Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Los Bichos

22 01 2012 - 02:58

Al volver de la playa vimos que unos enjambres habían tomado posesión de las aberturas de la casa. Me estaba manguereando en el jardín para sacarme la sal y Manuel me avisó: “¡Papá, mirá esto!”

Los bichos eran muy torpes, una mezcla de mosquitas con avispas con hormigas voladoras. Parecían tener las características menos evolucionadas de cada uno de ellos. Inofensivos al tacto, se amontonaban entre sí como si cada uno pensara que el de al lado era su presa, o su contrincante, o su objeto sexual, ignorando por completo ese motto que circula estos días de que si nos organizamos cogemos todos, o quizá cumpliéndolo a rajatabla. Lentos, blandos, de vuelo corto, en un primer momento nos quedamos contemplándolos con el mismo horror que ante la marabunta que avanza, y mis pensamientos se aceleraban hacia un desenlace catastrófico que todavía no puedo desmentir del todo, porque esto recién empezó.

El territorio ocupado por los bichos fueron los mosquiteros, pero del lado de adentro. Es posible que haya quedado algo abierto. La puerta principal, que nunca usamos, está sobreprotegida por una reja exterior, y entonces muchas veces dejamos abierta la puerta de par en par con la reja cerrada. Hay que mencionar que, con los años, los uruguayos han empezado a desarrollar paranoias similares a las de los argentinos y entonces hablan de la inseguridad, la droga y la crianza de los hijos, a quienes denominan ‘niños’ o ‘gurises’. Dicen querer irse de Montevideo, a vivir en sitios más tranquilos, y cuando uno escucha esto se deprime por el estadío al que ha llegado la humanidad al conformar un organismo cuyas células son las familias, y se convence de que no hay escapatoria, que dondequiera que uno huya en busca de tranquilidad se encontrará charlando con gente que dice querer huir de ahí, de ese lugar supuestamente tranquilo en busca de mayor tranquilidad.

Entonces los propietarios de casas de veraneo colocan rejas en todas las aberturas, para evitar el raterismo. Acá en Uruguay, dicen ellos, el que las hace las paga. Pero al mismo tiempo sostienen que ha crecido la delincuencia así como también ha mejorado el standard de vida de la gente común y ha disminuido la pobreza. En realidad, van corrigiendo, no es tanto que haya aumentado la delincuencia como que se han roto los códigos de humanidad, y entonces cualquier adolescente mata a un padre de familia por negarle la billetera y el celular. Lo mismo que allá, dicen. Parecería entonces que la delincuencia no creció ni disminuyó, pero que la temática de la criminalidad nos da a los argentinos un aura de importancia, de superioridad que los uruguayos intentan emular. En las sociedades avanzadas la criminalidad se hace más sofisticada, es un rasgo de crecimiento, si hay más que roban es porque hay más para robar y si los que delinquen son adolescentes, significa que vale para todos eso de que los chicos son ahora más despiertos que antes, y es por eso que queremos darles mayor tranquilidad a los chicos nuestros, que se críen bien. Y así un pueblo y el otro se ven hermanados por las mismas problemáticas.

La dueña de la casa nos había advertido que está por cambiar el juego de comedor porque el que hay se está apolillando, y teme que la polilla invada los cielorrasos de madera y tenga que terminar haciendo una reparación mucho mayor. Entonces va a cambiar la mesa y sillas que tienen el mismo aspecto de las que se compraban hace mucho tiempo en Benavídez, de guatambú con volutas torneadas, por una mesa de caño con tapa de vidrio, y a otra cosa. Desde que la conocemos (hace ya muchos años), la señora Alma va realizando este tipo de cambios en la casa, a los cuales denomina siempre mejoras, y no es que uno ironice como que las cosas en realidad empeoran. La mesa de guatambú no es linda ni cómoda y se la están comiendo los bichos, pero difícilmente la mesa de caño y vidrio templado sea mejor. Probablemente la mesa que estaba antes de la de guatambú fuera sí mejor que ésta, pero ahí ya pasaríamos a la especulación bizantina. Las mejoras de Alma parecen no tener fin, y año tras año nos relata todo lo realizado en el período y lo proyectado para el futuro.

Discusiones sobre si los cambios son para mejor o para peor, anoto. Los seres humanos modificamos nuestro hábitat aprovechando que otros seres humanos descubren nuevas leyes de la naturaleza y el universo. Esos descubrimientos permiten diseñar objetos que alteran de una manera u otra la misma naturaleza en que fueron engendrados, pero siempre a partir de las leyes de la naturaleza preexistentes. Nadie inventa nada, dentro de las leyes todo, etc. La señora Alma quiere poner una mesa de caño para erradicar la polilla y habrá quien diga que de esa manera se va extinguiendo la fauna autóctona, que la polilla forma parte de un ecosistema y que las pinturas de las mesas de caño producen emanaciones de gases tóxicos que a su vez originan nuevos desbarajustes en la biosfera y así sucesivamente. Pero las novedades triunfan a largo plazo. Porque son más baratas, porque son más simples, porque todo el mundo lo hace, porque nadie quiere quedarse afuera o porque la ecología no es sustentable. Al final todo será destrucción, pero la destrucción también es inviable. En todo caso, quedará la materia estéril.

Desde afuera, desde el jardín a mediodía, la casa se ve opaca y no se distingue qué hay dentro de las ventanas. Un poco por la luz exterior, otro poco por los mosquiteros y las cortinas. Sí se puede adivinar porque es siempre lo mismo: la mesa apolillada, las sillas, la televisión, los enseres de cocina, la heladera, la canilla de la bacha que tiene un trozo de manguera cubriendo el pico para poder darle dirección al agua. O bien porque son las cosas que hay normalmente en una casa en Costa Azul, cualquiera podría adivinarlas. Entonces tengo internalizada la situación de no ver el interior, y por eso no distinguí que hoy era distinto.

Los bichos estos habían formado una masa compacta que cubría todos los mosquiteros por completo, desde adentro. Se superponían unos a otros (a veces hasta en una triple capa), se caminaban por encima y se desplazaban haciendo vuelitos, pero el conjunto no dejaba intersticios. Formaban una tela compacta y brillante como de lentejuelas negras, que no dejaba pasar la luz ni el aire. Habíamos dejado la casa cerrada solamente con las rejas, pero la encontramos tan calurosa como si hubiésemos dejado puertas y ventanas cerradas por completo. No sabíamos si lo más prodigioso era la novedad de unos bichos desconocidos, el orden de la formación y lo abigarrado de los enjambres, o lo súbito y espontáneo del fenómeno (habíamos estado tan solo un par de horas en la playa).

Tampoco sabíamos si los bichos habían venido desde afuera o desde adentro.

Al principio yo no sabía qué hacer. Cuando era chico y aparecían hormigas, mi papá ponía agua a hervir y las quemaba, hacía montañas de cadáveres de hormigas que iban a parar a la fosa común del incinerador. En esa época no había bolsas de residuos y la basura se envolvía en papel de diario y se tiraba por un tubo cuadrado que había en cada piso, y todo eso iba a parar a una especie de horno crematorio donde los encargados de edificios quemaban día tras día los desechos de un edificio, cada cual el suyo. La ciudad se llenaba de smog, pero como contraparte no había recolectores de residuos ni cartoneros, y los porteros hacían un auto de fe diario, con el cual quizá limpiaban su alma, eran también como funebreros cotidianos de las excrecencias que no iban a parar a las cloacas. La Dictadura, a través de su intendente Cacciatore terminó con toda esa incineración para instituir la recolección. Otro caso de lo nuevo y lo viejo en contradicción por ver qué es conservador y qué es progresista.

En la casa de la señora Alma hay una palmeta para matar moscas. Fue lo primero que ví, y por unos instantes dirigía la mirada alternativamente a la masa de bichos y a la palmeta — como dimensionando el problema, pensando cuál sería el diferencial de bichos muertos respecto de los bichos fugados utilizando esta modalidad. Me veía planeando un exterminio, y no me importaba en lo más mínimo. Tenía muchísimas ganas de que hubiera uno de esos encendedores de cocina con llama para quemarlos en masa, pero en cambio sólo teníamos uno de chispazo eléctrico. Lo usé para poner agua a hervir, como hacía Papá.

Mientras tanto vigilaba a los bichos como si hubiera riesgo de que se dieran a la fuga. Probaba mover los mosquiteros a ver si eso producía algún tipo de estampida, pero apenas algunos se movían un poco para después reacomodarse. Como si los mosquiteros fuesen las tribunas del megaconcierto más grande de la historia y no se hubieran agregado funciones, como si cada bicho se hubiese patinado su sueldito de bicho operador de call center en un vip de Ticketek, o como luciérnagas blackberry, que esperan se haga de noche para tuitear kmo stas y aka toy con luciferina y luciferasa.

Alguna vez quise ser científico, y algo de ese espíritu todavía perdura en mí. Ante una anomalía de la naturaleza, tengo el impulso de preguntarme cuál será el origen y de plantear hipótesis y experimentos que me permitan confirmarlas o desestimarlas. Algo de ese espíritu científico se reaviva también con la paternidad. Estoy obligado a mantener una comunicación fluida con mi hijo, a mostrarle una actitud de curiosidad y apertura ante los fenómenos de la naturaleza, nuestro Dios hoy. Ya no la controversia entre religión y ateísmo, que quedó como el celular ladrillo de las dicotomías, desecho tecnológico arrumbado en un mercado de pulgas, controversia vintage que alguno se llevará a su casa alguna vez y la pondrá en un estante. Manuel me cuenta que entre sus amigos le gusta representar al personaje de South Park que odia a los judíos y yo le digo “pero vos sos un poco judío” y me contesta “¿pero somos religiosos nosotros? ¿y además qué tiene que ver?” Como la religiosidad está descartada de plano y el ateísmo es una especie de abstinencia no prescriptiva ante el universo, me queda el preguntismo como oráculo. Vivo jugando con el nene a la tabla ouija del mundo, y cuando hay que responder, pregunto. Y la respuesta se pone en movimiento como un Transformer Dragonoid o como un Bionicle Thornatus, con piezas que se van encastrando mejor o peor según las haya fabricado Lego o Hasbro. Pero que son siempre mentiras. O no son mentiras, sino ficciones que tienen mayor o menor grado de verosimilitud. El oficio de contar estos cuentos está en agarrar algo del sentido común propio, de persona mediocre, y proyectarlo estadísticamente elevándolo a la categoría de hipótesis científica. Sabés más o menos cómo va a caer la piedra pero no te acordás un carajo de Newton, y entonces empezás con que las fuerzas gravitacionales y la aceleración de la gravedad y tirás la piedra. Uh, no, esta vez falló porque seguramente la corrección del error y las otras variables en juego y un poco más de sarasa y tenemos que hacer un nuevo experimento para ampliar la muestra y entonces sí, en algún momento la pegás porque le estabas aplicando la distribución normal y así todo más o menos da.

Tengo ahí a los bichos que me oscurecen la casa en pleno día y son inofensivos, ni me pican ni me zumban. Son fofos y pesados y un blanco fácil de cualquier ojota. Ni siquiera tienen el poder de la dispersión, pero no sé bien qué hacer. No sé de dónde vinieron ni cómo sacarlos, ni tampoco si al matarlos a todos no volverán otros nuevos, multiplicados exponencialmente. No sé describirlos, si hay que ir a una provisión a conseguir veneno para qué, o si hay que llamar a la señora Alma a decirle que la Invasión Polilla está en ciernes y que quizá ya es tarde para salvar el techo, que espero directivas, saber a quién dirigirme, quizás algún baqueano que reconozca la especie y nos tranquilice o nos alarme todavía más. Me apresto a la matanza y pienso por un momento en los padres que mandan a sus chicos a las escuelas Waldorf, qué cómo reaccionarían ellos explicándoles a los nenes que todas esas vidas ahí tapándonos el sol son también parte del ecosistema y que nunca hay que llamar a un exterminador sino quizá a un veterinario, ingeniándoselas para tomar muestras sin alterar el equilibrio e iniciando los trámites de Normalización de la Realidad Distorsionada de acuerdo a un protocolo, consecuentemente. Que donde algo abunda, está señalando la ausencia de otra cosa y hay que ver el proceso en su totalidad.

Sigo dudando sobre lo amenazador y perentorio de la situación, hasta el final. Voy a actuar por instinto, digo. Como un bruto. A ver cómo huelen estos bichos cocinados en su propia salsa. A lo mejor son Señales del Mal, aquellos que vienen a anunciar el advenimiento del Golem desde las entrañas profundas de la casa de la señora Alma, donde estamos pasando las vacaciones. Al exterminio de los bichos sobrevendrá la vigilia de nuevas calamidades, cada vez más alarmantes y ofensivas. El instinto también se agudizará por la desesperación y sobrevendrá el colapso del paternalismo wikipedio. Será una buena oportunidad para empezar a aprender, esta vez, de veras.

Está hirviendo la pava.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha