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Tomás es cristinista

24 08 2011 - 16:07

Cuando Cristina deje el gobierno el 10 de diciembre de 2015, mi hijo Tomás habrá pasado los primeros ocho años de su vida en modo kirchnerista on. Tomás nació el ultimo día de noviembre de 2007, y su primer acto de reinado primogénito fue suspenderme el recital al que tenía previsto ir desde hacía meses, mas bien desde hacía años, el regreso de The Police, que tocó en Buenos Aires el 1 de diciembre. Diez días después veíamos, Tomás desde su cuna y yo desde el egocentrismo mancillado por aquella primera lección de sacrificio paterno, el traspaso de mando de Néstor a su mujer. Si aceptamos — y acá aceptamos — la teoría de la influencia de la época política sobre el carácter de los individuos que la forjan o por lo menos que la presencian o que pasan por ella, evidenciada esa época en sus aspectos más tangibles, como puede ser el bienestar económico, la paz o no social y la mayor o menor presencia del Estado en aquellos espacios donde las personas pasan la mayor parte de su tiempo, como la escuela o los hospitales o las plazas o los cementerios, podemos decir que cuando Cristina deje el poder Tomás habrá sido afectado por la época cristinista, tanto como yo soy hijo del alfonsinismo a pesar de haber nacido en el setenta y seis, porque si bien el primer acercamiento conciente que tuve a eso que se llama poder y estado fue la guerra de Malvinas, la dimensión de mí mismo como ser social, que vive en una comunidad con individuos que interactúan entre sí y que esa comunidad se articula con otras y que muchas comunidades juntas y más o menos acompasadas hacen un país, coincidió biológicamente con Alfonsín. Lo único que recuerdo de la guerra es estar solo en la bañera color rosa de la casa de mi niñez, desnudo, cantando a los gritos una canción contra Margaret Thatcher que había aprendido en el colegio, una canción que durante muchos años repetí y ahora no logro recordar.

Las épocas —el poder, la industria cultural, el mercado— se filtran hasta el último rincón de vida para manifestarse ahí, o para controlarla, o para ambas. Cuando yo era muy chico, todavía en los setenta, año setenta y siete, por ahí, nos fuimos a vivir a Venado Tuerto, al sur de Santa Fe, escapando de la violencia de Buenos Aires. Fue un período breve, no llegó al año, del cual no recuerdo absolutamente nada salvo por las reconstrucciones familiares. Teníamos allá un gato al que habíamos llamado Arnaldo, en honor al psicólogo y médico Arnaldo Rascovsky, que por entonces se había transformado en un personaje popular —fue el primer médico mediático— que aconsejaba sobre crianza de los chicos. En casa suscribían las ideas del fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina —todavía hoy sobreviven en la biblioteca familiar sus libros — al punto que su nombre, elegido por mis hermanos mayores, llegó hasta la mascota de la casa. Tuve la oportunidad de contarle esta anécdota a su hijo Andrés, hace dos años, mientras lo entrevistaba para la revista Noticias y se rió fuerte y reconoció también que por entonces su padre era muy insistente. En la memoria de las personas, los recuerdos de la época y de la infancia se resumen en dos o tres imágenes. Una vez le pregunté a mi papá, hace muchos años, si él era peronista. Se lo pregunté precisamente porque él no es peronista, al menos en sus decisiones electorales, que, de las que yo recuerde, pasaron por el Frente Grande, luego Lilita Carrió, ahora Hermes Binner, al que conoce porque vive desde hace varios años en el norte de Santa Fe, cerca de su Santiago del Estero natal. Me respondió algo que me quedó como prueba de esto que estamos hablando: como no voy a ser peronista si las primeras zapatillas que tuve me las dio Evita. Infancia y época. El otro día viajaba en el subte con un compañero de trabajo, un muchacho año 83, fermentado en el alfonsinismo y macerado en lo mejor del menemismo. No recuerdo a cuento de qué apareció en nuestra conversación el recuerdo del Italpark, el parque de juegos que funcionaba en Retiro y lo quise apurar, chucear un poco, tratarlo de imberbe. Cómo puede ser, le dije, que no hayas conocido el Italpark. Me dijo: “Yo fui a Disney, papá”.

Es difícil establecer cómo afectaron los primeros cuatro años de Cristina en el carácter de Tomás. Puedo hacer un repaso de muchas anécdotas sobre sus habilidades, enredos e ingenuidades y transformar esto en una página de Viva, y puedo, también, darles a todas ellas una lectura que la acomode más o menos arbitrariamente al marco de época. Los primeros años de Tomás, como los de cualquier mocoso, están afectados por el vínculo directo con sus padres y los mayores que lo divierten, y en todo caso su relación con la época es indirecta, más ligado a la ecuación económica de las personas que lo rodean y que lo mantienen a la noche más o menos calentito, a la tarde con más o menos juguetes y al mediodía con más o menos hambre. Tenemos chicos, entre los que no está Tomás, que se beneficiaron estos años con la Asignación Universal por Hijo, tenemos a los nietos de Barone y también al hijo de Macri y Awada: haytantas épocas como fuentes de ingresos posibles. En este punto no le ha ido nada mal a Tomás. Pero desde ahora, que está por cumplir cuatro años, y hasta los ocho, Tomás ampliará, en boca de Michel Houellebecq, su campo de batalla, y la marca de época le llegará con mucho menos filtro paterno y afectará mucho más su visión del mundo, de sí mismo. Así como yo dejé de mirarme el ombligo y entré al mundo con el alfonsinismo, él hará lo suyo con Cristina. Tomás empieza ahora a mirar para arriba y en silencio, como se entra a una iglesia.

Sobre los próximos años cristinistas puedo suponer algunas cosas, como un gobierno más replegado sobre sí mismo y sus banderas, más conservador, menos rupturista, si tomamos como rupturismo la AUH o la ley de matrimonio igualitario, y en conflicto abierto con el peronismo que la quiera o que la pueda suceder en 2015. Cuánto de este clima puede afectar a un chico de seis, siete, ocho años es aún conjetural, aunque encuentro un rasgo influyente que ha trazado toda la época kirchnerista y que algún historiador o antropólogo deberá analizar con más desapego que yo, que estoy contagiado por el momento, y es la eliminación de la frontera entre lo que está bien de lo que está mal. Son ocho años de gobierno y se acumulan muchas de estas, pero como ejemplo podemos decir que está bien que un gobierno elija funcionarios leales en toda las áreas de la administración pública pero está mal que al frente de la SIGEN nombren la mujer de uno de ellos, está bien que el gobierno reivindique las políticas de derechos humanos pero está mal que sea socio político de un gobernador que reprime indígenas, está bien que quieran ganar una elección en el Senado pero está mal que lo hagan de la mano de Saadi y está bien que elija al máximo jurista de la Argentina sea miembro de su Corte Suprema pero está mal que lo defienda al conocerse que se ejercía la prostitución, con su conocimiento, en casi la mitad de sus propiedades. Son cuatro, hay cuatrocientas, todas discutibles y en ninguna de ellas en particular gastaríamos demasiado tiempo si no fuera que la suma de todas resulta en una soberbia discursiva que sólo le debería estar permitida a los quince tipos que cambiaron la humanidad. Ahora, un adulto convive con esa tensión bien-mal a diario acá y en cualquier parte del mundo y con cualquier tipo de gobierno, y si está más o menos plantado no le genera demasiado conflicto. Pero a un chico se le va la infancia aprendiendo a diferenciar el bien del mal y si su época está marcada por el pragmatismo operando por sobre las convicciones, el resultado puede ser —simplificando, porque no hay que dar más por la época que por la capacidad de superación de los individuos— una mirada más cínica de todo lo que los rodea.

Mi infancia alfonsinista fue menos cómoda que la de Tomás pero me abastecía —en aquel momento, luego uno con suerte madura y ve los dobleces en todos lados— una visión más simple del presente y menos angustiante del futuro. Los militares, Ubaldini y la Tatcher eran los malos, la Constitución, las cajas PAN y los comités eran los buenos. En el futuro no nos esperaban ni grandes tragedias ni un mundo de fantasía, se hablaba poco del futuro, o en todo caso me lo imaginaba como una siesta provinciana con autos voladores. Tranqui. Los cucos de la época eran los mismos que los malos y el que era malo era malo, no había menos malos, ni buenos que se transformaban en malos. Esta simplificación es la mirada que un chico de ocho años, yo, hacía del mundo que lo rodeaba. Las cosas fueron más crueles y más complejas, pero eso lo aprendí cuando debía aprenderlo: más adelante, después. Muy distinto es cuando veo que se involucra a chicos en el Paka Paka para todos, que no es otra cosa que la pelea de dos ex socios en el negocio de la guita y del poder. Hace unos meses llevé a Tomás a un cumpleaños de un compañerito de jardín y los animadores intentaban arengarlos para que griten Paka Paka para todos y los pibes los miraban como se miran a tres extraterrestres. Está bien exigirle a Cablevisión que sume una señal para la infancia producida en Argentina, pero está mal involucrar a los chicos en los asuntos de grandes. Días atrás leí algo de Eliseo Brener, que contaba que tiene unos amigos kirchneristas que prohiben a sus hijos ver cualquier señal de dibujos animados que no sea Paka Paka. La cara de esos chicos cuando vean las fotos de Cristina, dentro de unos años, paseando legítimamente con sus nietos en Disey va a ser también un registro de época, pero que nos va a llegar demasiado tarde. También es cierto que el esfuerzo que hacemos los padres para separar claros y oscuros es tan complejo como nuestras propias contradicciones y el único consuelo que nos queda es saber que así como podemos equivocarnos podemos también, luego, o mucho más luego o nunca, corregir. Cuando Tomás me acompañó a votar en la primera vuelta de las elecciones en Buenos Aires me preguntó qué nombre había elegido. Le dije que había elegido uno que se llamaba izquierda y me preguntó por qué no derecha. “Porque derecha es mala”, le respondí, una barbaridad, pero que tiene que ver con esto que me propongo, que su mundo tenga un piso sólido sobre el cual después puedan deconstruir el misterio y sus propio grises. “La derecha es mala porque no te deja pasar” sintetizó Tomás, sin ayuda, un rato después. Ya corregiremos esto también.

Aunque después todo se vuelva difícil y duro, prefiero que la influencia que la época logre sobre Tomás redunde en visión del mundo más a su alcance, hasta que aprenda, y es por esto que vengo rumiando, desde hace un tiempo, que prefiero para Tomás una infancia alfonsinista a una infancia cristinista, por los modos pero también por la justificación de los modos. Con las elecciones de octubre encima, supongo que es Binner, conjeturando otra vez, el que más se acerca a aquel recuerdo difuso que tengo de mi infancia, en la que aprendí a pensar, y que quiero para Tomás. Binner está más cerca de darnos una democracia alfonsinista que el propio Ricardo Alfonsín, quien paradójicamente, o no tanto, rompió con su propia tradición en la búsqueda de poder, lo cual no lo empequeñece frente a la figura de su padre, sino que lo agranda, porque los hijos no deben respetar el legado paterno sino desarmarlo, como hacen esos chicos que funden la empresa que les dejó el viejo, sin que por eso dejen de ser unos los hijos y los otros los padres. Hace unos días yo estaba preparando la cena y Tomás miraba Mickey Mouse en el living. De repente aparece en la cocina un poco corriendo, un poco llorisqueando, andá a saber qué vio o en qué pensó, y me pide upa. Lo alcé y le pregunté qué le pasaba. “Cuando yo sea grande, me dijo, quiero que sigas siendo mi papá”.


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