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AL.NVQ37: Notas sobre Plaza Miserere alias Once (11)

30 08 2011 - 18:00




Si te parás como saliendo de la Estación, el perímetro te lo dictan, en el sentido de las agujas del reloj, las calles Rivadavia a las doce, y luego Ecuador, Bartolomé Mitre y Pueyrredón.

Un cinturón automotor, grueso de servicio público colorido, ajusta un conglomerado de seres que no tienen, ni en sueños, o que en algún momento dejaron de tener, auto. Entre este grupo subdividirás dos conjuntos relevantes, humanos y palomas. Las palomas vuelan algo, los hombres caminan o toman colectivos, taxis, trenes, subterráneos, pero harás hincapié en que estos hombres no tienen auto propio, no les cabe esa posibilidad, más adelante explicaremos por qué, es una historia injusta pero cómica también.

Estratégicamente los burócratas del transporte desperdigaron por la zona cantidad de medios de locomoción de alquiler, todos se caracterizan por tener ruedas. Me encantan las ruedas. Para utilizarlos es cuestión de reconocer el sistema numérico, de identificar los colores, y contar con algún tipo de representación abstracta del espacio en la mente, tanto del espacio donde uno se encuentra aquí y ahora, como del espacio dónde se suele vivir, o realizar otras actividades, o creer que se encuentran otras personas interesantes para alguna cuestión. Luego, se trazan recorridos en el mapa mental para ir de plaza once a algún punto escogido, y se los aproxima a los trayectos de los medios de transporte, que han sido aprendidos de antemano. También se puede preguntar. Esto es por que hay que elegir a dónde ir, siempre.

Los túneles cavados sobre Pueyrredón y Rivadavia conducen a unos andenes subterráneos para esperar trenes que diseminan bajo tierra a pasajeros que se suben a ellos, que luego subirán otra vez a tierra por otros túneles escalonados según les quede cerca del lugar a donde se dirigen. Los de Plaza Once se caracterizan por el olor a orina humana. Es agrio el olor a orina humana.

Luego están las paradas de colectivos. Unos postes con carteles, a veces con techo y nada más. Por alguna razón se desestimó la posibilidad de poner asientos o gradas para esperar al colectivo. Los colectivos se nombran con un número que identifica la ruta que hace, sin variaciones, ida y vuelta cada vez. En los carteles figura ese número. Hay que pararse en el poste guardando la compostura y el lugar: siempre ser el último de la fila que espera el colectivo, a no ser que llegue alguno después. Se sube al coche respetando el orden de la fila y se comparte el viaje con otras personas desconocidas o no. Para no compartir se abordan los taxis, unos coches de menos plazas, color oro y carbón. Siempre es importante contar con algo de dinero, sino no hay opción de viajar. El tren que va por tierra puede abordarse entrando en la Estación, esa dónde te paraste imaginariamente en primer lugar, para ver la plaza.

Como el movimiento de humanos es continuo, para garantizar la productividad de la mano de obra, (acá las cosas no se hacen solas y tenemos el problema irresoluto del apetito por un lado y el de la avaricia por el otro, al margen del software propietario, el patriarcado y la occidentalización que te explicaré luego, si es que me visitas otras veces). Prosigo, es tal el movimiento continuo de personas, que empiezan a surgir las necesidades una a una, o todas a la vez, a cuál peor, y a estas se les ha dado solución, precariamente, dentro del perímetro, pero son buenas soluciones, digamos la verdad. “El mano de obra”, como llamaremos de ahora en más al sujeto-actor de Plaza Once, por lo menos dos veces al día, todos los santos días, necesita ingerir sólidos y líquidos para seguir vivo. Es posible que ese ímpetu interno lo asalte justo cuando recorre la zona, pues estar fuera del propio hogar muchas veces acarrea el inconveniente de proveerse alimentos al paso, en cocinas y comedores abiertos para tal fin. Para esto, en la plaza, se han montado carromatos o muebles atendidos por hombres o mujeres con impedimentos físicos, o mentales en su defecto (perdón: en su defecto es una manera de decir). Esta organización sirve como fachada paliativa de injusticias, ya verás que esto se repite una y otra vez en otros órdenes. En estos puestos, que llamaremos “quioscos” ofrecen comidas y bebida artificiales. Pensemos por un minuto que no se trata de cocinillas sino de kioscos que mercadean productos terminados, más o menos calientes, más o menos refrigerados, más o menos micotizados, más o menos salados. Otra vez deberá disponer de alguna cantidad de dinero, puede ser de lo que sobrase del viaje, para que le entreguen los alimentos que desea comer. La ley de la oferta y la demanda determinará que el mano de obra escoja algo en esos kioskos y no en un restaurant, pues partimos del preconcepto, saludable para tu comprensión, de que si se está ahí, en Plaza Once, no se posee suficiente dinero para sentarse cómodamente en un lugar donde sirvan comida humeante y den cubiertos de metal para llevarla a la boca.




Otras de las necesidades del transeúnte son aquellas que tienen que ver con el apaciguamiento del cansancio, el sentirse extraviado con horas muertas entre viaje y viaje o la pavura a la claustrofobia que le espera en su vivienda diminuta. Los burócratas del esparcimiento resolvieron magníficamente el problema plantando árboles añejos inmensos que permiten recrear, al nivel de la corteza cerebral, la idea de la naturaleza asociada a la libertad. Tendrías que ver cómo funciona; también instalaron unos bloques de concreto, no más altos que una pantorrilla humana para poder sentarse y no tener que retozar en el piso, ya que propendería a actividades que tienden al descontrol y a la impudicia. Por último, construyeron unos aparatos gimnásticos a escala infantil que recrean sensaciones vertiginosas, son de uso exclusivo para los hijos del mano de obra, en caso de que algún día paseen por ahí.

Solapadamente, ya que esto no se dice a viva voz, el viajante desea. El mano de obra ocupa mucho, muchísimo tiempo en conseguir el dinero que le está predestinado; es que el dinero siempre está en otro lado y lo tiene otro, lo que lo lleva a sublimar sus instintos sexuales. Para esto la fachada represiva se inscribió en variables como el amor, el matrimonio monogámico, la decencia, el orgasmo bien conseguido, el embarazo, la perversión, el fútbol y la TV; variables exitosas que logran que el mano de obra no piense en el coito o en chuparle los dedos a la mujer de adelante, por dar un ejemplo. Pero sin embargo esa locura se cuela, ¡son muchas horas! El transeúnte se percibe a sí mismo voluptuoso e incómodo, urgido en un cosquilleo genital y en una maraña de fantasías intermitentes donde intercala pieles, líquidos, bombeos, bocas abiertas, y un accionar penetrador aunque contemplativo, efectuado por él mismo, o por otro, qué va. La inquietud física retroalimenta la inquietud fantasiosa como auténtico círculo vicioso que es, y se ameseta con las distracciones concretas del mano de obra: bocinazos, empujones. Casi por generación espontánea, (porque todavía no podemos comprobar que los burócratas del sexo existan en otra parte más que en la iglesia) surge la intervención acertada y grandiosa de las mujeres prostitutas ¿Qué es lo que hacen? Fornican, con el que se los pide si es que éste está dispuesto a darle dinero, un poco de dinero, no olvidemos que estamos en Plaza Once. Con un lenguaje de revoleos de ojos, miradas hondas y sonrisas pícaras se estipula precio, lugar y contorsión, luego salen de la plaza porque no se dispone en ella de lugares para copular. Son mujeres que están ahí sin ir ni venir, no llevan equipaje ni bártulo alguno, de piel negra, con trencillas hasta la cintura, con ropa ceñida en muslos y glúteos, el pensamiento en otra parte y el tedio en la vagina, sobre la vereda que bordea Rivadavia. Sabrás que a las mujeres les está vedado valerse de hombres para cumplimentar tales ansias, por más que estén dispuestas a pagar. Es que acá ser hombre y ser mujer implica una diferencia cualitativa en la apariencia y en el proceder.

Una vez satisfechas estas necesidades de alimentación, esparcimiento y lujuria surge, a la corta o la larga, abiertamente o no, la necesidad de hinchar el espíritu, de adobarlo. Parece mentira pero en la plaza, tal vez, el mano de obra, encuentre a un “dios” para empezar a jerarquizar algún sistema de creencias mínimo. Para contar con algo, en otras palabras. Los predicadores, megáfono en mano, serán el pastor del mano de obra, monologando la única salida, un remedio ancestral contra la resaca de la vida, que cuanto más pecador fuiste, como dicen ellos, más te cuadrarán sus brazos abiertos.

El monumento central es una perfecta plataforma de aterrizaje para platos voladores de porte mediano. Piénsenlo.


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