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Pobre Once

22 02 2012 - 08:40

Montmartre se parece al Once pero el Once no se parece a Montmartre. Algún día me voy a ir del Once a Montmartre, en un tren como en París de Levrero, o como yo que llegué a París en tren, desde Rennes.

Pero esto va a ser distinto, primero tengo que averiguar en el Sarmiento los horarios de los trenes y después tengo que hacer las valijas de mis chicos y la mía, preparar unos sandwiches para el viaje, esconder la plata, cerrar la llave de paso, apagar las luces, y despedirme de los de la plaza, y decirles que nunca voy a volver, que fugo a Montmartre, porque las cosas no se terminan acá.

Uno por uno, por separado, los voy a agarrar y les voy a explicar los motivos pero también les voy a dar una recomendación: que hay que dejar morir a la plaza de una vez por todas, por gentileza, por sentido común, para dar paso al río y al aire. Que vuelen las palomas primero, ellas que pueden, que busquen campanarios o botiquines abandonados, basta de migas de panchos mordidos y chipás desgranados, basta de niños azuzando, vuelen, ¡fuera!

Que sean libres los puesteros, discapacitados de las piernas, los oídos, o la belleza, que quemen su carros y sombrillas, que busquen el milagro en el ocio, en la tracción del defecto, en el accidente de la forma.

Que regresen las madres resucitadas y hermosas y los padres fuertes y alegres y que se lleven en brazos a sus hijos drogados, drogados en serio, de la basura, del pasto, y que los carguen y les den besos, les limpien los mocos y les rompan los piojos y les aten los cordones de las zapatillas de una buena vez, que les cuenten un chiste, un chiste tonto para curarles la infancia.

Que corran las prostitutas con el botín obtenido y los úteros sangrando de lascivia, que corran hasta llegar al mar y ocupen sus casas en las playas y las apuntalen contra el maremoto y que les vuelva la paciencia de besar en la boca, en la lengua que sana.

Que renuncien al cielo los evangelistas y que arrojen las biblias al acaso, aliados a Judas, que cada vida es una biblia por escribir, una biblia que nadie leerá, que convenzan a las ateas en las terrazas a los ojos del cielo y al ritmo del dolor de que ellos son el dios.

Que levanten los párpados los linyeras y apunten al blanco y que los policías les liberen la cocaína que haga falta para que se puedan parar, duros como martillos, para vengar el desamparo y ocupar las canillas, las toallas y las mesas ratonas de los limpios, que les privaron la propiedad y ahora es cambio de turno.

Que se escapen los punguistas que el caldo gordo está en otro lado, que cárcel hay una sola, ésta, y el juego se acabó.

Déjenla morir a la plaza, sucia, ida como una loca, gritando espasmódica hasta el colapso final, que demasiado mal nos hizo estigmatizándonos cada día como a la calaña.

Chau, digan chau, hagan chau con la manito. El tiempo está a nuestro favor. Va a brotar un río sabio de espanto de minucias de millones de pasos. Ese día voy a llegar en tren a Montmartre, yo vieja y mis hijos: un hombre y dos mujeres muy altos, con ojos prevenidos y carcajadas fuertes, y cuando se abran las puertas del vagón, los voy a hacer bajar a los tres solos, para fundar el olvido.


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