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Ronnie

3 08 2011 - 17:02

Viajar en avión me parece de ciencia ficción. Una máquina que simula la fisonomía de la naturaleza atraviesa la furia del océano sin siquiera sentirla. Pienso que morir debe ser como volar en una tarde gris: llegar al extremo de la potencia para después despegarse del suelo, ver todo en perspectiva, atravesar una nada blanca y lechosa, encontrarse finalmente con una luz enceguecedora y cálida hasta que después, poco a poco, todo se va volviendo negro. Arriba del avión el hombre se vuelve una micro-masa de energía que va de un lado a otro sobre líneas que atraviesan cuadrados verdes y marrones. Esto también es inexplicable. En el cielo, la piedad es del capitán. Poderoso y comprimido en la cabina, no piensa en exterminio, aunque bien pudiera, aunque eso le costara la propia vida. El tripulante de abordo es libertad y restricción, trabajar en el espacio que delimitan las caderas, sonreír ante la turbulencia, dormir atento como los perros, maquillarse.

Hace una semana dejé el país rumbo a Berlín. Los motivos de mi partida siguen sin ser muy claros para mí. Pero cuando pienso en ellos aparece la imagen del barco de Fitzcarraldo sobre una colina del Amazonas: absurdo, emocionante.

Mi compañero de aire nació en Noruega. Se llama Ronnie, tiene 43 años, mide más de un metro noventa, su bronceado es parejo, lleva una argollita de oro en la oreja izquierda y tiene tatuado un ideograma chino que le ocupa todo el antebrazo derecho. El ideograma quiere decir “amor incondicional”. Ronnie trabaja en un barco de su país extrayendo petróleo de la plataforma submarina para Petrobras. La legislación brasileña establece que por cada tres noruegos, debe haber dos trabajadores nacionales. Esa noche, Ronnie me cuenta historias y se convierte en mi pirata del espacio sideral.

El barco, dice Ronnie, demoró más de un mes en llegar a Brasil, las olas no fueron tan amenazantes como una pequeña embarcación que se les pegó en la popa sin anunciarse. Ronnie conoce los mares de todo el mundo. Cuando trabaja lo único que ve es agua. Así como en la ruta del avión no habría más vidas que las nuestras, cree que en el fondo del mar tampoco hay nada, está seguro de que no hay nada. El ruido de las máquinas que extraen el petróleo es más fuerte que el que hacen las turbinas mientras me habla. Dice que un compañero perdió una pierna y que la comida llega en helicóptero. Ronnie vive como si estuviera en guerra.

Sobre su corazón, Ronnie tiene otro tatuaje, el nombre de la mujer con la que se va a casar dos días después de su llegada, un día después de la masacre de Oslo, pero en ese momento no lo sabemos. Me pregunto qué sabor habrá tenido la torta y si se animó a cantar la canción que tenía preparada para la iglesia. Oh, dice Ronnie, aún le tiene que comprar un regalo de viaje a su futura esposa. Un chocolate en el freeshop supongo. No, un anillo de diamantes. Ella lo va a ir a recibir al aeropuerto en uno de los tres BMW descapotables que le regaló. El negro. Ronnie ama los autos.

Una vez que aterrizamos, pero antes de desabrocharnos el cinturón de seguridad, Ronnie me promete que cuando vaya a comprar su cuarto auto a Alemania, me va a ir a buscar a mi casa para llevarme a conocer las montañas de su país, donde —dice— están los bosques más hermosos del mundo.


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22
El Bar