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Brangelina, Masseralfano

23 08 2011 - 14:10

Uno llega del trabajo a casa, como quería el general, y después de comer necesita un bajativo. Entre las ventajas que la vida de provincia te proporciona está la siesta, pero los años y la decadencia del envase de vidrio frente al descartable nos han ido dejando sin lemoncello. A cambio nos quedan los programas de puterío, que no serán un licor reconstituyente, pero te proveen de chicle mental.

Yo termino de almorzar y clavo Intrusos. Antes ponía a Mirta Legrand, pero ahora que descubrieron que era el enemigo público número uno porque hacía preguntas de vieja de barrio y la empujaron hasta sacarla de la tele, no me queda otra que comprarle mi Bazooka a Rial. La fórmula es sencilla: no pasa nada y se lo comenta a los gritos. Y con ese runrun de fondo hasta tenés suerte y te dormís tus 30 minuto de rigor.

Nadie habla del tema —porque se lo subestima— pero la mejor siesta va de 15 a 30 minutos y no más. En ese lapso de tiempo se te resetea el sistema y, cuando te levantás, estás más liviano y con las luces a full. Si te pasás de media hora se te achancha el buffer y hasta eso de las seis de la tarde te bamboleás. Hay que agregar que a la siesta no la podés ejecutar a voluntad. No te podés decretar dormido. Hay que ir cayendo de a poco y casi siempre con ayuda exterior. Algunos leen hasta que la vista patina y se duermen con el libro en v invertida sobre el pecho; otros ponen música chill out y caen haciendo rafting en un mantra berreta, y por último estamos los que acudimos a la televisión.

Tengo que reconocer que los años también hacen lo suyo y yo he llegado a dormirme en Rambo, cuando empieza el tiroteo. Pero la experiencia enseña que hay que ser selectivo, porque la primera parte del sueño se te solapa con el mundo real. Me he dormido viendo el noticiero y he llegado a soñar con Rodríguez Saa. No es joda: así no sirve y el descanso se transforma en castigo. Tampoco tiene sentido tentarse con una película si lo mismo no la vas a terminar de ver. Como el deporte mucho no me interesa, los programas de puterío obran como mi medio alplax.

Comprenderán el humor con el que estoy escribiendo esto, ya que hace dos días que no puedo dormir. Si en la televisión argentina hubiera periodismo político, estas cosas no sucederían fuera de horario, pero ya ves. No hay, ¡no hay y me cagan la siesta! ¿Y por que no hay periodismo político justo ahora que volvió la militancia? Porque entre los acérrimos a favor del modelo de profundización inclusiva y los acérrimos en contra de la diktadura ká los dejan a Tenembaum y Zloto —cuando no a Rozín y Montenegro— demasiado preocupados por no caerse del centro como para que encima se pongan a preguntar eso que importa. Así que eso que importa se termina colando en el programa de Rial.

Y yo estoy acostumbrado a enroscarme en el apoliyo con las idas y vueltas de Peter Alfonso y Paula Chávez o con la Farro y el negrito Luengo, pero nunca con el negro Massera y la ex de Matías Alé.

Se me quedaron los ojos Simpson, te lo juro. Se me vino encima el año ’78, cuando nos arreaban a los del secundario al Comando Radioeléctrico para enseñarnos que los diferendos limítrofes con el expansionismo chileno era algo que nos tenía que preocupar. Se me cayó encima el gordo Porcel con la cabeza entalcada y un bigote a lo Aníbal, repitiendo semana tras semana los mismos chistes malos, con todo el rating del mundo en los canales estatales de la intervención militar.

No salimos más del túnel del tiempo y a mí se me acaban mis quince minutos de siesta. Así no da. Yo sé que el signo de época dice que hay que meter los naipes de truco y poker en el mismo mazo, que hay que mezclar la baraja mal y que si no pegás abajo del cinturón sos rematadamente gil. Pero bajen un cambio, chicos; bajen un cambio, que estamos tomando la curva en quinta. Antes de resolver los kilombos del Bailando apelando al Bulgari de oro que, según Jorge, Massera le habría regalado a la Alfano, yo diría de ir parando un poco. Si la peor historia argentina está midiendo el minuto a minuto en los intervalos del caño de Tinelli es hora de bajar la persiana, señores, nos trepemos a los botes y que el último apague la luz.

No hay escape: estamos como Kevin Costner en Sin Salida, corriendo como rata en laberinto mientras la cuenta regresiva arma la foto que lo va a deschavar. Ya no nos queda ni la siesta, no hay posibilidad de adormecerse en el inofensivo griterío de los gatos televisivos que dan cuenta, sí, de una degradación, pero que no le hacen daño a nadie. No hay forma de dejar el secundario atrás; en cualquier momento me aparece Videla con los pulgares en alto en el Monumental en un resúmen de Fox, o Galtieri en un comercial de Chivas Regal. Es el Día de la Marmota en el negro otoño del ’76. Todavía a veces la Argentina se obstina en ser eso: un loop de Rolo Puente con la brocha en la boca, mientras te levanta con cinta scotch los párpados para que no te duermas nunca más. Y de fondo los chicos cantan que Rolo no se murió, Rolo no se murió, Rolo vive en su pueblo, la puta madre que lo parió.


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