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Viaje al principio de la noche

21 12 2011 - 17:05

La noche del día que renunció Puerta yo estaba en el cumpleaños de un sobrino. La casa estaba pegada a la farmacia de la rotonda, administrada por una tía de mi mujer. La rotonda queda en el vértice sudeste del trazado que define al centro de Tucumán, “las cuatro avenidas”. Más allá, el zanjón – “el canal” –, los suburbios del pobrerío. De ahí venían, al principio de a uno y más tarde de a varios, los grupos que enfilaban para el centro.

—Señora, baje la persiana y no salga de la casa — le advirtieron a la tía.

Eso es la micropolítica, ¿ves? una señora que te fía los medicamentos y, en reconocimiento, un chico que le avisa minutos antes de que la cosa esté por pasar. Al rato ya había golpes aislados en la cortina metálica y un miedo módico al posible asalto. Pero el país navegaba por una corriente de desesperación tan parecida a la del 89, cuando todo se vino abajo, que los anticuerpos de entonces nos permitían cortar la torta, brindar con sidra; los gestos de fin de año en un festejo familiar.

A mi primo le sonó el celular y se le cambió la cara.

—Me avisan que están haciendo fuerza para entrar al frigorífico.

Le dije que lo acompañaba y nos fuimos. El argumento de superficie era no dejarlo solo y evitar que se metiera en kilombos. Pero lo cierto es que me subí al auto con una mezcla de morbo y curiosidad del que está por vivir una aventura de extramuros, en una noche en donde las cosas pasaban sólo por televisión y la cadena del ladrido de los dálmatas. “Dicen que la policía está toda rodeando el Híper Libertad”. “Parece que se metieron en las galerías del centro y están haciendo estragos” “Están llegando en camionetas, esto está armado”.

El camino al galpón en donde estaba montado el frigorífico era la soledad de los barrios en la noche. Hicimos un alto en la comisaría más cercana: no había nadie.

—Están en los supermercados grandes — nos dijo el único agente que quedaba, así que seguimos viaje. Llegamos en el momento mismo en que un grupo grande rompía la persiana y se metía por la fuerza en el galpón.

—Ya está. Ya cagué — dijo mi primo y estacionamos despacio, como en medio de un trance.

Nos bajamos del auto y nos dirigimos al galpón con la serenidad del tipo que va a inspeccionar cómo le están pintando el frente de la casa, mientras alrededor nuestro la gente entraba y salía cargando cajones de pollos congelados. El frigorífico en sí era como una especie de baño químico grande, una estructura plástica como de habitación chica, en donde se apilaban, en anaqueles, los cajones de pollo. Mi primo iba con la camioneta por la tarde tomando los pedidos y a la mañana llevaba la distribución. Había alquilado a medias con otro tipo un galpón en un barrio, y en una esquina de esa inmensidad, al fondo, estaba ubicado el pequeño frigorífico.

Y ahí estábamos nosotros. Parados en medio del galpón, con la multitud hormigueando frenética y llevándose los cajones. Parecía un dibujo de esos de la Warner, en donde los pesonajes, neuróticos, corren dejando en el aire líneas cinéticas, y el Coyote se resigna, con la cabeza explotada por un artefacto deficiente de ACME, a que una vez más el Correcaminos se le ría en plena cara.

—Calmate, no te metás, quedémonos acá hasta que pase — lo sostenía del brazo — Mirá si encima te tenemos que lamentar.

—No, si ya me fundí, ya está, ya es todo al pedo – dijo y empezó a señalar, en una letanía que parecía un rezo – mirá: ése de ahí me compra. Esos dos que salen cargados también me compran. Ésa de ahí me compra una vez a la semana.

— ¿Los conocés?

—Claro. Son todos vecinos.

Tan rápido como había empezado, el saqueo se acabó y en el galpón no quedó nadie. O casi. Mi primo manoteó al voleo y agarró del brazo a una mujer que era la última en irse.

—Usted no se mueve de acá hasta que llegue la policía – le dijo, con más impotencia que otra cosa. La mujer empezó a lagrimear.

—Pero si yo no le saqué nada, mire, no tuve ni tiempo – y le mostraba las manos vacías – déjeme ir, no sea así.

Mi primo la soltó, fastidiado. La mujer, lejos de irse, lo encaró, suplicante

—Pero déme algo, por favor, algún pollito, ¡ni tiempo tuve de sacarle nada!

Lo agarré porque se le iba al humo. Se calmó. Nos paramos en la entrada a ver cómo seguía. Nadie, che. Lo que antes era la horda de campesinos buscando a Frankenstein, ahora era noche y silencio. Mi primo cruzó la calle, se acercó a una casa y miró por detrás de la cerca de ladrillo. Abrió la puertita del jardín, entró y salió con dos cajones con pollos. Los trajo, enfiló para otra y lo mismo. Repitió el viaje un par de veces.

—Mirá qué piolas: como no pueden cargar tanto, dejan una parte para venirlos a buscar después .

En lo que iba y volvía, del medio de la nada apareció un flaco medio borracho. No me olvido: tenía puesto solamente un pantalón de jogging, estaba descalzo y en cueros, y el nido que tenía por pelo parecía sacado de una copia vieja de Hair.

—A ver, papá, dame una caja a mí también.

—Rajá, flaco, ya no queda nada.

—¿Ah, sí? Vamos a ver si no queda nada – y peló no sé de adónde un chumbo de esos de películas de cowboys, con un caño que parecía un rifle.

Me impresionaron dos cosas. Una, cómo hacés para esconder un bufoso de ese tipo en un pantalón de jogging. La otra, de qué western de Giuliano Gemma había salido ese revólver. Del pedo que tenía el muchacho no se podía sostener derecho y el arma se le movía para cualquier lado. Por suerte se acercó una chica y se lo llevó medio a la rastra. Del mismo lugar de donde vino la chica, vimos venir despacio una motito. Era un policía en un ciclomotor.

—Buenas. ¿está todo bien?

—Sí, ya terminó todo – le dijo mi primo y se fue a seguir rastreando pollos por las casas.

—Bueno, menos mal – dijo el cana. – Cualquier cosa en un rato vuelvo – y se fue, tan despacio como venía.

Me senté en el cordón de la vereda de ese 2001 que se acababa y miré al cielo nocturno. Mucho calor, pocas estrellas.

¿Cómo se vuelve de esto? me pregunté. ¿Cómo se vuelve de que un tipo que hoy te compra un pollo para el domingo, mañana, si la policía le da vía libre, sepa que puede entrar y choreártelo, y entonces entra y te lo chorea?

Miré el barrio. No era una villa ni un rejunte de casuchas marginales. No: era un barrio normal, como ese en el que yo me crié y donde mi abuela sacaba las reposeras por las noches para tomar un poco de aire y charlar con las vecinas. ¿Cómo se vuelve? Este vecino que te chorea un pollo ¿sería el mismo que putea frente a la pantalla cuando la tele le muestra algún caso de corrupción? ¿Y si ese tipo llega mañana a concejal?

Era una noche hermosa y el país, una vez más, se estaba yendo a la mierda. ¿Cómo se vuelve? ¿Cómo se sigue adelante cuando casi todos tenemos la certeza de que toda la clase dirigente está en la joda? ¿Cómo sigue un país en el que casi todo el mundo sospecha que desde arriba lo están afanando?

Mi primo cerró la persiana como pudo, se sentó al lado mío y prendió un cigarro. Al rato volvió el cana en la motito, le tomó los datos y prometió mandar a alguien a custodiar.

Nos subimos al auto y volvimos a la fiesta. ¿Cómo se vuelve cuando el vale todo arrasa con el contrato social? Mientras comíamos la torta —y después de contar lo que había pasado —nos pusimos, como manda la venerable costumbre argentina, a hablar de política con el café. ¿Cómo se vuelve? nos preguntábamos. ¿Cómo salimos de ésta?

Ese año estallaron pocos cohetes para Navidad y menos aún para Año Nuevo. Creo que todos pensábamos lo mismo. Atravesás determinado umbral y no tenés retorno. Cruzás la línea y no se vuelve más.


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