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Descargo Minero

5 02 2012 - 11:30

Así vestida tengo la ilusión de que las ideas fluyan más claras, no sé, voy a probar. Me puse el casco y la campera rompe vientos marca Ansilta que nos regaló la multi a todos los empleados cuando cumplimos 5.230.000 horas trabajadas sin lesiones. La primera persona del plural responde al sentimiento de cuerpo con el que pretendo decir algunas cosas, y a nada más. Aclaro esto porque el aporte personal al record de seguridad alcanzado es nulo. Mi única intervención en esos índices medidos obsesivamente por más de una gerencia fue para bajar el promedio. Fue hace unos años, me caí de una repisa a la que subí para toquetear el aire acondicionado, me hice pelota y compliqué el gráfico de lesiones inhabilitantes de ese mes. Lo grave y lo irónico fue que mi locación en esta empresa era —es— una oficina en Buenos Aires, y no había allí nada que representara a priori un potencial riesgo para los protocolos preventivos que abundan en la actividad. Aunque la caída en una sala de reuniones cualunque no podía preverse, en los registros mi legajo pesó lo mismo que el de quien maneja una retroescavadora. No se hicieron los sotas y el incidente puso en cero el contador de horas indemnes. Vuelta a empezar.

En la V q forma mi escritorio meto la silla de modo que, al sentarme, mi panza cierre el triángulo. Ahí me descalzo todas las mañanas y con las piernas enganchadas como indio, presto una colaboración paga a las relaciones institucionales de una empresa minera. Mi tarea, en tiempos de crisis, consiste mayormente en:

mirar un monitor grande muchas horas,
pegar post it en los márgenes,
tratar de no encorvar la columna,
leer, leer, leer, leer, leer,
escuchar audios de radio y de televisión,
analizar qué se contesta,
redactar,
ignorar lo que no tiene arreglo,
ensayar una representación corporativa en las cámaras,
reunirme con personas con edades, ideas y estrategias para lidiar con los conflictos muy distintas.
intentar consensuar algo, convencer a alguien, fracasar casi siempre.
pispear twitter,
escuchar TN de fondo en la oficina de al lado, atenta a levantarme cuando aparecen los móviles de los cortes contra las mineras que el canal repite con la desesperación y la angustia del que recibió varias palizas y le llueve en bandeja una oportunidad inmejorable para desquitarse.
exagerar en modo sardónico la gracia que me hace Lapegue,
hablar con los periodistas del otro lado de la pantalla como si pudieran oírme.
comentar por teléfono los highlights del día con un compañero de trabajo, de los pocos ingenieros en minas locuaces que conozco, tucumano y en sus ratos libres maratonista.
respirar hondo, exhalar.
fin de la jornada de trabajo; mañana, igual.

A los que sí hay que felicitar por las cinco millones y pico de horas sin lesiones son a los que hacen el trabajo pesado de poner en marcha el primer eslabón de la cadena productiva minera. A los mineros que extraen los metales de la tierra con un esfuerzo que no valora casi nadie, y con un profesionalismo que no tiene nada que envidiarle a los australianos o los canadienses, países con historia, cultura y políticas mineras con otro kilometraje, uno más probado y menos resistido por la opinión pública. Si bien ponen sus reparos, hacen sus cuestionamientos y están siempre listos a exigir una porción más grande de la torta —¡bien por ellos!—, lo hacen en un marco de debate racional, metiéndole pausa al pensamiento. Ya que, además de ser capaces de reconocer el aporte del sector al crecimiento de la economía, no se les escapa un matiz central, un dato inobjetable, imposible de obviar en la discusión sin ser hipócritas o incoherentes con el tipo de vida que quienes estén leyendo esto no eligieron tener, que tienen. Veamos.
La megaminería, la forma más eficiente y segura de extraer los minerales de la tierra, está intrínsicamente relacionada a las sociedades modernas tal como las conocemos. Es el eslabón más antipático de la cadena productiva, el más agresivo, el que requiere más controles, pero es absolutamente tan necesario como todos los que le siguen para que el amplísimo universo de bienes que consumimos todos sea una realidad. Prácticamente cada cosa y cosita que nos gusta tener, que deseamos que alguna vez tengan los que con menos oportunidades quedaron marginados y no las tienen, son posibles gracias a la minería. Abran sus cabezas y miren un rato el monitor, las paredes de su casa, piensen porqué será que apretan el interruptor y se prende la luz, saquenlé la batería al teléfono, dense una vueltita con el auto o en la bici, lean los prospectos de los medicamentos, pregúntenle al agro con qué fertiliza sus cultivos, hagan el cálculo de cuánto acero, aluminio, hierro o cobre hay en sus casas, en sus oficinas, en los hospitales.

¿Leemos un poco más, separamos la paja del trigo o seguimos presionando para prohibir la minería metalífera, así sin más y por las dudas?
Los mineros que nos hacen la gauchada de sacar los metales de la tierra quieren seguir trabajando, quieren hacerlo cada vez mejor también, enmendar errores pasados, lidiar con los presentes, prevenir los del futuro.
Ellos y ellas, argentinos con sueldos en blanco y aportes, manejan camiones de la altura de un edificio de tres pisos, usan chalecos naranja flúo y cascos blancos con el nombre adelante pegado con una calcomanía si son prolijos, escrito con marcador indeleble los menos atentos a las formas. En los pies, botas con punta de acero; para el polvo, anteojos, y si el turno es adentro de la planta concentradora, tienen que ponerse protectores auditivos, que son pitutos de silicona que aplastás para introducírtelos y después solitos se expanden adaptándose a la forma caracolada del oído. Como los que reparten las azafatas en los aviones, pero mejores son. Allí hay que usarlos sí o sí para cuidar la audición del efecto del ruido que hacen los molinos SAG, unos cilindros giratorios tan colosales como las pirámides de Keops. Tienen una potencia tremenda porque sirven para moler rocas que van disminuyendo su tamaño a medida que se produce la fricción con las bolas de acero, que también dan vueltas enloquecidas ahí adentro. El resultado es un estruendo fenomenal que se neutraliza con los protectores y con lenguaje de señas entre los que manejan los controles.

Los trabajadores están suficientemente bien remunerados como para que no sea AOMA, el sindicato que los agrupa, ni protagonista ni parte siquiera de este brote rabioso y politizado que empuja para prohibir la minería a cielo abierto. Pero supongo que tampoco estarán tan conformes, ni tan agradecidos con ese sueldo como para organizar una defensa pública e inmolarse por la causa en los medios. Está claro, por otra parte, que el sindicato de los mineros no es el de Moyano, ni hay Betos Pianellis en todos lados. Y aunque recibieran el mejor sueldo del mundo, tampoco les correspondería dar esa pelea a ellos, lo justo es que el capital se las arregle solo y como pueda, que se haga cargo de su cuota de responsabilidad en haber comunicado poco o mal todo este tiempo para que el resultado sea esta mala prensa.

Cuando dejás unos días el trabajo liviano de oficina para viajar a la mina, y hablás con ellos, te enterás también que en ese lugar, a 2600 metros sobre el nivel del mar, las cosas se viven de un modo completamente diferente. La virulencia del ataque llega con delay y anestesiada. Llega con argumentos muy flojos de papeles también. A la ingeniera que se encarga de controlar una voladura no la intimidás con consignas efectistas y falaces como “la vida vale más que el oro”, una obviedad con la que estamos todos de acuerdo, no hace falta que sigan pintando banderas o tuitiándolo.

El lugar donde trabajan y duermen los mineros se inventó de la nada, antes no existía. Los accionistas de la multinacional, unos codiciosos de antología, decidieron montar una ciudad ahí arriba, apostando que el negocio bajo tierra iba a salir bien. Principalmente bien para ellos, sin duda, esa presunción corre para los empresarios mineros y para todos los empresarios lectores de la biblia del capitalismo. Esto los convierte automáticamente en culpables porque por estos lares, se sabe, querer ganar plata es sinónimo de robarla. No sé si existe un capitalismo amable, yo lo veo medio parecido en todos lados. Pero demoslés medio segundo el beneficio de la duda y supongamos que después del objetivo top priority de obtener la mayor renta posible, apostaron también a que se abriera paso en el país una industria con un potencial geológico en la cordillera similar al que tuvo y explotó con creces —y explota aún— Chile del otro lado. Una industria mítica y madre de todas las demás, que bien aprovechada favorece el crecimiento de regiones postergadas, le da empleo y capacitación a la cantidad considerable de personas que demandan los proyectos grandes, desarrolla y multiplica proveedores locales, optimiza la productividad de las economías marginales a través de programas sustentables.

En ese lugar remoto e inhóspito del que estoy hablando, había roca para donde mires, una vegetación de cardones y jarillas, liebres, cabras y carpinchos, y un río con un hilo de agua en verano y cauce totalmente seco en invierno. Invirtieron mil trescientos millones de dólares e hicieron caminos asfaltados, una línea de alta tensión para llevar la energía; una planta concentradora del tamaño de un estadio; una estructura donde se realiza la primera instancia de trituración llamada chancador, un término copiado a los chilenos, pioneros en el diccionario minero; una cinta transportadora que lleva la roca que recibió el triturado grueso hasta los molinos SAG para cumplir con las etapas II, III y IV de molienda; unas celdas de flotación donde se separan las partículas metálicas del material estéril por medio de un proceso físico gravitacional; un dique donde se depositan las colas (material sin valor económico); un mineraloducto, que es un tubo de 17 cm de espesor que transporta el concentrado y cuyo punto de partida podés ver desde la mina, pero después lo perdés en el horizonte porque sigue su recorrido 300 kilómetros hasta la planta de filtros, que está en otra provincia. Ahí se ocupan de secar el concentrado. Al agua extraída se la procesa y monitorea en un laboratorio para que recupere su ph y se la descarga en un canal pluvial.

También construyeron un campamento, que no se parece en nada al camping El Bolsón; evoca más bien al decorado que diseñó Ed Harris para Truman, en The Truman Show, pero sin las cámaras. Hay módulos con habitaciones, baños con ducha e inodoro, servicios de hotelería para los 2100 empleados. Hay sendas peatonales, y playas de estacionamiento con largas hileras de camionetas blancas iguales. Hay salas de juegos con mesas de pool, ping pong y metegol, un comedor amplio y una empresa de catering que ofrece un menú variado y sano, supervisado por una bromatóloga; hay un cine, gimnasio con clases de aerobics, cancha techada de fútbol, canchas de tenis y de basket, un circuito para correr, dos quinchos para hacer asados, y un pub donde algunas noches, si todos sus integrantes están de turno, toca la banda rockera India vieja. Es el único pub al que fui donde no se vende alcohol. Y hay muchas personas también, atentas a explicarte con paciencia y detalle la tarea que cumplen. Lejos de sus familias buena parte del mes, cuentan sus historias de sacrificio, de superación y de logros, y lo hacen con orgullo y ni una pizca de vergüenza.
Vivir ahí arriba es raro, es duro y es tan privilegiado como hermoso.
Montar semejante estructura fue un trabajo de años, y en la etapa de construcción participaron más de 4000 argentinos. Con ayuda de consultores internacionales, con experiencia adquirida en operaciones de otros países, los que contaban con la formación más específica se ocuparon de diseñar la infraestructura más difícil, como el dique de colas por ejemplo. Era importante hacerlo bien, para ahorrarse mucha plata y muchos dolores de cabeza después. Porque es así: aún si se elige sospechar lo peor de ellos e imaginar que el ambiente donde emplazan los proyectos los tiene sin cuidado, no se puede ignorar que los errores ambientales pueden complicarles mucho el negocio, costarles carísimo.

Sobre el agua: no es casual que en las zonas donde pretende seguir desarrollándose la minería haya poca agua. Si la hubiera en cantidad, tendríamos más pampa húmeda y la discusión sería otra: ¿conviene exprimir hasta la última gota el boom de la soja o pagaremos carísimo la decisión de atarnos al monocultivo? Quiero decir, no en todos, pero en casi todos los lugares donde la crítica que se escucha es “por culpa de la minería no tenemos agua”, hay que aclarar algo: no es culpa de la minería que no tengan tierras más fértiles, la escasez de agua era una situación pre existente, y no hay evidencia de que la operación de un proyecto minero haya agravado el panorama. Hay, sí, mala fe, cámaras que van a filmar viñedos secos en pleno invierno, hacen un primer plano de una parra machucada y en el zócalo escriben “los efectos devastadores de la minería”. Hay reservorios de agua subterránea que se controlan para que no se vean afectados en su volumen, hay estudios que equiparan el uso de agua del proyecto minero más grande de la Argentina con el uso que requiere el riego de 800 hectáreas de olivos. (Sólo en Catamarca y La Rioja hay unas 40.000 hectáreas de olivos plantadas. En casi 6 días de riego para los olivares se consume el agua que utiliza la mina más grande durante todo un año). Hay sistemas de retrobombeo en los diques que posibilitan que se reutilice hasta un 80% del agua usada en el proceso. Contrariamente a lo que se cree, la tecnología disponible en la minería moderna permite que se minimice el impacto que toda industria tiene sobre el ambiente.

Exijamos un control estricto del cumplimiento de la ley ambiental para la minería ya vigente, discutamos si el sistema de coparticipación no termina favoreciendo al estado nacional, que se lleva la tajada más gruesa de los impuestos que paga la minería, en detrimento de los estados provinciales; consideremos la figura del canon minero que utiliza Perú y que beneficia en mayor medida a las regiones dueñas de los recursos, miremos con lupa qué hacen los intendentes en los municipios con el dinero de las regalías que reciben. Todo eso sí. Pero la minería como el monstruo, el eje de todo lo que está mal o no me tocó a mí, a mi familia o a mi manzana, parecería ser una conclusión desproporcionada.

Puedo adelantarme a todas sus objeciones. No me refiero a los pobladores vecinos que con más y con menos razón protestan porque hicieron sus cuentas y no ven tan claros los beneficios, o porque prefieren vivir de los olivares, subsistir en algunos casos con lo poquito, conocido y cien por ciento nuestro. Tampoco me dirijo a los que se sintieron traicionados y engañados por un gobernador que dijo A y después hizo Z. Los vivos y los torpes cosecharán lo que sembraron, y con suerte asumirán el costo político de sus inconsistencias. Como ciudadanas democráticas que somos, nos alegraremos por ello.

Voto también porque la libertad de elegir cómo quieren vivir sus vidas los demás triunfe siempre. Pero propongo mirar finito cada caso, separar los temas que son muchos, tantos que si desmenuzamos las aristas todas juntas es muy probable que mezclemos y confundamos y al final no se entienda nada.

Digo, no más: ojo con subirse a la moto y terminar repitiendo cualquier cosa, sin pruebas, sin toda la información, porque el verde que te quiero verde queda cancherísimo y tan bien en las reuniones a las que vamos. Me refiero a la corriente ecologista trending topic, al ambientalismo berreta que caduca a la semana, hasta la próxima vez que haya que cambiar el agua de la pileta; si no hay pileta, hasta el momento de tomarse el trabajo de diferenciar la basura nuestra de cada día, separar los residuos orgánicos del cartón, un gesto mínimo, nada complicado, que hacen cincuenta macanudos no más. Les hablo a los que creen sin dudar medio segundo todo lo que se dice en la televisión, a los que saben poco pero presuponen mucho, a los que dejan el prejuicio activado en automático, por default, largan sus acusaciones sarasa, ponen el tic mental al casillero ecológico y se van a dormir en paz.

Y, sobre todo, quiero dedicarle estos párrafos a los que retuitean el spot “Basta ya”, una pieza artística imperdible que me encargué de guardar en mis archivos, que estoy mirando antes de dormirme todas las noches que llego a mi casa triste por algo, o muy cansada, porque es dramática pero desopilante si la ves desde este lado, a mí me encanta. Confío con paciencia que ya llegará el momento de usarla para el único propósito que pienso estaría bien que se use: evidenciar, una vez más, el grado de luserismo, demagogia e ignorancia de los miembros más encumbrados de la farándula local. La giluna máxima, ambientalista de la primera hora, es Julieta Diaz, la última Eva que nos regaló el cine nacional. Ella cobra por las publicidades de Head & Shoulders, y si la apurás no te sabe decir si es un shampoo biodegradable o no, pero no importa. Ella también está muy preocupada DE VERDAD por el medio ambiente, y aplaudimos esa actitud, pero también queremos que se sepa que más todavía nos preocupamos por ella, porque el tipo que le está dando letra, Daniel Gagliardo, activista de Conciencia Solidaria, dirige también la secta Uksim, y argumenta más o menos así.

O el padre espiritual de todos ellos, el amigo León Gieco, que no está en el spot pero veloz como un rayo ya se anotó a declarar como si supiera de lo que habla. Su gesto, más previsible que las cuatro estaciones del año, obviamente no sorprende pero lamentamos profundamente que siga perdiendo oportunidades de hacer algo más jugado por sus compatriotas, o que pruebe de quedarse callado no más, por una vez.

Bueno, listo, me saco la campera porque hace un calor de morirse. Imagino que diciendo estas cosas, defendiendo al sector más denostado de los últimos años, el balance personal tiene que darme mal, que no ganaré amigos nuevos. Pero quise contarles partes de una verdad, la mía. Sigamos pensándola entre todos.


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