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9 12 2004 - 00:59

El arte no sirve para nada (debe tener razón Gustavo López).

Hace casi veinte años, cuando se estrenó La Historia Oficial —que, convengamos, porta escasas credenciales para aspirar a la categoría, pero al menos es una película que empieza y termina—, gran parte del progresismo bienpensante cuestionaba la famosa escena del estacionamiento. Era un momento encastrado ahí un poco a la fuerza, nunca supe bien si como remanente de un Subplot de los Dos Demonios que terminó por volar al carajo, o como un post-scriptum políticamente correcto. Dramáticamente no era gran cosa, pero a mí siempre me pareció razonable ese diálogo entre Alterio y Chunchuna Villafañe; una conversación algo apurada en la que se sugería que nadie es tan simple ni tan santo.

Antes (justamente en 1976), Sidney Lumet había dirigido Network, una película en la que quedaba claro lo que podía hacer la televisión en el futuro cercano, sin imaginar (la película) que lo que parecía excesivo entonces sería una nimiedad años después, a la luz de Canal 13. No hay por qué pensar, claro, que una opinión (cualquiera sea) deba ser validada por el simple hecho de aparecer en público a través de una obra consistente. Todo lo contrario, en realidad; los dos Hollywoods de Reagan (el de los ‘50 y el de los ‘80, digo) nos enseñaron a disfrutar del fascismo entrelazado con el arte, sin que hubiera motivos para escandalizarse. Pero uno querría pensar, eso sí, que cuando un tema se instala con la eficacia que, salvando las distancias y las preferencias estéticas, aportaban estas dos películas, se hace más difícil volver atrás. Uno querría pensar, dicho de otro modo, que a partir de Network se hace más fácil pasar a Videodrome, y que de Videodrome no se puede retroceder hasta una discusión victoriana sobre la teta de Janet Jackson.

Bueno, parece que las cosas no funcionan así.

“Quienes conducen hoy los destinos nacionales son, sin eufemismo alguno, genuinos criminales de guerra”, sostienen los sujetos que se reunieron ayer en Recoleta a venerar la memoria (o la persistencia, no sé) de la Virgen, aquella de fertilidad sorprendente. Con bastante más argumentos pero no mucho mejor nivel de discusión, miembros de la agrupación H.I.J.O.S acuden al mismo escenario ofreciendo la consigna “Iglesia, basura, vos sos la dictadura”. Uf.

No es la violencia del enfrentamiento, cabe aclarar, lo que más me inquieta. Como están las cosas, todo permite suponer que si la discusión se planteara en términos menos primitivos, los enfrentamientos resultantes podrían ser incluso más violentos. Sabiendo eso, tal vez, Washington Uranga acaba con la paciencia que le hemos tenido hasta ahora (paciencia justificada por su nombre y apellido, que sólo pueden caerle bien a uno) intentando zanjar las diferencias por la vía de la lobotomía:

“No hay debate cuando se ingresa en el campo de la intolerancia, de las agresiones.”

“Del catolicismo hay influencias positivas y otras que no lo son.”

Jesus-Fucking-Christ!

“Chicos, no se peléen”. Somehow it doesn’t seem like the most efficient approach.

¿Hay “otras voces”, como suele decir Página al ofrecernos el mismo discurso con distinto pitch, como si hubiera un tipo haciendo imitaciones en un rincón de la redacción? Sí, claro que hay. Hay un sacerdote que dice:

“Yo creo que la Iglesia es muy otra; y que la cosa sería diferente si mostrara otros modelos. ¿Qué pasaría si Angelelli y Romero fueran mostrados como modelos de obispos? ¿O Mugica, Ellacuría y otros como modelos de curas? ¿Si Mónica Mignone fuera ejemplo para los catequistas, y su padre Emilio modelo de cristiano en la sociedad civil? ¿Qué pasaría si los obispos hicieran suya la voz de las Abuelas reclamando por sus nietos secuestrados?”

Primero: no pasaría. Segundo: that is not the point.

Hay un motivo claro por el cual los Dos Demonios vuelven todo el tiempo: como con La Historia Oficial, o Network, o el ejemplo que se les ocurra (hay muchos), todas las partes tienden a dar el conflicto por resuelto. Peor: tienden a darlo por ganado. Ganado son las vaquitas.

El conflicto, que dista mucho de estar resuelto, vuelve periódicamente en distintas formas. La izquierda sigue denunciando a los verdugos como si la historia del mundo hubiera empezado en 1975; los devotos siguen escandalizándose por las provocaciones más inocentes mientras, en lo más intimo de sus ceremonias, beben la sangre transfigurada de una persona muerta hace dos mil años (un asco); a las mayorías les chupa un huevo todo.

Así no vamos a ningún lado.


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