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La mesa chica y la realidad

11 10 2011 - 05:29

Hoy no salió el sol en todo el día y me pareció ok.  Tuve suerte: compré dos libros de Franzen en saldo, en la librería Dickens, en donde mueren la literatura nacional editada por Seix Barral y los libros grandes como Las Correcciones. Y estuve pensando qué hace el libro de Franzen parado ahí en la aduana, qué daño le hace Libertad a alguien. Ninguno. ¿A la economía de algunos? A cuánto va a estar ese libro, 150 mangos. Bueno, lo pagamos con la tarjeta y vemos.

La última vez que fui a la FLIA fue hace 3 años casi, precisión no tengo, en IMPA. Lo ayudé a mi amigo Jorge a vender libros. Me llamó a casa y me dijo, vení que no doy más. Somos vecinos y amigos desde hace casi 10 años, cómo decirle que no. Me tomé el 15 y caminé por la calle Querandíes. Al fondo, cerca de un corral que quiere ser una guardería estaba Jorge vendiendo sus libros. Mucho fanzine, remeras con hojas de marihuana, junto al pibe ese que está siempre, que le da al rap, que rapea sobre la injusticia social y los gobiernos, el discursito banana de abajo los gobiernos capitalistas, arriba los que luchan. Las publicaciones de siempre en las mesas. Ya tengo toda la coleccion de Utopía Libertaria así que no sabía qué comprar. Pasó un pibe con un megáfono, pidiéndole a los compañeros con hijos que por favor tengan en cuenta la idea de organizarse en la guardería, ahora va a tocar un pibe unos temas, y una mina que laburaba en Clarín te va a explicar a vos como es el tema de la prensa libre. En el medio los libros, los fanzines y los pibes de los libertarios corriendo por todos lados. Estaban los libros de mi amigo Jorge también, que son buenos, no todos, pero algunos son buenos, y si buscas en La Cebra también salvás un par de cosas. Estuve dos horas con Jorge, tomando mate. Vendí dos libros, vi pasar a la gente. A algunos los conozco: estuvimos sentados en la asamblea del Cid donde sonaron las primeras cumbias digitales y el horizontalismo hizo sus estragos. Con las remeras de EZLN y el quiosko del registro del piquete para el documental con ticket a Europa. Después de nuevo en casa, a vivir en Once, a vivir en Almagro, a acomodarse en alguna, a ver qué onda, a circular por la FLIA, abajo el gobierno, arriba el subsidio para mi arte, loco.

Para escribir tenés que poder estar solo. Si necesitás un grupo de pertenencia, o mesa chica, ponele el nombre que quieras, para que te sostenga, se complica. Los talleres son un poco eso ¿no? Desligarse de la responsabilidad de la soledad y encontrar un espacio más o menos terapéutico en donde te cuelen la verdad despacito y florezca la mentira. Es un contrato social, no lo condeno. Pero te sentás ahí y esperás que te traten bien, y la amabilidad es un eufemismo por exageración. Todos escribimos bien, todo es fantástico y cuando viralices tu texto via twitter el RT de tus amigos va a ser el pony en donde subas el ego.  Después vuelta a lo mismo. Un día te levantás y estás recomendando mierda, pero no importa. A lo mejor, una tarde estas ahí sentado leyendo y no sabés qué hacer frente a la tremenda vergüenza que te inunda, mientras la cabeza te pregunta, te maquina, te cuestiona, te empuja a preguntarte ¿qué hago yo escuchando esta reverenda porqueria? ¿No era mejor si me quedaba en casa? ¿No es mejor no tener que hacer la rosca, no te da bruxismo sonreirle a tanto tipo que capaz cagás mañana? Y el esfuerzo mental de hacerte todo el mapa social de los amigos de tus amigos y la novia de mengano que te dijo me copa tu texto da para que me mandes un cuento así lo ponemos en la antología y los conocidos que a lo mejor ligaron un subsidio y están por editar no te pagan pero no te cobran. Aparte tranqui que hay dos amigos o tres amigos o un pibe copado que lo tengo en el Facebook que seguro nos pone algo en algún suplemento o sale una nota de onda porque somos amigos, nos tenemos que ayudar, y todo lo que hacen mis amigos a mi me gusta, me encanta, son lo más mis amigos, son unos genios, buena gente, vamos a comer después, contamos en Twitter donde estamos y ponemos la ubicación y todo y con el iPhone nos sacamos una foto y dejamos bien en claro, pero bien en claro, que nos sentamos con arroba mengano, arroba sutano y en esta mesa vamos a cambiar las reglas de la literatura, la política y derribar no se cuánta mierda, toneladas de mierda. Que quede claro. Vamos que venimos.

Hoy caminé desde Almagro hasta el Abasto; a lo lejos el Shopping y, del otro lado, Once. Sola. Tres barrios en los que espero no tener que vivir jamás. La mugre, el ruido y la realidad descarnada, los teatros independientes, las pizzerias, el Bafici y la Salada, la Iglesia Universal, todo junto. Tenía que hacer tiempo y me metí en un cyber a ver si me podía ir más temprano a lo de un amiga, que me dijo bancá un poco, termino de ver una pelicula, me visto y vemos. Le quería decir, mirá que un cyber te carcome el alma, pero se reseteo la máquina y no dije nada. Faltaban 20 minutos. Me fui a otro cyber que está sobre Medrano, donde paran todos los colectivos posibles. Es un tubo, ese cyber y las máquinas están en compartimentos, caminás hasta la máquina mirando para adelante, nunca para el costado. Pero a veces miro y algunos hombres levantan la vista, las mujeres no. Dos tipos esperaban sentados en unos sillones azules. Cuando llegué a la caja empezaron a gritar (“no tengo máquina”), se sumó un cliente quejándose de que los auriculares no le andaban, el pibe que atiende que le dijo no es problema mio, el cliente le dijo atendé una verduleria, el pibe le dijo si dos veces, el cliente le dijo pelotudo, el otro no me rompas las pelotas, el cliente andate a la concha de tu madre, el que atiende andate de acá o te cago a trompadas, el cliente se fue, puteándolo pasillo abajo, pegando un portazo, el pibe me miró y me dijo tengo una demora de media hora más o menos y yo esta bien, no hay drama. No sé qué me quede esperando, que se mataran. Nadie se movió en ninguna de las 10 máquinas, ni asomó la cabeza. Cada uno en lo suyo.

Me fui caminando por Corrientes que en feriado y a esta altura es atroz. De a poco llegué a otro cyber, me metí en ese, ya ni sabía qué hacía o qué estaba pensando. Me podría haber ido a leer, pero estaban todos los bares cerrados. En el tercer cyber éramos un señor, tres dominicanas y yo.  En la mesa vidriada tenian mantecas de cacao, cinturones de tachas, esmaltes y carcazas para celulares. Pasé por la ocho, me dijo el pibe, y quedé al lado de una de las dominicanas, que en el Facebook tenía una foto con Cristina. Tu presidenta me dio trabajo, me dijo. De que laburás, le pregunté. Soy peluquera, me dijo, esto me lo hice yo. Le miré la cabeza. ¿Antes de qué laburabas? le pregunte. Qué, me dijo. Antes de la peluquería de qué laburabas, le dije. No me contestó. Por suerte no me metió una uña esculpida en el ojo. Se puso los auriculares, actualizó el Facebook, se lo leí descaradamente, ella lo sabía, no le importó. Pensé bueno, tengo media hora, que hago, como convierto esta media hora en algo. Abrí el google docs. Escribí esto.


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