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AL.FEL0012: La Ruta

24 09 2011 - 08:38



La ruta es una pista. La ruta es la señal que me da el piso para pensar afuera mío, para pensar la huída imposible. Cuando una ruta es buena hay menos accidentes, menos muertes, menos abuelos, menos abortos. Cuando una ruta es mala hay vacas muertas y atravesadas, curvas borrascosas, y errores de señalización: engaños. La ruta es para unir los pueblos, las casas de los pueblos, las personas de las casas, la leche de las personas y la maldad de las leches. La ruta es el dibujo de la red de distribución y de la red de expulsión, la ruta es mi fantasía.

Prehistoria. Hay que caminar dijo alguien, hay que ir para allá, para donde salió el bambi rojizo aquel, acompañame. Te acompaño, dijo otro, te acompaño a donde sea, caminá adelante, vos, que tenés mejor vista. Vos, que sos hombre. Y así caminaron uno atrás del otro siguiendo las huellitas puntiagudas del bambi que se querían comer, y cada pisada humana sobre cada huella animal sobre cada pasto vegetal o grama o arena, fueron formando la ruta. La ruta del Bambi. La ruta del Bambi no los llevó al bambi, por supuesto, porque una de las máximas de las rutas es que por definición te llevan a otra parte, y esa otra parte siempre se corre a otra parte dejando al descubierto un lugar más flaco, extraño y novedoso, como cuando un hombre retrocede y te deja sola. Apenas pudieron, estos dos, ver al bambi reflejando su electricidad de venado entre los pinachos. Se maravillaron y siguieron adelante sin saber que creaban una gran ruta atrás, llegaron a un lago arcilloso y se tiraron a nadar para aflojar los músculos acalambrados, y después por broma empezaron a salpicarse los ojos, por fastidiarse, hasta terminar a las piñas. Entonces entendieron, anotaron, que la ruta del Bambi los llevaría al punto donde las cosas se transforman en barro y sangre y decidieron volver al lugar de partida, porque los lugares de partida son los lugares de menor proporción de dolor gracias a la disposición festiva de la ignorancia. Así que buscaron el regreso, se dieron vuelta y a los pies tuvieron la ruta del regreso, inaugurada por ellos, a la ida.

Historia moderna. Y pasó muchas veces que si había un llamado telefónico o alegórico, un llamado alegórico es ese instante en que uno desea ser otro, alguien quería salir disparado y preguntaba por la ruta y a medida que los llamados venían de más lejos los cartógrafos, un cartógrafo es una buena persona que reduce a un gráfico esquemático y con referencias preestablecidas un páramo o una ciudad, y se envalentonaban y se aventuraban a aconsejarles a los ingenieros la dirección y la topografía. Les decían: al norte hay una mujer banal y extranjera llamando a un hombre que no escucha, parece que lo necesita. Ese hombre va a querer ir tarde o temprano, cuando aprenda a escuchar, a oler, cuando tenga terror o esté aburrido, cuando tenga que decirle por qué vivió la vida. Hay que darle una pista de asfalto para que no se pierda, para que le den ganas de avanzar, para que no se le arruine el auto con las piedras y con las zanjas naturales que provoca la lluvia. Hay que enseñarle que las distancias se acortan con el tiempo y que el tiempo se acorta cuando se lo ve pasar desde una ventanilla en forma de paisaje aspirado por el pasado. Hay que facilitarle la ruta, para la velocidad que toda persona tiene como derecho opcional. El derecho a ser veloz aunque sea artificialmente para llegar más lejos y más rápido que a pie y a brújula, como hicimos nosotros (por los cartógrafos). Entonces los ingenieros contrataban las tercerizadas de obreros y asfalto que les licitaba el Estado y que luego pagaba con tierras provinciales creando así futuros terratenientes de la soja. Los obreros acampaban meses, años, pavimentando por kilómetros una cinta caprichosa y dubitativa, un amor porfiado. Cuando llegaban a la entrada del pueblo de la mujer banal y extranjera, los ingenieros ingeniaban una circunvalación como para firmar la obra pero también para significar el mito del eterno retorno burdamente porque la gente del pueblo extranjero era banal también (era un pueblo banal) y rudimentaria, y ahora que tenían ruta para salir no iban a animarse a hacerlo si no les delimitaban la vuelta en u que permitiera arrepentirse. Los trataban como a chicos. Y luego venía el presidente a inaugurar la ruta, porque la ruta a los presidentes les representaba de la boca para afuera la demagogia del comercio interno, la habilitación del peaje como metáfora de la coima, la instauración de la caminera como fuente de trabajo contralor, pero por dentro bien sabían que les facilitaba la campaña: una nueva forma de llegar a un nuevo lugar para hacer un acto, un nuevo peligro, entonces los presidentes iban y un cura también iba para enjuagarla con agua bendita como oponiéndose a la muerte por choques que estaba por venir y todos temían. Y la ruta de tal a cual ya estaba hecha, ahora cualquiera que tuviera un llamado a salir podía hacerlo, pero sobretodo daba a luz el deseo de hacerlo sin llamado previo, la ruta en sí era el llamado. La ruta es un llamado. Den por descontado que el hombre nunca acudía al llamado de la mujer porque para un hombre una mujer es lo de menos.




Luego vinieron en orden prolijo: la ruta del fuego, la ruta del oro, la ruta de las armas y la ruta dos. Porque a cada ruta que nacía se le trazaba un beneficio y una estación de servicio y una parrilla mítica y un puesto de sandías y una línea amarilla en el medio. Una ruta es un alivio en movimiento. Una ruta está compuesta por una curva de la muerte, mojones por kilómetro, paisaje deslizante y horizontal a los lados, y perspectiva con espejismos de charcos móviles inalcanzables en el punto de fuga. Una ruta está compuesta por el asfalto entre dos banquinas y por carteles que hablan de distancias y de prohibiciones como la conciencia. Está formada por la rueda de amaneceres y atardeceres y los segmentos de negritud donde se encienden las luces largas. Una ruta en la noche es un viaje espacial por tierra, es un juego de luces de a par que te hipnotizan de frente y de atrás. Es el cálculo y el riesgo de pasar al camión acelerando, acelerando, un camión largo con hacienda con gasoil con tuberías apiladas con esclavos invisibles con rencor. Es la calma de retomar y pasar, pasar y retomar.

Cuando se sale a la ruta se llevan paquetes con sandwichs para el primer tramo, latas con bebida y bombones de licor, lentes negros, pañuelos de papel, mapas del automóvil club enfundados, bolsos con ropa y apuntes, rueda de auxilio, matafuegos, las pastillas y un encendedor. Se lleva la música como pose, por la ingenuidad de pensar el viaje como pose rutera, y se lleva la música de verdad, la tuya. La cédula verde y tu cédula azul.



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