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AL.FVD2R01: La Tristeza

6 09 2011 - 15:32



La tristeza es el autorretrato de una vaca. Mentira. La tristeza es un hombre caminando hacia mí con cara de verdugo. La tristeza es ese mismo hombre sentado con una computadora inalámbrica sobre las rodillas clickeando “olvidé mi clave”. Hoy es sábado a la noche y un amigo está en cana. Mentira, si no hay policía en la ciudad para arrestar amigos: está afectada al delito, a un par de allanamientos programados, al adicional en el lobby de mi edificio, y ni siquiera tengo amigos porque siempre estoy de viaje.

La tristeza la desencadena el hacinamiento de las circunstancias negativas que expele la entropía en el corazón de una persona. La entropía es el desorden producto de poner orden. El corazón de una persona es un órgano vital, interno en el mejor de los sentidos, bombeador de sangre, rojo y carnoso, percusivo, pero también es el reducto de la pena y del amor y los cincuenta matices que comprenden el arco entre los dos. Una persona es cualquiera que se me parezca.

Cuando uno está triste, come lo que encuentra, y cuando alguien come sólo lo que encuentra se pone triste. Y también se desenreda el pelo sin mirarse al espejo, se peina mirando por la ventana, después piensa dónde está colgado el pantalón negro de corderoy, y después escoge alguna de las plantas del balcón con la mirada, la que está peor, la más pelada y la más flaca, las más quieta, y la utiliza como pantalla de proyección de la propia imagen de uno, y enlaza los destinos de la planta con los del amor propio para decir que “la planta se está muriendo igual que yo.” Lo mismo se puede hacer con el mal clima que presenta el cielo si justo ese día está cubierto de nubes. Después uno con las manos se tapa la boca, un rato.

La tristeza es la percepción de la falta de detalles que tienen el cosmos, los padres, el sexo opuesto y uno mismo. Es haber sido negado una y mil veces. La tristeza es autocompasiva por excelencia por eso nos gusta tanto porque es ecológica, como un fracaso que se toma a risa. La autocompasión es tener lástima de uno mismo, merecidamente obvio, porque uno es lo suficientemente pobre, malquerido y errante como para dar pena, de lo contrario, si uno no es esas tres cosas, provocarse compasión sería especular para obtener beneficios impuros.

La tristeza es alargar las distancias de las rendiciones. Es un murmullo de arrepentimiento a oscuras y terriblemente genuino. Es el egoísmo de los otros. O tener el mismo trabajo toda la vida, y desvalijar los meticulosos altares del amor y ni siquiera pedir venganza. Es llorar en el baño. La tristeza es correr en fórmula uno y ver cómo el maclaren explota adelante nuestro, en un segundo, y escandalizarse apenas por el aburrimiento con que lo miran nuestros ojos.

La tristeza es donar sangre en el hospital Rivadavia y subir a tomar el desayuno que te dan para que no te baje la presión y que te den un pan con un mate cocido con azúcar y sentir que estás estafando a alguien, por tu ropa, tu calzado y el yogur descremado con cereales que tenés en la cartera. La tristeza es reconocerse un idiota mordiendo un mendrugo. La tristeza es una viejita que te habla en el colectivo acerca del hijo que nunca tuvo. La tristeza es un gato vejado por un trío de adolescentes. La tristeza es ser médico y desahuciar por primera vez, en honor a la verdad y con el catecismo del juramento hipocrático en modo fail.

La tristeza es la parte de América de Kafka en que el personaje de la chica del hotel, Therese, le cuenta a Karl por qué murió su madre. Ella era una nena de cinco años y era la única hija de su madre, y su madre era el único pariente que ella poseía, y eran tan pobres que solamente tenían un hatillo con ropitas inservibles como todo simbolismo, y el clima no ayudaba porque más allá de ser el invierno neoyorquino, esa noche, había tormenta. La situación era desesperante: las dos por las calles, la madre alienada como una rata que huye, ya ni siquiera puede darle la mano a la niña, Kafka dice que se la suelta porque se le entumece por congelamiento, pero uno empieza a pensar que a esa mujer la mueve una sombra de instinto de supervivencia que le gana a la gran sombra del instinto maternal, y que es Therese, que por ser chica opera con mucho menos decepción y rencor, quién sabe que no puede separarse de su madre y para no quedarse sola en una esquina nevada sigue arrastrada por las calles agarrándose con determinación de la pollera de su madre, tocan puertas toda la noche, toda la noche, Kafka satura la idea hasta lo inconcebible, o al menos así me pareció, con tanta mala suerte que nadie les abre, nunca; uno se ilusiona con que así suceda, aunque sea por obra de una ruptura narrativa, pero eso nunca pasa, y se te parte el corazón, porque pensás que de verdad a alguien, con una chiquita colgando de la falda inclusive, alguna vez no le abrieron una puerta mientras afuera hacía frío. Después pasan por una obra en construcción donde había un cartel ofreciendo trabajo, un capataz le promete novedades para el día siguiente y en algún momento la madre besuquea a Thérese, como despidiéndose, pero Therese, una nena arisca o vencida por el fastidio que produce el sueño en los chicos, la aparta, y Kafka se da el lujo de reprocharle a la niña que más allá de su poca edad, cualquiera hubiera notado que aquella mujer estaba dando un beso final. A la mañana van a la obra, la madre la deja a Therese enfrente, o por ahí, ni le habla, ni le explica, y Therese cuenta que la ve poniéndose un pañuelo en la cabeza (la viva imagen de una obrera neoyorquina en el auge industrial de principios del siglo veinte), la ve entrar y subir por el esqueleto de la estructura y caminar como si nada por las vigas y ascender y atravesar un montón de ladrillos y arrojarse al vacío, como suicidándose. Tremendo.




Igual más triste que eso, para mí, es cuando murió mi propia mamá. Yo tenía 13 años y era estúpida. Ella tenía 37, como yo ahora, lo que es, por experiencia lo digo, muy poco. Ella agonizaba en el sanatorio de Osplad, la obra social de los docentes, estaba de últimas, realmente muy mal, y no era un cuadro para dos chicas, pero de todos modos, por un derecho que le otorgaban a ella de volver a ver a sus hijas, a veces nos llevaban. Pero un jueves hubo apuro porque vayamos a visitarla y nos pusieron en un taxi de urgencia. En el hall del sanatorio nos atajaron sus amigas íntimas, y con la verdad y unos abrazos apretujados nos prepararon para lo que nos esperaba arriba: estaba muy grave y no podía hablar ni ver pero escuchaba, que entráramos y le dijéramos que se iba a poner bien y que le contáramos cómo andábamos en el colegio. Subimos a una habitación común, semiespectral, cruda en el silencio, en una esquina una silla y mi tía, que dijo con una sonrisa: ¡Cristina, vinieron las nenas! Cristina estaba plana en la cama horizontal, inmóvil, sin fuerzas para abrir los ojos, o cerrarlos, hinchada y con los brazos llenos de moretones por los pinchazos. Mi hermana y yo nos asomamos a nuestra madre enferma tomándonos de las barandas de la cama para estar todas juntas. Dentro de la impresión que causaba el aspecto, una aprendía instantáneamente a consolarse y a controlarse buscándole el parecido con su recuerdo, adivinando los desastres de la transformación física, el resultado de su cuerpo, total ella no nos veía. Y después hice algo que creo que estuvo bien: le mentí como me habían aconsejado sus amigas, le dije: Mamá, te vas a poner bien, y la codeé a mi hermana para que se pronunciara en tal sentido, pero no dijo nada pobrecita, no sabía disimular el espanto como ya sabía yo. Mi tía en cambio se sumó a la farsa y convalidó mi ridícula profecía. Entonces vi como mi mamá movió las comisuras de los labios. Todavía pienso que debe haber hecho un gran esfuerzo y que por suerte yo lo noté. A la improbable sonrisa le di un cariz de milagro, por culpa de la esperanza que siempre es la reacción más fácil. Pero ya aclaré que yo era estúpida. Después nos sacaron porque ella tenía que descansar. Todo era mucho para su condición. Fue la última vez que la vimos y murió al martes siguiente. Mentira.

No, verdad. Tremendo.


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