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AL.U&CL0178: El aborto

5 12 2011 - 15:26

Aplausos. Más aplausos. Todos de pie. Todos sentados. Cómo se enciende el cuerpo y cómo se apaga: orden del día.

Un aborto por izquierda en CABA y en buenas manos sale cinco mil pesos. Es bastante dinero. Pero lo vale, piensan proveedores y clientes. Un aborto en la farmacia sale sesenta pesos, bastante poco dinero, pero lo vale, piensa el farmacéutico y piensa la cuñada. Un aborto es disolver una aspirina, dicen por ahí. Un aborto es el punto de inflexión entre todos los opuestos que aprendimos en la escuela. Un aborto es, ante todo, una decisión autónoma y provocada —inducida— a la vez. Es una decisión laxa como todas. Un aborto es un mal social; como un llamado a quiebra, pero en voz baja, sin solicitadas. Pero como todos somos víctimas y estamos enfermos, un aborto es de todos. Yo digo que ésto en el paraíso no pasaba, que ésto en la rudimentaria naturaleza no pasa. Las ranas no abortan y tampoco las yeguas ni las mariposas ni las perras. Las extraterrestres quién sabe. Nosotras sí. Abortamos todos los días, de a una por vez, a cada cual su sanmartín. Un aborto no es un antónimo, porque si no es imperdonable.

Un aborto se hace con enojo y frustración, que es casi lo mismo. Se hace con miedo a morir aunque no tanto, en realidad se hace con deseos de morir, se hace con respeto a una imagen, a un pánico, a un contorno, con repugnancia a la sed carnal, y con deseos de volver a ver la hora de que te la pongan otra vez, después. Por viciosa. Un aborto se hace pidiendo guita prestada.

A un aborto se va completa, bella, con el pelo atado y bañadita, descompuesta y sana, radiante por la hormona, lúcida por conceptiva, por joven, avergonzada por el descontrol, por el accidente culposo, por el dolo del amor. Se va, a hacerse un aborto, castigada, en penitencia. Se va en busca de las pérdidas. Se va arrepentida de antemano pero segura, más que segura, convencida por motivos frágiles: el planeamiento y la gestión. A un aborto se va por boluda y por puta. Por fértil. Es la culpa de la fértil. A un aborto se va cansada. A un aborto se va embarazada. OMG

Estar embarazada es oler a lavandina como polvo. Es tener un globo en la boca y tener la cara estirada y grasosa como un parche untado con plasticola. Es tener las caderas rotadas hacia adelante, abriéndose, como se abren las puertas vaivén del salón cuando entra el sheriff. Oh, polvo. Oh vaivén. Estar embarazada es ser un hombre: estar teñida por un hombre en particular, pero por dentro, es soñar con ese hombre, un sueño en el que él nada largos en una pileta olímpica y techada o nada crawl en la segunda rompiente del mar, braceando sin avanzar. Es tener el cuerpo laberíntico, reversible y jugoso. Estar embarazada es convertirse en agua. Es ver fideos verdes en un plato con borde dorado y hielo en las bebidas, allá donde no hay.

Me pregunto qué es la vida y me pregunto qué es la muerte, muy por arriba, y pivoteo entre la timidez y el coraje y dudo entre la hipocresía y la libertad de conciencia y desvarío entre tu futuro y mi pasado, porque las cuentas no cierran, y dudo entre la piedad y la violencia como variables paralelas y compatibles, entonces aborto. Si dudo entre la soledad y el amor: tal vez, aborto. Si dudo entre un hombre y otro hombre: aborto. Si dudás entre dos mujeres: exigís el aborto. Tengo planeados muchos viajes, un escrache, un master, una rave, una familia, un bulín, una nota, un concierto, un sueño de amor y paz, una aprobación en navidad, lecturas programadas, tengo miedo a la noche y al gobierno: aborto. Si tengo muchos parientes: aborto. Si tengo pocos parientes: aborto más que nunca. Si no tengo hijos o si tengo muchos: aborto. Pero sobre todo aborto si tengo un trabajo; porque un trabajo es hoy por hoy lo más valioso que se puede tener. Como no quiero suicidarme, para apostar: lo aborto, obvio, porque tengo una vida por delante, fallida, al punto de tener que abortar, pero es mi vida. Sí, tengo vergüenza del aborto pero también soy demasiado exhibicionista, tal vez sea momento de abortar.

Si soy pobre, aborto rápido y en negro, con desesperación e ignorancia, con perejil o eneldo, con pastillas en el fondo de la vagina, y hielo en el abdomen, con alplax, con aguas de tejer n°5, no, ya se sabe que no. Abortá y votá. Aborto porque conocí a un rico siendo pobre, o viceversa. Voy a abortar inmediatamente, bah, en la semana sexta, porque no soy pobre ni soy rica: porque quiere decir que todavía tengo esperanzas de tener mejores esperanzas. Y no tengo nada más. Ah, sí: tengo miedo. Abortad si fuisteis infieles, porque el mantel no se mancha. Un mantel es una tela a cuadros, o no, que se interpone entre el derrame de la leche, el calor de la fuente, el filo de un cuchillo y una mesa. Una mesa sos vos. Abortá si sos drogona, a ver si te sale enfermito; si sos vieja, por el deterioro celular que se refleja en los chicos a la corta o la larga. Si sos una nena abortate por nena. Abortá si el amor no es correspondido, porque sos una enferma de amor y no vas a poder.

Abortar es la perplejidad de la impotencia. Es un gran acto de humildad y servidumbre. Es como decir: este caos es incontrolable, pero el que manda soy yo, este hermoso ser violentado que no puede más. No puede reproducirse en nada más. Abortar es un fracaso disfrazado de previsión, un fracaso transformado a tiempo en una máquina de detener el tiempo. ¡Cómo es posible, tanta tecnología humana! ¡Qué hermoso siglo veinte el que pasó! Pero también es un alivio. Los perdedores necesitan alivios y no complicaciones, porque ya sabemos cómo actúa el efecto dominó: el efecto dominó es la secuencia ininterrumpida de caídas desencadenadas por un primer movimiento único, por un mail, por ejemplo, en la medida que haya piezas para voltear. Oh, voltear. Un aborto es una batalla contra el tiempo que se gana, se ganan horas de sueño y de dedicación al estudio, se definen otros tipos de problemas, no los de los hijos que son tan desagradables y tan reiterativos — los problemas, digo, porque los hijos son lo más lindo que hay.

Un hijo es una fotocopia que te mira. Es una propuesta que uno le hace a la vida, un guiño de poder y valentía, un gesto de adhesión a tanta belleza que se vio por ahí. Pero también es una propuesta que nos hace la vida, un pacto bilateral, y luego se vuelve una extorsión permanente que se tolera a fuerza de haberse encariñado hasta la médula y hasta la muerte. Es ver la adultez conseguida intoxicada de infancias decididas y llenas de peligro. Infancias paseanderas. Un hijo es un refugio secreto, al revés de lo que se piensa. Un hijo es tener un sol en el placard y por eso se usan anteojos negros y una llave que se cuelga con una cadena de plata al cuello, y una libreta de vacunación que se completa a medida que pasan los años y los adelantos de la ciencia, como un juego. Un hijo es la mímica de un lenguaje olvidado.

Un aborto es falta de espacio físico, simbólico, amoroso, cultural, potencial. Un aborto es una práctica social inducida culturalmente y ejecutada solitariamente. Es el triunfo del capitalismo, el capitalismo son los otros: el taxi que te lleva, el laboratorio que fabrica el Pervinox, la familia política y su budín seco, el tipo del estudio contable que te liquida el sueldo cada mes, de todas formas. Y es el triunfo del yo, por unos días. Es una pena. Es una negación. Es la síntesis de dios, más que un nacimiento, es la síntesis de la vida porque hay terminación. Porque dios es la muerte. Y la muerte, a veces, es, tristemente, una interrupción. Dios sintético. Miniatura de dios, criatura de vos.

No hay milagro ni vida, hay náuseas y fantasmas celulares, y un porvenir que avisa, incipiente, hay una cigüeña borracha anunciando que empezó a aletear. No hay sufrimiento corpuscular, tal cosa no existe. Porque no. Pero si no hay vida, qué hay, hay la vida de la celda, que es lo mismo que un pelo o una uña. Imagínense qué pasaría si los hombres y mujeres no nos cortáramos las uñas o los pelos. Menos mal. A cortar. Igual, a quién le importa la vida. Bien que para coger te importó. Sí.

Un aborto es el final de un embarazo a voluntad. Debe ser realizado por un médico y por un psiquiatra. Gratis. Los dos raspan y raspan. El amor también se raspa. Y todo se olvida. El abuso no. El abuso se tapa. Ninguna mujer debería pagar, ningún hombre debería pagarle el aborto a una mujer, ninguna madre, ningún hermano, ninguna amiga, ningún rapipago. Ninguna locura debería hacerse. Al menos hoy. El aborto existe. Es independiente y poderoso como una necesidad biológica encorsetada por lo cultural. Tiene todos los matices entre la cobardía y la valentía extremas. Como es una necesidad biológica y psicológica, la práctica es de uso frecuente al punto de terminar haciendo cualquier cosa o infringir la ley. Porque el aborto es ilegal. En Argentina es ilegal. Tiene la desesperación presente de no poder concebir el futuro. Por eso lo que se pide es que se asuma como posibilidad, como flagelo de contradicción.


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