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El verano

21 12 2011 - 17:04

Llegó por fin la época más temida por los hipocondríacos: el verano. La sensación térmica, los 45 grados de calor a las 4 de la tarde, las chicas asándose bajo la vitamina D en el Parque Rivadavia, la preocupación por los ancianos y su posible muerte en el medio de la noche, el golpe de calor contra los niños, Megatlon que estalla, Carrier aplacando la furia térmica pero enfermándonos, la humedad que levanta un virus, la lluvia que te deja sin luz y te sicotiza, los perros echados en los pasillos de los PHs, los piolas que compramos departamentos de techos altos mientras nos estallan las cañerías que igual arreglamos. Consumimos mucho líquido, en febrero nos vamos de vacaciones, en enero Buenos Aires es nuestra, está vacía, las chicas nos ponemos vestidos lindos, nos pintamos las uñas de tantos colores, hay tantos colores para elegir, miramos a los chicos sin remera, a los que son lindos, con cierto rubor, bajando la cabeza frente al ímpetu masculino que se saca la remera y se la pone al hombro y camina, anda en bicicleta, pedalea, te dice algo lindo y no lo vamos a arruinar porque la única cura frente a la enfermedad es el descubrimiento del amor. Ah, el amor, hablemos de eso.

Hoy hable con Matías, que es el chico más lindo que conozco, para ver que hacemos el sábado. ¿Y las fiestas? le pregunté. Hagamos algo, me dijo. Me tengo que mudar, le comenté. Viví conmigo, quería agregar pero no lo hice. Quiero vivir con él desde el año 2000 y seguramente desde antes también, cuando lo imaginaba. Un amigo para vivir, para llegar a casa y llorar, para discutir, para pasar las fiestas. Un contrato de verdad. La pasión triste del matrimonio, no. La histeria de la amistad y los celos irracionales de gente que es amiga, hermana y algo más. La pasión latente por siempre. Los portazos, dormirse tarde, llegar a la madrugada, desayunar juntos, tener varios gatos y cerveza fría en la heladera siempre. Libros tirados, apuntes, proyectos, sillones, ropa para lavar que se amontona, el lavarropas que se rompió, la heladera que no hace bien los cubos de hielo, la mancha de fernet que no sale del piso de la escalera, los libros todos mezclados y la música pop como antídoto para todo. La fantasía, el chicle, bailar con canciones tristes, nunca separarse, jurar amistad eterna, nunca romper el contrato, no dejarse jamás para ir amar por ahí un par de años y volver a cero. Solos. Más solos que antes. Animarse a convivir en el caos, nuestro caos ordenado. No le dije esto, no se lo voy a decir nunca. Pero creo que en una noche lo convenzo de que es la mejor idea que podríamos explorar. Un amor para toda la vida.

En el supermercado que atiende Sofi en San Juan y Mármol pasa de todo. Antes que nada hay que decir que es una mugre, siempre lo fue y jamás dejara de serlo. Pero también es el único abierto hasta las once de la noche y eso en verano siempre es bueno.  Sofi me contó entre otras cosas que es mentira la leyenda urbana de que los supermercados chinos están divididos según el color de sus rejas. Su supermercado es celeste y muy chiquito, jamás la escuche hablar en chino. ¿Vos sos de acá? me preguntó Sofi la primera noche que llegué a las apuradas a su mercadito. Si, le dije, igual me crie en Villa Luro. Yo soy de Cantón, me dijo. ¿Eso es China? le pregunté sin ocultar mi ignorancia. Si, pero es distinto. Sofi se quedo pensando y volvió a repetir que era distinto y que si bien era China ella no era estrictamente china o al menos antes que china se sentía cantonesa. Sofi llegó casi al mismo tiempo en que yo llegué a Boedo; el primer verano que pasamos juntas fue el verano en donde ella decidió que si los hijos no van a la colonia ella pone la pelopincho en la vereda, cosa que hizo sin dar muchas vueltas. No amenazó, no dijo “voy a hacer tal cosa”, lo hizo. Y ya en diciembre podes ver la pelopincho con los chicos adentro y los vecinos que pasan y miran, sus hijos se quieren meter, pero los padres los apuran, dale que llego tarde, dale que me da asco. Al poco tiempo a Sofi le volvió a crecer la panza. Cuando se la noté le dije, viene otro en camino, pero lo que pensé es ¿por qué? ¿para qué? Apenas puede con los dos chicos, que aborte y que espere tiempos mejores. Pero nació Lucio finalmente y puedo afirmar que  es el bebé que más veces cargue en mi vida. Teneme a Lucio un rato, sosteneme a Lucio, bajame a Lucio del cajón de tomates, gracias amiga.

Mientras Sofi me cobra sostengo a Lucio, un bebé que lleva al máximo el negro de pelo que compartimos. La vi cambiarle el pañal a Lucio sobre la caja registradora en dónde pasa mi pan lactal y la vi darle la teta al mismo tiempo que me cobraba y me embolsaba la compra. Esa es Sofi, mientras le grita a sus otros dos hijos que basta de jugar al fútbol adentro del supermercado. El domingo pasado me encajó a Lucio y se fue a buscar no sé que cosa a la esquina. Ya vuelvo, dijo. Me quede con Lucio que pesa muchisimo, demasiado para este calor, en la puerta del supermercado. Nos miramos largamente. ¿Qué haces? le dije. Guau, me contesto. Me recosté sobre la heladera de Coca Ccola y lo bajé a Lucio, que se quedo parado haciendo equilibrio, mirándome. ¿Te querés ir? le dije ¿Te querés ir de este supermercado de mierda, en este país de mierda, con gente de ojos redondos que te va a decir chino toda la vida, porque son una mierda, unos incultos, unos tarados? Gua gua, me dijo. Hice lo que pude, quizás se acuerde de algo, quizás le quede un resorte marcado que se le active cuando el primer gordito sobre alimentado le grite con bronca en el futbol, chino de mierda, porque Lucio es más ágil que esa bolsa argentina de azucar y harinas y desde su elegancia cantonesa, haciendose a un lado el pelo, el flequillo que le cae como una cortina de ébano, le diga a este perdedor: “Soy cantones”.  Liquidalos Lucio, como los están liquidando a los hijos de los psicólogos en la pugna por entrar al Nacional. Hacelos mierda por cancheros, por bobos, por hacerse los vivos. Sin piedad, no te recuestes en tus hermanos mayores, da tus propias batallas, se tu propio hombre y construí en este país tilingo desde el amor y también desde la rabia porque las dos cosas juntas son una bomba. La rabia sola te consume, el amor solo te desconcentra. Aferrate el amor como a un alambre caliente corazón, pero no te olvides: que nunca te dominen las pasiones. Gua gua, me dijo. Señaló con el dedito, me acerque y mire. ¿Es tuyo el perrito Lucio? le pregunté. Lo sacamos de la bolsa de pan entre los dos, con cuidado, un perrito de peluche, medio sucio, un poco humedecido, ya con muchas batallas, golpes de amor por todos lados. Guaguagua, dijo Lucio todo junto y me dio el perrito. Gracias, le dije. Nos sentamos en la puerta del supermercado a esperar a Sofi. Che Lucio, le dije. Guau, me contestó. Olvidate de todo lo que te dije, de todo, fue una cobardía de mi parte. No me contestó. Esta bien, qué me iba a decir. Nos quedamos en silencio, a lo lejos la vimos venir a Sofi, agitó la mano, sonrió, la saludamos, extraño posicionamiento del amor.

Ayer fui a un casamiento. La verdad es que me emocioné y cuando lo abracé a Sergio me puse a llorar. ¿Serán los 30 años? No me quiero casar, no puedo pensar en todos esos rituales, en el amor y el juramento ordenado. No me permito pensar en que algo va a ser para toda la vida y que 4 testigos frente a un juez juraran que si, que lo es. Algo eterno que vamos a celebrar 120 personas. No tengo esa fe. Me encontré preguntándome si me gustaría tenerla. Sí, un poco sí, pero mañana se me pasa. Pero mientras llegaba el primer plato me puse a penar ¿Si Ana se casa me pide que sea testigo a mi o le pide a otra? ¿Si se casa Daniela me va a pedir que le escriba los votos? ¿Si en 5 años finalmente se casa Fede va a dejar que toquemos canciones de La Casa Azul en celebración de sus votos? ¿Si mañana se casa Martín sigue tocando comigo? Creo que sí. Y si mañana Leo se vuelve a casar me quiero imaginar que vamos a elegir el traje juntos, ¿no? Daniela se casa, lloro toda la ceremonia.  Espero que confíe en mi para elegir el vestido. Mati seguro no se casa, pero a lo mejor un día se une civilmente. Lo único que me gustaría pedirles es que no hagan un video con las fotos de la familia, no contraten un camarógrafo para que les haga un video de la fiesta veneciana o el carnaval carioca, no registremos tanto.  Pero ir quiero ir, porque cualquier oportunidad para un vestido nuevo me gusta y si es en celebración de algo que no creo mejor. Romperé mis propias estructuras y mi ánimo adolescente anti-conservador para dejarme conmover por la falta total de raciocinio de la gente que amo y no quiero dejar de amar. Seré menos yo para poder estar por fin con los otros.

El sábado estuvimos hablando con Manuel del amor militante. ¿Vos podrías salir con un militante? me preguntó. Ya salí, le dije, pero creo que no volvería a hacerlo. Me quede mirando el suplemento de La Nación sobre el 19 y el 20 de diciembre del 2001. Vos igual en los cacerolazos te enamorabas todos los viernes, me dijo. Es verdad eso, había chicos muy lindos caminando ida y vuelta el circuito Congreso – Plaza de Mayo, había algo épico en eso y muchos abrazos, roces y toqueteos forzados por las corridas y empujados por la represión, la gente se repetía, nosotros nos repetíamos, sentados en el asfalto que hervía, en el cordón de la vereda que da a la Catedral, en ojotas, con remeras, musculosas, polleras,violando todo tipo de vestimenta de etiqueta para protegerse de los balazos de goma, siendo muy jóvenes, bastante ansiosos, muy inexpertos, teniendo 20 años y menos también. No sé cuantas veces me enamoré esos viernes, demasiadas, incontables. Las maneras fugaces de darse la mano para salir corriendo, agacharse juntos y hacer barricada, ayudar a una compañera que se cayó, dejarse abrazar por un desconocido que nos cubría del chorro de agua, anotarse el teléfono en el dorso de la mano, caminar juntos por Rivadavia mientras la divisón de la avenida se hacía por los fuegos fatuos de las bolsas de basura que no paraban de arder. Dejarse querer sin preguntar el primer nombre. Llamar por teléfono a desconocidos. Desayunar en La Academia. Querer estar con todos porque no importa el mañana.

¿Viste cuando te gusta alguien y no lo podes decir? Es como un secreto entre la fantasía que tenés con esa persona y la realidad: no sabe ni quién sos. Pasa mucho, sentáte en el 128 y mirá. No va a pasar enseguida, pero en algún momento va a pasar. Sobre Independencia o sobre Las Heras. Toda la ciudad es el mapa territorial que tiene tu nombre, podría decirte. De todas maneras nunca vas a leer esto. Llego al barrio chino y los gatos saludan en tu nombre, las sombrillas japonesas que se abren como lotos gigantes darán la sombra que albergue nuestro amor, todos los helados Melona me bajan la fiebre de añorarte y cuando cae la tarde y se acerca la noche por Arribeños aparece el dragón de fuego que invoco solo con hacer latir tu corazón que dice tu nombre junto al mio. ¿Me pasé? ¿Es mucho? ¿Nubla este nivel de pasión la vista para razonar la negociación de bienes? ¿Acaso este amor es cierto hoy? ¿En quién estoy pensando en este momento? Me explota el corazón a decibeles que ni una canción firmada por Serrano podría describir. Se viene enero en Buenos Aires, las calles van a quedar vacías, las avenidas se van a hacer más anchas, los vestidos se harán mas cortos, las remeras no serán tan necesarias,  para escribir vamos a necesitar hielo, la piel se pone dorada, nos bañamos más veces, dormimos menos, nos levantamos con la cabeza pesada, no entendemos bien que nos dice ese chico que no sabemos quién es, hay un sí un poco más fácil, vamos a colaborar todos un poco, vamos a hacernos un favor, circulemos en la noche, pasate de romanticismo, llegá al límite de la fiesta colectiva, de la pileta en la vereda, del guiño a la de la mountain bike, escuchá muchos discos para tener de qué hablar, mirate algunas series y enfría Ginger Ale para ver algunos capítulos, comprate un sillón, que la chica que te gusta pueda extender los pies sobre tus rodillas, dejala descalza, ataca el talón, pintale las uñas de rojo. Una vida sin pasiones tristes. Que explote el verano.


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