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Fuegos Artificiales

31 12 2011 - 14:19


Alejandra Koser

Un librito grueso como cinco Selecciones apiladas aparecía arriba de la mesa de la cocina, con su envoltura transparente para insinuar y no mostrar, su tipografía gigante con el año en curso, 1990, 1995, 1998 y una frase bien global: “los tornados y su naturaleza violenta”. Para mí todos los findeaño son el fin del mundo y algo que ver tuvo, en la maldita construcción de esa equivalencia, el Almanaque Mundial, con esos títulos, que hablaban más de los tornados por venir que de los ocurridos, como una agenda de desastres, y sobre todo con más de un millón de datos acerca de todos los lugares de la tierra, como prometía, como sigue prometiendo ahora, siguiendo con lo suyo, haciéndose el distraído con la exitosamente difundida práctica de guglear; porque en realidad y aún antes de disponer de internet, este objeto no entregaba datos útiles que nos servirían para la escuela, como decía mamá para justificar la acumulación de suplementos y enciclopedias ilustradas que nadie miraba por ahora, con su peligrosa tendencia al nunca, el Almanaque Mundial entregaba un sentido concluyente de llegamos hasta acá. Todo lo que pasó en todos los países encuadernado e infumable como la mismísima muerte. Y esa forma de irrumpir.


Sebastián Bonaudo

En vísperas del año noventa y uno planifiqué mi primera serenata. Tenía doce y gustaba de Marina Romero, la chica más linda en ir de visita al Fonavi de Arrecifes. Vivía en Berisso y pasaba esa fiesta en lo de sus tíos, frente a mi casa. Pero vos todavía estás en la primaria y ella tiene catorce, nene, le gustan los más grandes, me dijo su prima Nuria. No me jodía, ni tampoco que fuera porteña, porque visto desde Arrecifes todos los de Pilar para allá, son porteños. En esa etapa, de asfixiante desarrollo para ella, la había visto tres veces y todas con diferentes cortes de pelo; tuvo la bananita ondulada sobre la frente, el rodete solo y el flequillo desnivelado cayendo en las cejas. Ese último lo combinaba con remeras de grande usadas como vestido, con correa de fraile como divisor. Esos cambios de look me daban masa para idealizarla, para mantenerme ciento por ciento alzado con la misma mujer de un verano a otro, una especie de récord para mis hormonas de trotil. El plan de cantar coincidió con el furor de Mujer Amante de Rata Blanca —me gustaba que los más grandes y que parecían bien curtidos de todas las vertientes metaleras de mis primeras inquietudes musicales, nazis, hair pop y las mezclas de eso, le dijeran Rata— sonando en los minicomponentes de todos los barrios y que yo cantaba conmigo y solo para mí, frente al botiquín del baño para creerme el impulso, levantar el mentón al empezar las frases y concentrar el aire hasta la explosión del estribillo, y con codo arriba y puño cerrado, como Barillari en el hooooy—de—bo—saber—si es—ver—dad—que en algún laaa—do estás.


Angeles Frai

El año nuevo del noventa lo pasé en Villa Luro, en la casa de la tía Filomena, que de toda la patota de tías abuelas que tenía era la única que camuflaba una teta falsa de alpiste a la que la familia apodaba con respeto y fetichismo “el pecho perdido de la tía” y como en una descarga de humor negro cada treinta y uno ella se esmeraba en prepararnos sus pechugas a la naranja con un toque de añoranza, esa noche, cuando apoyó con orgullo la bandeja en la mesa, otra vez mi cabeza empezó a fabular que durante el minuto a minuto de su tarde en la cocina, Pedro, el jilguero que tenía de mascota, le cantaba con hambre, le pedía, y entonces una Mena enajenada entraba tres dedos por debajo del corpiño y contagiada de su propia risa, arrojaba al aire una lluvia repetida de semillas y le gritaba, “son mías, pájaro boludo, son mías”.                                              


Quimey Lillo

Papá fue un niño canillita, vendió diarios por las calles de Cutral—Có, nunca entendí bien en qué momento de su vida, ni por qué pero si sé que de muy chico tuvo que salir a trabajar porque su padre, Lolo, los abandonó a él, a sus tres hermanos y a mi abuela María. Y aunque era el más chico de los hermanos, Papá se hizo cargo de todo.Parece que era un fiestero, Lolo, pero querible porque mi viejo nunca habla de él con bronca, más bien, todo lo contrario. Tan lo contrario que cuando Lolo armó otra familia y se fue a vivir a un barrio periférico, Papá lo iba a mirar de lejos, se estacionaba a una cuadra para mirarlo entrar o salir, bajar de su camioneta Ford verde loro con su otra familia. Esta historia la conozco por mi mamá que la cuenta y llora. Dice: “Tu padre lo amaba a Lolo. Y el viejo no era malo…tenía esa debilidad por irse, perderse varias semanas, por las mujeres”. A los dieciocho mi viejo ya se había comprado el terreno en el que poco tiempo después construyó una casa y tuvo algo, intuición será, o bien, un sentido común aplastante, que lo hizo nunca jamás depender de YPF, como sí hicieron muchos otros que después, cuando en los noventa se privatizó, se quedaron sin nada. La historia de Papá sucede entera en Cutral—Có y tiene caballos, carreras de caballos, viento, cabarets y casinos, tiene amigos que no saben leer y amigos que leen mucho y amigos músicos y ahora hace unos años ya, amigos que se van muriendo y un amor profundo por todos ellos, por las sagradas reuniones de los viernes y por los viajes una vez al año a Chile a visitar a otros amigos con los que juegan al fútbol. El equipo argentino se llama Las Estrellas de Cutral Có y el chileno Los Pumas de Chillán. Papá es el coach de todo eso.                                                                                  


José Santamarina

Mis añonuevos siempre fueron en el campo de mi abuelo, con los ojos apuntados para arriba pero no por los petardos sino por las estrellas, la fascinación porteña de verlas dos o tres veces por año. Una vez adelantamos el reloj y brindamos a las once, para cumplir de un solo tiro con el protocolo y con las ganas de dormir. Y una vez le pusimos más huevo y compramos Coca light y Mentos, unas pastillas que arman quilombo cuando entran en la botella, como un géiser inducido. Lo hace cualquier boludo, como se puede ver en Youtube, y es una forma barata de reemplazar la pirotecnia y de impresionar a grandes y chicos: mi abuelo piensa que soy MacGyver. Bah, pensó ese día, que habrá sido hace cinco años, porque después empezó a pensar más torcido y un día terminó en pelotas en el living, diciéndole a mi hermana que no encontraba las llaves del auto. Ahora me confunde con papá y entonces yo ya no soy nadie. No se terminó su vida, porque le quedan varias temporadas en fadeout, pero nuestra relación se terminó para siempre. Se llama José. Y papá se llama José. Y yo me llamo José. Y algo está mal en todo eso.


Angeles Salvador

Los 31 eran la mejor fiesta., aunque no hubiera regalos, la casa de mis abuelos resplandecía, los detalles, la vajilla de plata. las copas de cristal. las bandejas con frutos secos y rompenueces por toda la casa, los manteles espumosos, la araña encendida y los veladores, los spots. En la terraza había más perfección: faroles como esferas, noche, sillones de metal movedizos y un sillón hamaca de tres cuerpos con toldo arriba y lona multicolor. Todos inventos de los setenta. Exageraciones de mi abuela que siempre quedaban bien, como su pelo rojo, su turbante a la moda y su tapado de leopardo en el invierno. Mis papás eran jóvenes y estaban juntos, y después de las doce venían sus amigos que también eran jóvenes y estaban juntos, y todos bailaban hasta el amanecer, con nosotros, los chicos bailarines, y con los viejos, con sus pasos torpes, con la mueca que desmiente la falta de sensualidad de un cuerpo anciano y sin oído, sin lubricación. Pero a los jóvenes, a los estandartes de la agenda, y de la fuerza, y del tiempo vital, no les importaba bailar todos juntos, festejaban y tomaban mucho alcohol. Y tendrían sus cosas, ahora ya las sé. Ahora, ya sé por qué bailaban sin parar y por qué hacían fiestas: porque era su momento; había pasado mucho aunque todavía les faltaba lo peor: decaer en el mejor de los casos, o morir jóvenes y dejar de bailar, como pasó.


Juan Marenco

Mi familia tiene una obsesión: mostrar que somos felices, como si fuésemos los Pereyra Iraola y tuviésemos que andar demostrando a nuestro sector social lo bien que estamos, como nos queremos y pasear por el mundo dejando sonrisas “ay, no sabés que lindo regalo que me hizo el gordo”. Cuando digo “Mi familia” es nosotros cinco y la extendida de mamá, los de mi viejo son “la familia de papá”, como unos excluidos, distintos, porque ellos no son así, ellos no muestran esa felicidad porquesí. Mi abuelo “de la familia de mi viejo”, Toto, era mi ídolo, el rey de la frontalidad, de la no simulación, de decir lo que quería cuando se le cantaba sin importarle quién estuviese en frente, como cuando le gritó “¡Puta!” a una enfermera sólo porque la inyección le dolía mucho. Eso me gustaba.

Ir a Disney es como el summum del pensamiento pro happiness, la militancia de la felicidad, vas a unos parques donde todo es fantasía, todo mentira, donde cientos de empleados subpagos se disfrazan de Pluto o de Mickey y le sacan una sonrisa a al nene de diez años que fue a ver a sus personajes favoritos y, ya que estamos, a comer pata de pavo sentado en la vereda, con las piernas abiertas. Porque si no comiste pata de pavo, no fuiste a Disney, sabelo.

Toto era el centro de los cumpleaños, llegaba con su bastón de madera tallada y mango de mármol por una renguera simulada, nunca por un diagnóstico médico, puteando por la humedad, diciendo que este país de mierda es insoportable para los viejos, que acá no se puede vivir, que cuando era joven y bailaba y boxeaba no le importaba, pero ahora estaba hinchado las pelotas, no quería caminar más. Así hablaba Toto,  puteaba y decía que se quería morir, tirarse en una cama y dejarse estar. “¿Te gusta este anillo?”, me dijo cuando me agarró una vez chusmeando un cuadrado de oro que tenía en el meñique izquierdo, “cuando me muera quedateló”.


Florencia Mazzinghi

Los deseos para el año que viene ¿a quién se los pedimos? ¿Al número par, al destino, a la autoexigencia, a La Cámpora? Acá no hay cristo que nazca, ni papá noel que reciba cartas, ni velitas adelante que mirás fijo para contentar a los que te están rodeando y al que preparó la torta, cerrás un cachito los ojos en la parte pautada para pedir tres deseos, pero es todo un acting, de verdad de verdad no los pedís, para parir deseos más pensados seguís invirtiendo fortunas en terapia. Estamos hablando del paso de un minuto, del 11:59 que se resetea a 00:00 y eeeeeeeee, vuelta a repetir el asunto del brindis y van. Hay algo exagerado en los gestos, la imposición de los rituales programados no deja mucho margen a la espontaneidad, pero seamos dóciles y alegres y positivos y feliz año. Corrí a un costadito mis recuerdos de los festejos por inexistentes, porque no te diferencio un año de otro, porque para un miembro de la feligresía de los Mazz, de La Famiglia, es una cena más de las 138 que se hacen por año con excusas que van desde un casamiento a la caída del primer diente de alguno.


Sebastián Bonaudo

El treintiuno, a las nueve de la noche, las cuatro manzanas que componen el Fonavi quedaron a oscuras, fue la fiesta en la que más llovió de toda mi virginidad. El corte debe ser general, dijo mi mamá, que volvía de hacer la cruz con sal gruesa en el patio, el primer paso de su ritual cuando empezaba a tronar. Por la ventana se veían pocas casas con los espíritus santos en los faroles. Nosotros prendimos la cabeza de vela de un papá noel que estaba en el pesebre y para cuando empezó a derretirse la caída de la barba ya habíamos terminado de comer. Después de brindar, el abuelo Cachi cabeceaba con los brazos cruzados y afuera ya no se veía el cordón de la vereda. Con mi hermana jugamos a adivinar las marcas de los autos que pasaban a los bocinazos, armando alas de agua y con las luces altas y ganó ella, que tenía buen oído para detectar los Renó doce. Los compañeros de mi serenata eran Mario y Fisu, mis vecinos patio contra patio, que bailaban folclore, no tocaban guitarra pero yo tenía una con todas las cuerdas y ellos se sabían algunos acordes para acompañarme. Nunca aparecieron. Decidí avanzar solo, emputecido con que iba a cantar, para acercarme lo más posible y para ver si me animaba cantando suelto, a capella. Agarré la linterna de pilas grandes, que se usaba para grandes ocasiones. Sumergí las dos chancletas en la calle y atrás mi mamá hacía futurología  a los gritos. Que iba a quedar pegado a un cable suelto, que me iba a romper una pata. Que me iba a cagar a cintazos en vez de llevarme al hospital. Me adelanté con las pantorrillas firmes, empujando la correntada hasta poder cruzar. Siguió gritando pero el chaparrón no me dejaba oír bien y le hice el ademán de mandarla a la mierda. Mi abuelo dijo algo en voz alta, con furia en la í, que pudo haber sido un dejalo tranquilo o dejame dormir.

Todavía estaba lejos de la vereda de los Romero y el latigazo de un relámpago me mostró a Marina, de vestido pastel, riéndose en el porche con otras personas. No advertí si se trataba de una imagen colada a mi escena pudorosa o solamente eran festejos por su cuenta, pero apagué la linterna antes del trueno. Tanteando en la oscuridad hasta encontrar un árbol, pisando barro, perdí la confianza y pegué la vuelta. Adentro de casa no contesté ninguna pregunta y escuché la lluvia sentado en la mesa hasta quedarme dormido al lado del abuelo.


Angeles Frai

Después de la comida la tía sacó del cristalero sus mejores copas, separó en un montoncito su docena de pasas de uvas y rezó un padre nuestro en voz altísima. Las doce! las doce! chin chin, muá muá, gluc gluc, llegó el segundo tiempo, el mío, el que había esperado como una púber cautiva mientras la sangre comediante de mi tribu salpicaba las paredes con su extravagancia, y entonces, por fin, y a contramano de la cenicienta, después de medianoche me exilié en la terraza de Diego Nicolás Maitía, el hijo del kiosquero de enfrente, que me esperaba adentro de una calabaza para besarme en serio, me lo había adelantado ya esa tarde Samanta, mi prima, su mejor amiga, cuando apenas tocamos el timbre le sacó diez cuerpos de ventaja a la bienvenida parsimoniosa de Mena, saludó rápido a mis hermanos y a mis viejos, me arrastró hasta el baño y con cañitas voladoras en los ojos me contó que Diego había logrado ablandar a los padres y me invitaba a bailar con él en su terraza; también empezó a trastornarme con el tema del uso de la lengua, porque la experimentada era ella, y estaba al tanto de que lo más loco que había hecho con mi boca era un pico penoso con mi noviecito intermitente de sexto grado, adentro de un carrito de la montaña rusa del Parque de la Ciudad en el que aprovechando el vértigo de una curva peligrosa, y de pedo, chocamos torpes nuestras caras.


Alejandra Koser

Tengo la edición del Almanaque Mundial de 2005 en el departamento de Palermo donde vivo lejos de Trelew y de papá y mamá y juro que no lo compré. Las caritas de Bush y Britney Spears y Michael Moore y Mandela todas apretadas en la tapa. La muerte de Marlon Brando en julio, el nóbel de medicina a dos suecos que algo bueno hicieron con la resonancia magnética y que el Almanaque no puede precisar: de lo que se trata es de las bajas clínicas y los premios, enterrar y resaltar, consignar el mundo bien apretadito dividido en categorías clásicas como los países, y otras más ambiguas como hechos del mundo y personajes destacados del pasado —un pasado más viejo y que no viene al caso si uno se toma en serio el proyecto editorial— y decir con esta recopilación que bueno, que esto ha sido todo, como si fuera posible que el 2011 tuviera algo que ver con Takijistán.


José Santamarina

El de 2000, ese sí que fue un Año Nuevo. Tanta espera, tanta escolarización con Bradbury de profeta y era todo poesía, ni un puto auto volador, ni un puto marciano para abrazar. A mis papás les dio culpa estar en el medio del campo para el cambio de milenio, un acontecimiento semejante, así que nos quedamos en Buenos Aires unos días más, favorecidos porque en Tandil había llovido los días anteriores, lo que retrasaba la cosecha de trigo e inutilizaba a papá por unos días. Para hacerla entera sumaron a mis tíos y a mis primos y reservaron mesa en un restaurant de Puerto Madero, que mi memoria no anotó porque a los quince años yo no sabía que las marcas y los precios significan tantas cosas, o lo intuía pero me hacía el boludo, reprimía y sembraba culpa, reprimía y sembraba más culpa, así que no tomé nota. Fue una noche linda. Nos obligamos a que fuera importante, y entonces lo fue, como pasa con todas las cosas. Antes de salir sintonizamos TN y nos hermanamos con los que ya estaban en el futuro: primero los australianos, después los chinos, después los coreanos y así, de derecha a izquierda, como todos los años, como todos los días en que allá ya es mañana y acá hay que bancarse el presente. La cena estuvo bien pero lo mejor fue después, cuando nos levantamos de la mesa con mi primo, mientras los grandes pedían café, y nos colamos en el salón de al lado donde había una fiesta privada. Afanamos daiquiris y cotillón de una mesa y nos metimos en un trencito humano que pasaba por ahí. Después volvimos porque una señora se dio cuenta y nos miró fijo, nos juzgó un rato con los ojos bien abiertos, como si fuéramos ladrones o como si fuéramos pobres.


Angeles Salvador

La casa de mis abuelos estaba arriba de la carpintería de mi abuelo. Un aserradero de ciudad, un negocio claro y noble. La carpintería tenía máquinas enormes, sierras, tornos, muchos empleados, maderas por todos lados y alfombras de aserrín parodiando el otoño. La madera tenía olor a mi abuelo. Mi abuelo tenía sus heridas de guerra también, injertos de carne para reconstruir los dedos rebanados por la sierra. Tenía polvillo de madera en la cabeza y en la cara y un metro amarillo asomando del bolsillo del jean. Era una carpintería enorme, y llegaba hasta la mitad de la manzana. Un 31 tuvimos nuestra bengala perdida. Brindábamos en la terraza en el instante crucial, en el pase, y de los edificios linderos nos gritaron, nosotros respondimos con las copas en alto, confundidos, hasta que entendimos: fuego. Una cañita voló adentro del galpón final, sobre un colchón de aserrín, y tranquila empezó a incendiar los rulos de viruta, la comida de las llamas. La velocidad de la combustión que auguraba ese templo de lo leño nos causó pavura  de que todo terminara ardiendo.  Mi papá fue el héroe esa noche, después lo vi llorando en el baño lavándose las manos y las caras negras de hollín o de humo. No sé qué hizo, pero fue a apagar el foco del incendio, con un balde, y casi pierde la noción, intoxicado y ciego. Casi. Después llegaron los bomberos, cortaron la electricidad, echaron a los héroes y controlaron todo. Afanaron también. Era el momento de hacer rendir la guardia. Era una fecha especial. Por todo esto es que con mi papá siempre decimos que la culpa la tiene el que tiró la bengala.


Juan Marenco

Fui tres veces a Disney, a los trece, a los quince y a los dieciocho, disfruté como un clasemediero venido a más de las bondades del uno a uno, viajando a Miami, Orlando y el Caribe, pero sobre todo el foco estaba en Disney. La última visita fue en diciembre de dosmil, un año antes de que se termine la convertibilidad y la posibilidad de viajar por American y alquilar autos en Hertz a un precio razonable. Costó decidir si íbamos, Toto estaba mal, hacía tres años que iba y venía de las internaciones, pero esta vez pensábamos que se moría en cualquier momento y no sabíamos si posponer o no las vacaciones. Después de una reunión familiar decidimos: todos a Disney entre el veintiocho de diciembre al siete de enero.
En año nuevo brindamos solos, compramos unas pizzas, unas Coronas y a la cabaña que habíamos alquilado. A las diez de la noche de allá chocamos las botellas de 330 cc como si estuviésemos acá, militamos la argentinada en el horario y nos fuimos a dormir, “Feliz año eh!”.


Florencia Mazzinghi

Mi patio comparte pared con el patio de Teleperformance, un call center al que no se le conoce entre sus filas un adulto mayor de treinta años, por lo menos no en las reuniones de parado que arman en la vereda ancha de Carlos Pellegrini, a las siete de la tarde, antes de separarse hasta el día siguiente. Para regar los geranios tengo que subirme a una escalera, llegar así hasta las macetas apoyadas arriba de la medianera, y desde ahí pude presenciar el brindis de fresita, 7up y fanta que hacían los dieciseis que dejaron de guardia para atender los llamados del feriado trucho. Uno con más resignación o espíritu de grupo que el resto trajo un afiche celeste, escribió DESEOS 2012 en letras gordas y femeninas y lo pegó con cinta de embalar para que lo veamos los quince. Yo sufría por ellos, en mi oficina intentaron hacer algo parecido y me fui al baño para no volver más, a mí no me disfraces el capitalismo de emociones, dejame que te cumpla con los objetivos y agradeceme que no me enfermé en todo el año. Pagame bien.
Pero estos chicos son menos fóbicos, están mejor socializados o son menos pretenciosos, no sé, iban pasando todos y escribían “recibirme”, “buscar a alguien en la torre eiffel”, “ser feliz”, “conseguir un departamento”. Hasta que una rubita que no me había llamado la atención hasta ahí, rasgos de la cara un poco amontonados, 1,55 calculé, agarró el marcador y puso: “ganar más $ o cambiarme de trabajo”. $ así, con gimnasia en el ahorro de caracteres. Reprimí el aplauso para no ser descubierta pero una de estas tardes, si la reconozco en la vereda, la invito a tomar una cerveza.


Angeles Frai

Diego tenía doce, igual que yo, y me parecía el más biutiful del planeta, ningún improvisado, el tipo se movía despacio, con confianza, sin apuros, usaba remeras Hering y visto de frente se parecía bastante a Patrick Swayze. Había empezado a gustar de mí hacía un rato largo ya, como tres semanas atrás, en la comunión del hermano de Samanta, ahí fue que empezó a hacerme una marca personal pero moderada  porque a mi viejo justo ese día se le había dado por husmear en territorio adolescente . Igual juntó coraje él, y al dorso de un papel glasé violeta metalizado, con una cursiva espantosa, me confesó que no podía creer cómo me animaba a sacudir así  el pelo cuando bailaba Little Respect. Clink caja en el corazón.
En la sobremesa del brindis un tribunal de adultos al borde de la borrachera nos dio el pase libre a Samanta y a mí para tirarnos de cabeza en el asalto que mi chico había organizado. El baile oficial fue en el patio de Diego, pero enseguida empezaron a sonar los lentos pegajosos de Banana y nos fuimos a probar besos a su terraza, hasta que a eso de las tres y disfrazado de policía,  papá vino a buscarme.


Alejandra Koser

Diciembre. Hechos del mundo. Tuitié que tenía miedo, pero ya estaba sentadita en mi asiento 11F y el avión iba a despegar a tiempo, bueno, quizás unos minutos más tarde, pero el espíritu, que es lo que hay que cuidar en las leyes, se estaba respetando, y en este caso era llegar a eso de las nueve o diez a Trelew, dos días antes de año nuevo. Al lado iba una italiana morocha de treinta y pico y después, en el asiento del pasillo, un italiano que leía la revista de Aerolíneas en voz alta, lo que importa frente a las adversidades de la vida es la actitud, con eses españolas. Despegamos y él se acomodó arriba del asiento, en cuclillas, y estiró el brazo dorado con un paquete de chicles verdes y rectangulares y yo dije bueno, gracias, y hablamos del sur de Italia y del sur de Argentina y de El Calafate, que yo no conozco, donde ellos querían ir en un auto alquilado. Argentina es lindísima, las argentinas son lindísimas, tú tienes espejo, me dijo el italiano atrevido, y yo dije gracias gracias, muy lindo el piropo con turbulencias, y la italiana se rió lo más contenta alargando la risa todo lo posible porque después qué íbamos a decir y yo miré la ventana negra y empeoré la atmósfera de por sí mal presurizada. La comida no llegaba. El avión se movía pero nada para ponerse a llorar. Un dindón y una voz femenina: “señores pasajeros, les informamos que debido a una falla técnica vamos a retornar al aeropuerto Jorge Newbery, donde aterrizaremos en veinticinco minutos”. El italiano me miró con los ojos azules en su máxima redondez. Las cabezas se movían para todos lados y mis compañeros de fila hablaban de demoras, de cancelaciones de hoteles; yo pensaba que nos íbamos a morir. Las quejas del italiano me mantenían valiente. La azafata controlaba que tuviéramos los cinturones de seguridad, dios mío, unos cinturones que te agarran a un asiento de juguete que está atornillado a un avión de juguete que se va a estrellar y se va a disolver en el mar en el asfalto o en un feedlot de la pampa. Emilia, así se llamaba la italiana, decía que no tenían donde dormir en Buenos Aires y yo me imaginaba escenas esperanzadoras donde estábamos los tres juntos apostando a la vida con humedad y fricción. “Señores pasajeros, en minutos más vamos a estar aterrizando en el aeropuerto Jorge Newbery, donde la temperatura es de veintitrés grados…” Aterrizamos nomás. Aplausos aislados y breves. Mordisquié una hamburguesa cortesía de AAR en el patio de comidas, Emilia y Andrés comieron milanesas con cubiertos de plástico, miramos en las pantallas todos los goles que hizo Messi en la Selección, que parecían pocos pero son más. Llamé a mamá y no atendió. Volví a llamar. Estoy bien pero estoy acá otra vez, como en un nudo recaldiano.  A las doce y veinte nos paramos los tres de la mesa de Pizza y espuma, me colgué mi bolso negro y mi bolso fucsia. Emilia dijo: “oh, tienes la misma tinta en las uñas y en el bolso”, feliz, tocándome el meñique, y cuando se terminó el momento, al pie de las escaleras mecánicas, dijo “esperemos a mi hermano”. En el avión hubo que aguantar un poco porque una señora vomitaba: es una de las vuestras, les dije, una italiana, y Andrés dijo pero ésas son del norte. Me dormí y cuando me desperté no sabía si estaba acá o allá o dónde pero eso es lo que siempre me pasa cuando caigo rendida después de mucha emoción.


Quimey Lillo

Todos los años desde que recuerdo mi viejo para las fiestas se pone mal. Se va a dormir antes o anda distinto, entristecido, dice mamá que se acuerda de esa época, de cuando era pobre. No lo dice así, dice algo con la palabra “necesidad”. Me acuerdo de Poros y Penía. Cuando mi abuela todavía vivía mi viejo a veces le recriminaba que esperara a que las zapatillas tuvieran agujeritos para comprarle nuevas y que eso lo avergonzaba en la escuela. Este año nuevo es especial. Papá tiene a su primer nieto que es mi sobrino. Se le nota que está lleno de amor aunque es parco y no dice nada, además tiene una casa linda llena de hijos que dentro de todo zafamos bastante, bueno, algunos más que otros. Él como padre hizo lo que pudo, digamos que se pareció un poco a Lolo, perfiló bastante para ese lado en cierta época y recién ahora, esta noche, 31 de diciembre, entiendo que lo superó, que hizo un gran esfuerzo y fue mejor que su padre: mis hermanos y yo contamos siempre con él. “Cada uno carga con su historia”, me dijo mi mamá un día que le recriminé no ser más segura de si misma. Cada uno carga con su historia. Y el año nuevo no cambia nada de eso.


Sebastián Bonaudo

Para findeaño me gustaba armarle una lista de milongas a mi abuelo Cachi. Las escuchábamos en el Aiwa del quincho mientras las mujeres hacían platos fríos y livianos. Había una de Larralde que decía voy tranqueando mi mundo sin más riqueza que la lonja de mi cinto pa’ que haga juerza. Fue la que más le oí tararear. Una vez quise sorprenderlo poniendo De los pagos del tiempo versionada por Almafuerte y le pregunté si había reconocido esa letra. Se mordió el labio inferior y después dijo que en la cartilla de médicos de la mesita de luz suya tenía dos o tres fonoaudiólogos, que después me los pasaba. Fue su mensaje—respuesta para mi sicopateada de rock.

La última despedida de año que pasamos juntos fue la del día siguiente a las muertes de Cromagnon. Cuando se enteró por radio, estaba regando la vereda y le pidió a su vecina Alicia que por favor me llamara para saber si estaba en Arrecifes. Ni distinción entre bandas barriales–chabón–ricotero–rollinga–trashero o grindcore, el abuelo tenía solamente un solo nieto varón, que era rockero, y me hizo despertar a las siete de la mañana. Yo me enteré en ese momento que habían muerto un montón de chicos en el Once, en un recital, y don Cachi andaba un poco preocupado, dijo Alicia. Pero yo estaba bien. Vivía en Arrecifes pero estaba bien, y lo único que alcancé a decirle fue que no me gustaba Callejeros.

A la noche llegamos al quincho bien informados del asunto, y no llevé sus milongas para despedir el año porque estaba roto de angustia, y de otras sensaciones que todavía no puedo explicar. Le pregunté si no había exagerado con el llamado. Cómo te falta rocío a vos, nene, me dijo. Yo me quise reír pero soplé fastidio y le guiñé un ojo, fue como dejársela picando, me dijo que tenía que sacarme la puta costumbre de subirme a cualquier chevallier sin avisar a nadie. Eran las secuelas de una escapada a los quince para ver Ramones en Vélez que mi abuelo tomaba como caso testigo, y era el miedo que la televisión nos había mostrado a los dos hombres por igual, comprendiendo Cromagnon a nuestra manera. El horror, su secreto de abuelo y mi tesoro de nieto. Estuvimos sentados en las reposeras del quincho siguiendo la cobertura de la tragedia. Apenas se escuchaba el golpe del hielo en nuestros vasos de Gancia y las paletas del ventilador de techo. Él dijo muchas veces malparido cuando mostraban la foto de Chabán y se preguntaba qué clase de cristiano hace una cosa así. De la banda no dijo nada, a mí tampoco, pero también se preguntaba cómo se podía perder plata y tiempo yendo a esos lugares.

Todavía me conmueve esa transferencia, tal vez equivocada del abuelo, pero descubrí que la manipulación perversa del entusiasmo, notariado como inocencia, es el plutonio dentro del táper. Yo que tenía tan claro pintar banderas con mis amigos, para levantarlas bien alto y que el Indio o Mollo dijeran Arrecifes, qué orgullo, y qué patriota sumando millas de saltos por no ser inglés, yo, que también quise que muera gente tantas veces, pensé. Cómo hacía, a quién le pedía perdón, que tantas veces había gritado por la muerte de Cerati, antes de exigir justicia por esos pibes que fueron tan entusiasmados a aguantar la desesperación de Callejeros por vender muchas entradas. Hoy me pregunto si todo ese empuje de odio repetido no tuvo que ver con el ACV que nadie festeja. Sin embargo, ahí está, para los que buscábamos castigar el no aguantar los trapos, el cuerpo de Cerati jugando al cadáver, a punto de darnos el gusto, vamos, salgamos del escondite los que bregamos por la muerte de un compositor de canciones. Que no sea otra muerte que valga una cifra o que ostente una fecha o unas zapatillas o una foto, como la de Miguel Ramírez, que después de Cromagnon murió aguantando por La Renga pero, como individualizamos al que prendió la bengala, el rock ya no tendrá la culpa de nada. Sé que a los rockeros nos encanta hablar de eso. De drogas, de coger y de matar. Y en el rock nadie va preso por matar.


Juan Marenco

El cuatro de enero fuimos a MGM, el parque de las películas, al que vas para hacerte el hollywood, para pararte sobre fondos de películas y sacarte la foto, para pegarte un cagazo bárbaro con el juego de Tiburón y calentarte un poco con el de Roger Rabbit, pero lo que más nos gustaba era ir a almorzar a un restaurant que comías en el auto, tipo autocine, te sentabas en la butaca y le clavabas una hamburguesa con fritas. Había que reservar temprano, eso sí, entonces llegamos y mi viejo, anticipado, porque “ganar tiempo es ganar guita” pidió lugar para los cinco a las doce. Lo esperamos en la zona de los baños y cuando volvió, antes de seguir con el recorrido llamó a Buenos Aires, se había quedado preocupado la última vez que habló, decía que el abuelo respiraba raro.

Volvió llorando, la abrazó a mi vieja primero, después a todos juntos, un abrazo de grupo, un abrazo de rugby pre partido, como para darnos aliento, para decirnos que todo iba a estar bien, que la veíamos venir, que ya estaba viejo, noventa años tenía Toto, hace como tres que estaba mal papá, qué le vamos a hacer. Mamá me miró, lloraba también, y me dijo: “está en un lugar mejor”. Lo dijo con la mejor intención pienso ahora, pero pobre, no se acordaba que yo estaba en época atea y no se vio venir la respuesta: “¿Por qué no te vas a la puta que te parió? ¿Qué mejor? ¿Seis metros bajo tierra es mejor? Dejame de joder” y volví a abrazar al viejo, por última vez lo abracé, no soy un gran dador de afecto, pero la situación lo merecía.

“Me vuelvo ahora”, dijo papá, “me tomo el primer vuelo así llego al entierro”. El ingeniero que se recibió con medalla de honor cedió toda su racionalidad y increíble capacidad con la matemática a sus emociones y no pudo hacer bien la cuenta de que no había ninguna chance de llegar a despedir al abuelo, de ver como el cajón bajaba al agujero negro dentro del campo de golf ese que es el Jardín de Paz. Lo convencimos rápido,
ya estaba, listo, no podíamos volver, había que seguir con el viaje.

—Bueno, dijo papá, está bien. Ahora vayamos a comer al lugar ese que nos gusta.

Cuando nos sirvieron las cocas en vasos de vidrio grandes y repletos de hielo, nos miramos con la vergüenza y la culpa que significaba levantar un vaso de gaseosa y no de vino para brindar. “Por Toto”.


José Santamarina

Mi familia es el comosifuésemos de la de Juan: somos los Pereyra Iraola. El apellido está escondido porque lo trajo mi abuela, y se sabe que a las mujeres no les corresponde transferir identidad, pero la complicidad es la misma, sobretodo por las hectáreas en Tandil. Cuando éramos chicos y volvíamos del campo, cada vez que pasábamos por el Parque Pereyra, mamá nos enseñaba que eso era un campo de su abuelo y que Perón se lo había expropiado porque sí. Entonces nosotros íbamos al colegio y cuando los profesores nombraban a Perón presentábamos la sentencia como si fuese definitiva, como si tuviésemos una carta que no existía en el mazo de los demás. Y nos apropiábamos de la historia como si fuera de anteayer: “El campo era nuestro y Perón nos los afanó”, decíamos, y proyectábamos lo cómodo que hubiese sido tener un campo tan cerca de casa para ahorrarnos el viaje hasta Tandil, con todas las peleas que implican las cuatro horas en el auto. El asiento de atrás siempre fue un escenario bélico para mí y mis tres hermanas más chicas, pero papá me decía que a las mujeres no se les pega y algún día, o en la suma de varios días, entendí y no les pegué más, ni a ellas ni a ninguna mujer. Las cosas blancas o negras en casa, como se ve, la composición de un registro hollywoodense para entender la realidad, quiénes son los buenos y quiénes los malos. En ese termómetro, la otra premisa que imprimí en mi mente sobre Perón es que era un presidente que mandó a quemar iglesias. Eso es verdad y es mentira, qué sé yo, pero gran parte de la vida adulta consiste en desaprender. Supongo que el resultado no importa, que es como una ecuación complejísima que se resuelve sufriendo y que al final no da un número sino un rango infinito de números posibles porque en el fondo era una distracción y lo que importa es otra cosa, porque resulta que Juan y yo, los dos ante el último año nuevo de la historia, a las puertas del fin del mundo, terminamos hablando de nuestro abuelo, uno porque se murió y el otro porque se muere.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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