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Piratas 2: los límites de la patria

27 09 2011 - 02:19

Cuando uno es chico el mundo termina detrás de la casa de la abuela, o como mucho de los tíos que viven en Monte Grande. Un domingo a la tarde estábamos mi papá y yo mirando una película yankee con muchos efectos especiales:

–¡Qué geniales somos los argentinos, mirá lo que podemos crear!

Ahí me enteré de que el mundo no sólo no era argentino sino que todo lo que me impresionaba, en general, venía de otro lado. Eran los noventa. La próxima revelación fue salir de Villa Gesell.

–¿Pero mami, qué hay después de Villa Gesell?
–Nada.

Su respuesta retumbó contra el techo del auto y la ruta se hizo una con el cielo negro lleno de estrellas. El espacio cobró dimensiones filosóficas. Después, me fui volviendo pragmática y las distancias se midieron de acuerdo a la relación que tuvieran con Callao y Corrientes, el centro geográfico de mis emociones: el colegio cerca; la casa de mi papá cerca; la mía, lejos; la de mi mamá recontra lejos. Hasta que me fui a vivir tan, pero tan lejos, que medir se volvió inútil.

En Berlín, el “método patria” consistió en hacer los mismos recorridos para llegar a determinados lugares, por ejemplo: a la biblioteca voy por Hasenheide, a Prenzlauerberg, si es de día, por el canal, si es de noche, por Skalitzer. Así, poco a poco, construyendo mi propia historia, me fui apropiando de la ciudad y llegar al barrio fue como volver a casa.

El domingo 18 de septiembre fueron las elecciones de la ciudad y voté a los representantes de la comuna donde vivo, Kreuzberg 2.

–Buenas tardes señor Polizist, ¿por qué está cortando la calle?
–Porque hay una manifestación.
–¿Contra qué?
–¿Contra qué? Contra todo.

A las tres de la tarde cien jóvenes vestidos de negro marchaban a grito de guerra por Kottbuser Damm, la avenida comercial del barrio, rodeada de bazares, casas de ropa, zapaterías y mercados de la comunidad turca. La mayoría de los turcos no vota porque para hacerlo tienen que renunciar a su pasaporte original. En Alemania no existe la doble ciudadanía. Los encapuchados sostenían una pancarta del ancho de la calle que decía algo como que la política se hace entre todos, todos los días, ocupemos las casas porque los alquileres están desproporcionadamente altos. Delante de ellos avanzaba una hilera de veinte combis con policías que manejaban fumando con el codo afuera de la ventanilla y el uniforme arremangado.

Volvieron a ganar por tercera vez consecutiva los socialdemócratas (SPD) con Klaus Wowereit, alias Wowi, —pronúnciese la “W”, fricativa, labiodental, sorda y venenosa— a la cabeza. En una ciudad con otro idioma, en el mejor de los casos uno es como un niño, en el peor, un discapacitado. Un discapacitado entendido como “Behindert”, no aquel que carece de capacidad, sino aquel que está obstaculizado. Uno tiene la tendencia a entender, siempre, entonces cuando no entendés empezás a unir la información que supusiste haber entendido y te inventás una realidad muy personal, monstruosa. Nada grave. Lo triste es cuando empezás a entender lo que dicen los demás y preferís no haberlo hecho. La primera vez que leí “Wowereit” en un diario pensé que era un conector, un conector que implicaba consecuencia en relación con algún lugar lejano, algo de lo que ni siquiera me podía hacer la idea en castellano.

Tendrían que haberlo visto a Wowi la noche después de las elecciones en la tele opinando sobre Grecia y el euro. No sé qué dijo, pero me convenció. Me he vuelto muy sensible a la imagen, al lenguaje corporal y puedo decirles que su camisa blanca brillaba definitivamente más que la del resto.

Ahora voy a decirles cómo se vota en Alemania, porque mi mamá me lo preguntó y dicen que las preguntas de las madres son las que hay que poder responder. Además, porque afuera los comportamientos socialmente naturalizados se desarman y se vuelven los esqueletos de una momia de los que hay que encontrar el fundamento.

Voté en la Lemgo Schule, una “primaria” con orientación musical, a dos cuadras de casa. La escuela es de ladrillo rojo oscuro y viejo y se entra por un patio con jardín que tiene juegos para chicos y una cafetería. Ahí no explotó ninguna bomba. Había una sola cola hacia un solo aula. Mucha gente joven, padres jóvenes, gente muy hermosa, con ropa limpia y perfumada, los pelos lacios, los anteojos con brillo, remeras rayadas. Podía ser la cola para entrar a un boliche.

En la pared los chicos habían colgado cartelitos con las reglas de convivencia de la escuela y funcionaba como mensaje de conciencia en este día electoral. Me pareció una muy buena estrategia de su parte. Decían:

El cuarto oscuro eran tres mesas en un aula rodeadas por respectivos biombos. Le mostré mi pasaporte de la comunidad a una señora rubia que tenía la mirada pegada a la lista. Me dio una boleta naranja con los candidatos en la que le tenía que marcar con una cruz a mi favorito: Los Piratas.

Los Piratas son el partido político de los nerds. Obtuvieron el 8,9% de los votos y sus quince candidatos entraron al parlamento. No lo podían creer. Nadie, de hecho lo puede creer. Así como en los 80 los verdes (Die Grünen) habían encontrado su nicho político en la ecología, los piratas llegaron con propuestas en torno a defender las libertades civiles, básicamente, en internet. Su objetivo es “refrescar” la política. Lo dicen con la voz quebrada por los nervios, mostrando gráficos en la mac, agarrándose los puños de los buzos. Son graciosos, son lindos, son como nosotros. Imaginen un parlamento con un diez por ciento de gente como nosotros. Habría que pensar un nombre bien ridículo.


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El Bar