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La última Navidad

26 12 2011 - 09:30

Es la última Navidad. Después dosmildoce, el apocalípsis, boom, la nada.                                                                                            

Cuando éramos chicos pasábamos la tarde del veinticuatro en las piletas de Punta Carrasco. Era una dosis de felicidad suspendida, las brazadas del crol desde el borde hasta la isla con palmera y barra en el medio de la pileta, donde la gente pedía licuados de ananá pero nosotros no, nosotros estábamos un rato nomás, estábamos pero no estábamos, un ojo acá y el otro allá, el corazón empujando para allá, sin poder entregarnos del todo a la actitud dominguera, un par de horas para agujerear la ansiedad, que siempre es más peluda en un departamento, con el arbolito en la esquina del living pero sin chimenea, mirándolo fijo para que apareciera papanuel que no aparecía nunca —gordo de mierda, dale, agitá el trineo— si no nos íbamos a Punta Carrasco. Era como hacernos los distraídos un rato para después volver y que estuvieran los paquetes.

Una vez flasheé con Papá Noel, lo vi fugaz y fantasmal, atravesando el cielo justo en la curva donde se terminan la noche y la posibilidad de alucinación de una nena sugestionada. Me lo estaban señalando, tan vivos ellos, tan engatusadores, tan grandes, desde un balcón en Caballito en la casa de la Tïa Inés, la tía de mi papá. La estrategia era simple, la deduje con el tiempo, nos sacaban al balcón para verlo pasar, nos entretenían con las estrellas y mientras tanto las madres entraban los regalos, muchísimos regalos, eran los ochenta. “Mirá, mirá, ahí pasó”, y Papá Noel era siempre tan veloz que los cristalinos no hacían a tiempo de enfocar. Pero esa vez lo ví, o se me apareció, y me causó una gran tranquilidad que estuviera haciendo lo suyo, con efectividad y sapiencia, con tanta generosidad y sin chistar. Como cuando se me aparezca ante mis ojos el apocalipsis, más trabajado y teatral, más certero, a cometer su asunto de una vez.

Entre mis cinco y mis diez ponele festejábamos Navidad en la casa de mis primos en Vicente López, a la vuelta de la cancha de Platense, siempre ahí porque teníamos Papá Noel en la cuadra, el verdadero, el posta, entraba por la esquina de atrás, la que daba a la vía y caminaba unos metros mientras todos los chicos de la calle Ceballos corríamos a saludarlo. El muy turro tiraba saludo de mano desde lejos, nunca un acercamiento, nunca eyecontact como para que no viéramos el detalle, la máscara pienso ahora o que su voz no era tan gruesa como debería, aunque después hollywood se mandó “Miracle on 34th street” y nos dio un Santa tan maricón que medio que legalizó a los papanoeles de voz finita. Pero en ese momento para mi era tan posta que una vez dijimos con uno de mis primos haber visto a los trineos estacionados en el techo de nuestra casa, estaban ahí, esperando que Papá Noel nos deje los regalos y se vaya. Lo vimos, te juro.

Y esto fue lo que me cagó la fecha para siempre: A los dieciséis años tenía los amigos que corresponden a esa edad: demasiados. El rugby nos apilaba así, bajo una arenga permanente que suplía las inquietudes y los porqués de la adolescencia con rondas en el vestuario, todos agarrados bien fuerte a la altura de los pectorales, tironeándole la camiseta al de la derecha y al de la izquierda, babeando el protector bucal, raspando los tapones de aluminio contra la baldosa fría, todo el olor a átomo desinflamante que se pudiera, cuanto más mejor, y la palabra huevo, la palabra tackle, ir para adelante, cogerse a los rivales, a estos negros de mierda, enceguecerse con la causa sin importar si no importa, hacerlo por el compañero, por el equipo, porque somos todos iguales, pero spoiler alert: we are not. Bueno, eso, muchos amigos y ninguna amiga, muchas pajas.

Pero a uno de mis amigos más verdaderos, a Martín, se le murió la mamá el 23 de diciembre. La mató el cáncer, o la desesperación de que el marido la había abandonado, a ella, a Martín y a su hermano más grande, hace un par de años. Lloré como nunca en mi vida en el entierro, entre los canteros multicolores y el pasto de putting green del Memorial, haciendo una cola interminable para saludarlo, pensando qué decirle, envidiando a los que pasaban primero y parecían consolarlo con una frase. (Toda mi autoexigencia ahí: no poder hablar si no es para decir una genialidad, algo que deje pensando a los demás, que los salve, que no revele que soy choto. Imaginate ese quilombo trasladado a la escritura). No le dije nada. Ni su nombre. Su cuerpo era una gelatina que se derretía con fuerza para abajo, y me di cuenta que lo único que podía hacer era sostenerlo unos segundos y después pasárselo al de atrás. Papá nos había llevado a mí y a varios amigos, y volvimos en el auto en silencio, repasando la Panamericana con los ojos hinchados. El primero que dejamos en su casa se dio vuelta antes de bajar y dijo: hablamos a la noche para ver si hacemos algo. Ahí me di cuenta que Martín estaba solo para siempre, que nuestro abrazo era una garcha, que la amistad es verdad pero es mitología. Sobretodo mitología. Al día siguiente fue Navidad, y desde entonces es un minuto del año en que me paro en el balcón del departamento de mi abuela y me acuerdo que Martín está solo. Es un séptimo piso, algo de vértigo, que no es miedo a las alturas porque el miedo a las alturas no existe: existe el miedo a uno mismo, a querer tirarse. Tengo un vaso de clericó en la mano. Escucho los fuegos artificiales. No los veo porque el edificio de enfrente me los tapa. Yo también estoy solo.

Ese primo, el tercero de cuatro de la hermana de mi vieja, el Ruso, estaba recién operado. Tenía cuatro años y hubo que meterlo en la camilla porque meaba torcido, como que tenía el agujerito apuntando pifiado. Le pusieron una sonda que salía de la cabeza y terminaba en una bolsita que iba acumulando el pis. Al Ruso mucho no le importó, tenía cuatro años y todavía la pija no le significaba su vida, su porvenir, su descendencia y su masculinidad, todavía era eso que le colgaba solo para mear y ahora que tenía la bolsita era libre, porque ni siquiera tenía que ir al baño, iba corriendo y meando. Claro que la sonda se le salió en una carrera furiosa de cien metros a ver quién llegaba primero en una escondida y dejó un charco que habrá limpiado mi tía. El Ruso tiene veintiocho años y hoy, todavía, todas las navidades lo jodemos con lo mismo, nos sentamos en la mesa con el fiambre alemán en frente y alguno arranca: “Che, ¿se acuerdan cuando el meatorcido hizo un quilombo bárbaro en Ceballos?” y él se sigue enojando, para que disfrutemos de la ficción de una discusión que no molesta a nadie, que nos da la dinámica suficiente como para que no haya otras, más serias, para que sea ese el peor clima de la fiesta y no terminemos hablando de “¿Por qué dejaste a tu novia si era tan buena?”. Hoy la joda se la voy a empezar yo.

El único mensaje que me entró ayer alrededor de las doce, en el prime time de las antenas colapsadas, fue de Guillo, and I quote: “No dejo de pensar que hace un año estábamos en BKK. Un abrazo grande”. No respondí porque no iba a llegar, porque mi celular es el primero que se pliega a las huelgas cuando hay quilombo, y esos mensajes en paracaídas, once horas retrasados, producen una incomodidad en el receptor, pero respondo ahora, públicamente: Me pasa lo mismo, Guillo, la concha de la lora.

Fue la única Navidad que pasé afuera de mi casa, sin mi familia. Guillo, Tatán y yo aterrizamos en Bangkok el veinticuatro al mediodía, tras gugleo intenso de pasajes más baratos por las fiestas, pero no, dejamos constancia, es verso. Fuimos en Qatar Airlines, con el pulgar arriba de Franco Rinaldi, que sabe todo lo que hay que saber y todo lo que no es necesario saber sobre aviones y constatamos el placer del servicio durante veintidós horas de vuelo, parada en Doha incluida. Ah, pero el jet-lag. No hay entrada de wikipedia que pueda explicar eso. Hay que estar ahí: sentir el cuerpo pesado, el estómago revuelto, las dimensiones distorsionadas, los párpados empujando para abajo durante días. Ese primer día fue el infierno, y había que sostenerse hasta las doce en Khao San Road, que es una calle de turistas apretados consumiendo cervezas de un dólar y musculosas de tres dólares. Nos sentamos en un bar a las once, después de una siesta en el hostel de quince minutos o tres horas, nadie sabe, que nos partió al medio. Olores nuevos en Asia, eso es importante, y al principio parece el combo del jet-lag pero después no, después puede ser un mes y medio de olores nuevos. Pedimos cerveza tailandesa, brindamos, nos bancamos a un español que nos gritó fuerte, de cerca y en cueros, con un gorro de papanuel, escupiendo alcohol: que qué pasa que no bailamos o que no chupamos o que aguante Messi. Lo puteamos con la mirada, sin decir nada, porque estábamos muy mareados. Los campanazos de las doce fueron nuestro permiso para irnos a dormir y al día siguiente arrancamos nuestro viaje del todo. Navidad es expectativa pero no es nada, hay que dejarla pasar y seguir al día siguiente.

Pero las navidades de muchacha grande son distintas, mis visiones ahora son escatológicas, en el buen sentido, en el más navideño. Ya pasé por mil familias, por mil mesas, por mil poses, por mil llantos de las doce, por mil radiotaxis que no atendían mi llamado para volver a casa, ya no sé a qué muertos evocar, ya ni los recuerdo en los brindis, no me tomé el hábito por falta de superstición, tal vez sea desconsiderada. Ya no me aturden los petardos del infierno. Ya me disfracé, yo misma, de Papá Noel, para alimentar el divague infantil y disfracé a otros, ya aprendí a cocinar y me atribuyeron una especialidad como un mandato, para que yo ofrendase; pasé fiestas con hijos de otros, fiestas con viejas solteronas de otros, con gente que nunca más volví a ver, pasé fiestas enamorada y a los besos, creyente de aquello, femenina por la ilusión. Fiestas con casa nueva, con más casas nuevas, sin casa, con panza, con un bebé en brazos, con tres bebés en brazos sacándole fuerzas a mi juventud, como quien paga un rescate. Pasé fiestas en el geriátrico, con abuelitos fantasma comiendo papilla navideña y temblando por evocar un poco de pan dulce o de matambre. Pasé fiestas con celular y ahí fue un reencuentro, una risa, estábamos todos juntos pero en otro lado, después se viralizó el mensajito de las doce y colapsaban los servidores telefónicos, o los satélites, o las centralitas, o los corazones, qué sé yo, pero ya fue imposible hablar por teléfono mientras chocábamos las copas a nuestra salud. Y entregué a mis hijos los veinticuatro, para que la pasaran con el padre, y les puse las ropitas más lindas para irse con papá, que les vaya bien mis queridos, que les traiga muchos regalos Papá Noel, hijitos, ustedes se portaron muy bien todo el año, toda la vida. Y no les vi las caras cuando abrieron sus regalos porque la libertad también es eso, ahí tenés. Pasé una nochebuena con un apagón de luz, y conseguí un grupo electrógeno prestado en el hotel donde trabajaba, fui la alegría de la fiesta.

Ayer caminé por Palermo a la hora de iniciadas las fiestas, y estaba todo cerrado, y era más grande, más perfecto, no había un alma: una mujer llevaba bolsas con coca colas y sprites en cada mano, un locutor de radio en la vidriera de Radio América hablaba por el micrófono, y algunas parejas solitarias y elegantes cenaban en los pocos restoranes que estaban abiertos; casi vacíos al punto de poder apostar que ayer perdieron plata, tendrían que haber cerrado.   

(Angeles Salvador, José Santamarina, Juan Marenco. Navidad 2011)


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7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
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3. Almuerzo
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1. Residuo Nocturno
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