/7/11. Elo es Jorge, mi abuelo de 87 años, e Isabelita es Cristina Kirchner, un fallido en una cena que me pareció por lo menos registrable para la biografía familiar que siempre imagino podría escribir sin invertir mucho esfuerzo, hay una materia prima que se escribe sola, que no es lo mismo que decir que se lee sola, ahí te quiero ver.

Imaginemos por un rato que no peleamos con la justeza de la primera frase, hagamos de cuenta que es así, y sin pestañear sentenciemos: con la metodología para medir del Indec cuando era confiable soy la persona más pobre de la Argentina, soy tan pobre que me doy lástima, pobre de mí.  

No quiero ahondar en esta hipótesis porque es tema de terapia, y hablar en los términos en los que uno le hablaría a su psicólogo me parece un opio para cualquiera que no cobre por escuchar y por iluminar nuestros puntos de vista condicionados, con capas y capas de filtros de todos los colores. Sólo quiero contar una parte chiquita de esta familia omnipresente que me tiene tan empobrecida.

Mis abuelos paternos respiran ambos, y además de respirar, caminan, comen solos, leen La Nación, se quieren, discuten por pavadas, van a los cumpleaños, y si no van, llaman, es rarísimo que se olviden. Él todavía ejerce de abogado de 11 a 20 horas y escucha ópera con audífono y volumen a todo lo que da porque no oye un pomo. Ella mira novelas rosas, teje torcido, recibe visitas constantemente, te pide que la acompañes a una siestita, se duerme con un rosario de diez cuentas en la mano, y cuando está a punto de abrazarse a Orfeo, masculla cualquier cosa menos avemarías; se queja del ayilo, una palabra de las muchas que se le ocurrió inventar porque denuncia que no está todo inventado, que tener ayilo describe mejor el malestar que siente, y que con buena voluntad vamos a entender qué es. Según su médico, ni un milagro de la medicina es capaz de explicar cómo alguien con su grado de diabetes puede desobedecer una dieta de la forma escandalosa en que lo hace y sobrevivir para contarlo. Ella es el contrapunto espontáneo, fresco, la descontractura de un marido que usa bigote desde que tuvo edad para afeitárselo, prepara copetines con el alcohol de la estación, encarga sus trajes a medida, y se incomoda con el tuteo que no venga de su familia o de amigos muy cercanos, los poquitos que le quedan bordeando los 90.

Viven en un octavo piso con vista a las copas de árboles centenarios de la Plaza Vicente López, una plaza paquetísima y muy bonita. Se llevan unos meses de diferencia y tuvieron siete hijos, una de las cuales es monja, y otro murió a los tres días de nacer. Entre los cinco que dejaron descendencia, se armó una tribuna de treinta y ocho personas, lo que equivale a decir que tuvieron un promedio de 7,6 nietos por hijo que procreó. Nunca la tele en la habitación, saquémonos de encima el chiste común rápido, el chip católico en la cabeza, una educación con esos lineamientos rigurosa, dogmática, sin muchos matices, pero también sin incoherencias gruesas, de ésas que hacen ruido, de las que te hacen decir “acá está todo al revés”, o “¿ahora me salís con esto?”, o simplemente “¿¿eh??”. Creyeron en algo y lo llevaron a fondo. Lo llevan.

De los treinta y ocho, veintisiete tenemos edad para votar, y votamos muy distinto en las formas pero no tanto en los contenidos porque para bien y para mal la influencia de esta figura patriarcal, la de mi abuelo —que fue hijo único y cursó hasta quinto grado en su casa porque a su madre la aterrorizaba que pudiera contagiarse un virus y morirse, como le pasó a su otra hija— siguió vigente. A fuerza de labia explícita y otras formas más sutiles de impartir mandatos, de un carisma innato también, pero sobre todo de una consistencia abogadil imbatible, seguidora como perro de sulky, se encargó de que la transmisión de una generación a otra de ciertas líneas fuera prolija, elocuente, creíble. Para resumir, así fue como nuestros padres nos enseñaron a decir mamá y papá, y casi enseguida Jesús, bien, mal, pecado, no seas egoísta, compartí con tus hermanos.

Todo lo que vino después de eso no cabe en un post, más terapia, pero me gustaría en otra oportunidad desmitificar apenas los interminables prejuicios que existen con estas familias tipo, tipo la mía. Hacer el intento.

Desde hace veintiocho años que tenemos esta democracia imperfecta, que se consiguió a costa de vidas, que en muchos casos dejó la justicia entre paréntesis, que cometió (comete) errores que no se pagaron ni amagan con pagarse, y la enumeración acá puede ser larga pero la corto porque es la cantinela que escuchamos a diario en  boca de los Filmus, los Cabandié, los Abal Medina, del otro lado mi abuelo Elo, hasta que lo que sangra son los oídos de los que no vivimos la dictadura y no tenemos forma de enterarnos bien, con precisión, porque nos la cuentan confusa y mal siempre, ¡no renuevan un argumento!, y ya casi tiene el mismo efecto de lo que se oye pero no se escucha, como la música funcional en la sala de espera de los ginecólogos que te hacen aguantar el turno ahí dos horas.

Con esta democracia, las voces que vale la pena detenerse a escuchar, que necesitás escuchar para ser más feliz, para vislumbrar otros escenarios posibles, existen en cada vuelta de esquina pero son muy difíciles de distinguir, porque los que tienen poder para hablar fuerte y claro en el campo público son siempre los mismos, gritan, se las ingenian para no irse nunca, para escurrirse y reaparecer reciclados, y en el ámbito privado están afectiva e irremediablemente muy cerca, intentás poner distancia y evaluar mejor, pero cuesta.

La fe para estos casos es una droga maravillosa, y barata aparte, tenés que bucear adentro y encontrarle la vuelta para conservarla: con paciencia, sin fanatismos, con la mayor racionalidad posible tratándose de fe, con la confianza de que todo esto no termina acá, que hay revancha para todos. 


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