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La edad de la inocencia

28 03 2012 - 16:43

Mi libro Indec. Historia íntima de una estafa fue publicado en abril de 2010. Uno de sus capítulos, escrito a fines de 2009, hacía un seguimiento de las menciones que hacían sobre el tema los analistas políticos de Página 12, Horacio Verbitsky y Mario Wainfield. La intención del capítulo era doble: por un lado, señalar que el atropello a las estadísticas públicas era tan grande que incluso aquellos periodistas fuertemente vinculados con el gobierno no podían dejar de señalarlo. La segunda intención, más sibilina quizás, era marcar una diferencia con el vergonzoso silencio de los intelectuales de Carta Abierta.

A partir de 2010 y acentuado a partir de la muerte de Néstor Kirchner, se produjo una nueva radicalización en la retórica y en la práctica del oficialismo, mayor a la que se había producido durante la disputa por la 125. Esta nueva etapa, acompañada por fervor militante y triunfos en las urnas, no permite disidencias al interior del kirchnerismo. Nada cambió para bien en el Indec desde 2010. La influencia de Moreno, en cambio, no ha hecho más que crecer. Sin embargo, Verbitsky y Wainfield ya no hablan del Indec ni del súper ministro.

Aquí, para verificar aquellas críticas, publicamos el capítulo íntegro:

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La indiferencia “progresista” de los miembros de Carta Abierta hacia los acontecimientos del Indec queda más acentuada si uno la compara con la actitud tomada por otro grupo de intelectuales afines al gobierno: los periodistas de Página 12. Se ha acusado al diario, a menudo con razón, de haber perdido cierto ideal de objetividad adhiriendo de manera incondicional a los postulados del kirchnerismo. Más allá de lo justo o injusto que esto pueda parecer –y dejando de lado la necesaria discusión acerca de la posibilidad de un periodismo “neutro”–, es necesario puntualizar que los más destacados columnistas políticos del diario, Horacio Vebitsky y Mario Wainfeld, no se hicieron los distraídos con respecto al engaño de las estadísticas públicas. Si uno examina las columnas dominicales de cada uno de ellos desde el comienzo del conflicto, va a comprobar que las menciones fueron repetidas y la toma de posición, inequívoca. El tema siguió las idas y vueltas de los medios en general: firme durante el 2007, se opacó en 2008, eclipsado por el predominio de la discusión sobre el campo, para remontar luego de las elecciones de 2009.

Apenas eclosionado públicamente el conflicto con la negativa de Cynthia Pok a calcular pobreza e indigencia, Horacio Verbitsky enumeraba el 1° de julio de 2007 una serie de infortunios gubernamentales que explicaban la derrota electoral en la ciudad de Buenos Aires, e incluía entre ellos: “…el arrasamiento del Indec, donde personas armadas llegaron a controlar las pantallas de las computadoras para intimidar al índice de precios.”

Cuatro semanas después, el 29 de julio de 2007, Verbitsky decía algo tan claro como esto: “La destrucción del Indec por parte de Guillermo Moreno y de Beatriz Paglieri, cuyos custodios han llegado a circular armados entre los técnicos, controlando las pantallas de las computadoras, es indefendible. Cuanto más demore el Gobierno en entenderlo y remediarlo, mayores daños soportará. Que haya capitales dispuestos a aprovecharlo no es un atenuante sino un agravante de la situación creada por la torpe intervención”.

Mario Wainfeld, por su parte, en julio y agosto de 2007, apuesta a las intenciones del nuevo ministro de Economía, Miguel Peirano, reemplazante de Felisa Miceli, de normalizar la situación del Instituto. Wainfeld –ingenuamente a la luz de los hechos– confía en las intenciones del gobierno y desliza comentarios atribuidos al interior del oficialismo: “La demolición de la credibilidad del Indec es un epifenómeno de la impotencia del ‘modelo’ calificado en su gravedad por la torpeza del Gobierno. Moreno tiene razón en algo, él ha sido un soldado en esa balacera. El oficialismo no dará el brazo a torcer en la contienda electoral pero intramuros detecta que ha metido la pata y que debe zurcir lo que dañó, cuanto antes mejor”.

Un mes más tarde, quedaba claro que no existía esa decisión “intramuros”. Verbitsky, el 30 de setiembre de 2007, le dedica la casi totalidad de una columna al tema. Admite que el ministro de Economía está trabajando en la construcción de un nuevo IPC pero luego pone las cosas en su lugar, señalando la total falta de credibilidad del organismo intervenido: “[…] El problema que desde el Indec ha ido irradiando sobre cualquier cosa que implique alguna forma de palabra oficial no es de detalles técnicos”. Las responsabilidades, para Verbitsky, son claras y se concentran en la figura del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, a quien llama “el loco del martillo”. Con notable precisión conceptual, Verbitsky dice: “Lo que consiguió fue crear un problema serio donde sólo había un pequeño desajuste. Nada terrible hubiera ocurrido si el índice oficial medía el 14 o el 16 por ciento, mientras la economía sigue creciendo a ritmo firme y el consumo de los sectores populares aumenta bien por encima del promedio, sin que haya ni retención de productos a la espera de que aumenten ni provisión anticipada para cubrirse. En cambio, los desmanes del loco del martillo confieren autoridad a la palabra de cualquier manosanta o candidato que estima lo que se le ocurre o le conviene, porque el Gobierno aniquiló la confianza en el organismo público, que no será la Biblia ni el Corán pero gozaba de una razonable respetabilidad, servía como referencia general aceptada por todos y permitía discutir los problemas de fondo y no los métodos de medición o la brutalidad para someterlos”.

Wainfeld, en octubre de 2007, empieza a perder la paciencia aunque insiste en hacerse eco de información extraoficial dentro del Gobierno que desmiente las declaraciones públicas: “El Gobierno también contradice intramuros sus arengas mediáticas. Alberto Fernández y el propio Presidente compiten a la hora de urdir un argumento más banal para negar su torpeza en el Indec y el incremento de la inflación. Néstor Kirchner, cuentan contertulios suyos en Nueva York, se enfurece si le mencionan el tópico y alega que Guillermo Moreno es su mejor funcionario. Puertas adentro, el jefe de Gabinete conversa cómo reconstituir el organismo, menester que está en las prioridades de Cristina Fernández y del ministro de Economía”. Dos meses después, el 9 de diciembre, ya no abriga esperanzas de cambio y evalúa la importancia de los costos: “La tentativa de destrucción del Indec duplica su gravedad cuando la comete un gobierno que impulsa la recuperación de los bienes públicos. Por incapacidad, por sobreactuar decisionismo sin saber qué hacer se perforó el patrimonio colectivo, un agujero que tomará años zurcir”.

Antes de esta última nota, el 27 de noviembre de 2007, Wainfeld, junto a Fernando Cibeira y Ernesto Tiffenberg, tuvo la oportunidad de entrevistar a quien asumiría pocos días después la presidencia de la Nación. El diario publica en un apartado el fragmento de la conversación dedicado al Indec. Los periodistas, dentro de las lógicas reglas de juego, preguntan con libertad. Se permiten señalarle a la presidenta electa el cuestionamiento social al índice de inflación y le señalan, textualmente, que: “En el caso del Indec, muchos ex titulares del organismo, que son figuras de buena reputación, han sido críticos del modo en que se intervino. Son personas a las que uno no atribuiría intenciones de participar en la campaña”.
En marzo de 2008, meses después de la asunción de Cristina Fernández y la aparición como ministro de Economía de Martín Lousteau, nada parece haber cambiado. Verbitky, el 23 de marzo, dice: “La política de tierra arrasada en el Indec se explicó por las conveniencias de un año electoral. Pero hoy no cumple ninguna función útil y roe la credibilidad del gobierno no sólo respecto del IPC”.

Una semana después, retoma el tema: “En los primeros cien días de su gobierno, CFK dejó pasar la oportunidad de rever la política de tierra arrasada en el Indec, que la sociedad toleró mientras parecía tener fecha de vencimiento el día de las elecciones y cuando la inflación se percibía en semestres o meses, no en semanas. La rotura deliberada del instrumento de medición no sólo degrada la calidad institucional, también tiene consecuencias económicas, sociales y políticas de largo plazo. La manipulación que comenzó por un indicador se fue extendiendo luego a otros, que se alteran o no se publican. Subestimar la inflación es hacerlo también con los niveles de pobreza, cuya disminución ha sido un legítimo orgullo del gobierno. Esta devaluación de la palabra oficial también deteriora el rol de arbitraje estatal, situación que sólo puede beneficiar a los más fuertes, ayudados por la política de mero maquillaje del pintoresco As de Cartón a cargo del comercio interior”.
La semana siguiente, el 6 de abril de 2008, es Wainfeld el que sigue insistiendo:

“Nuevamente, vamos del concepto al ejemplo. Guillermo Moreno es, entre otras cosas más serias, un anacronismo del Gobierno. Sus métodos caducaron. Su batalla con los precios tuvo éxito transitorio, aunque fomentando la concentración económica que le facilitaba su trajín. Ahora, con herramientas oxidadas, lo suyo son bravatas que causan daños mayúsculos como la pérdida de credibilidad del Indec, un patrimonio público malversado. Su bolo televisivo del otro día, haciendo el gesto de degüello, es una sobreactuación proporcional a la dilución de sus capacidades, técnicas y eventualmente psíquicas”. Más tarde, el 4 de abril: “La negación del problema mediante los números de fantasía del Indec es el principal punto débil que CFK deberá corregir más temprano que tarde, si no quiere que se agrande la brecha entre el discurso de la inclusión social y el empeoramiento en los indicadores de pobreza e indigencia por ingresos”.

En mayo, el conflicto con el campo crecía y radicalizaba posiciones, pero Verbitsky todavía seguía con sus críticas. El 11 de mayo, comentando el IPC presentado por las nuevas autoridades de Indec y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, Verbitsky decía: “El gobierno ha sido reacio a admitir que esa discrepancia entre el dato oficial y todos los privados (e incluso los públicos de algunas provincias) no sólo generó inflación por expectativas, sino que también mermó la confianza en cualquier palabra oficial, sobre cualquier tema. Por eso preserva a quien se encargó de ese maquillaje, ya grotesco por el rimel corrido”. Lo mismo hará, con manifestaciones similares, en junio y julio de 2008.

Wainfeld, el 27 de julio, una semana después de la derrota parlamentaria de la 125, lo exponía como tema pendiente de la agenda gubernamental: “La restauración creíble del Indec es otro deber inminente. La defensa de sus ruinas es incompatible con cualquier discurso que enaltezca lo público-estatal. Y agrega fastidio masivo a la inflación, que es un problema cotidiano que todos perciben, especialmente quienes (por la injusta distribución del conocimiento y la información) no tienen acceso cotidiano a la lectura de los diarios o ni siquiera saben qué significa la sigla Indec”. Y en agosto expresaba su desazón: “El Indec es el blanco favorito de todos los ataques al gobierno, que no sabe, no puede o no quiere dar una explicación que haga comprensible para el pueblo los datos absurdos que reitera el instituto colonizado”.

Incluso dentro de ese clima crispado y de la clara toma de posición de Página 12 a favor del gobierno, Wainfeld se siente con libertad para interpelar no solo al secretario de Comercio sino a la misma presidenta, quien en conferencia de prensa se había referido al tema Indec. “Internarse en ejemplos específicos y minuciosos es un riesgo que agrada a la mandataria, pese a algunos tropiezos que tuvo en el frenesí del enfrentamiento con las entidades agropecuarias. Su defensa del Indec incursionó en ese terreno pantanoso, de modo poco feliz a los ojos del cronista. Comparó magnitudes no compatibles”. Wainfeld repetiría esta interpelación directa setiembre de 2008, durante una visita de Cristina Fernández a Washington, donde dio una conferencia de prensa. El columnista dice: “La presidenta incurrió en un desliz remanido al empacarse (y, para colmo, explayarse) en la negación pública de la inflación y la defensa del desquicio en el Indec. Se prestó a preguntas abiertas ante un auditorio suspicaz. Era de cajón que una de las primeras sondearía ese tópico, máxime si la presentación de Cristina Kirchner lo omitía a pleno. No medió sorpresa, ni novedad: también fue la pregunta inicial en la conferencia de prensa de Olivos. La réplica ensimismada es chocante para ‘los mercados’, a los que se quiso seducir con los otros anuncios. Y deja en offside al Gobierno ante un auditorio más amplio y más importante: los ciudadanos de a pie, que padecen la inflación como problema diario. Máxime aquellos que sólo viven de su salario, incluidos los de menos ingresos, que son el sector social que congrega los mayores apoyos al oficialismo”.

Durante el resto de 2008 y pasado el primer trimestre de 2009, los columnistas ya no volverán a mencionar la situación del Instituto. Recién en abril y mayo de 2009, Mario Wainfeld lo tocará al pasar en sendas columnas, mientras que Horacio Verbitsky no lo retoma hasta el análisis de la derrota electoral del 28 de junio. A diferencia de los análisis de Carta Abierta, el columnista de Página 12 pone al Indec en el centro de las causas del descreimiento ciudadano con el gobierno: “Es legítimo que Kirchner y CFK reclamaran reconocimiento por la transparencia de los comicios, luego de meses de bombardeo con extravagantes denuncias sobre un posible fraude. Pero también deberían reflexionar si la disponibilidad social para creer esos disparates no será una consecuencia de la tremenda devaluación de toda palabra oficial a partir del avasallamiento del Indec”. Dos semanas más tarde, volvería sobre el tema: “En cuanto al Indec, su avasallamiento a nadie le causó más daño político que al Gobierno, porque le quitó credibilidad al discurso de todos los funcionarios sobre cualquier tema. De otro modo no hubieran proliferado las versiones contradictorias y absurdas sobre la gripe A (de la presunta exageración de sus efectos para distraer de otras cuestiones al supuesto ocultamiento de su gravedad), así como las inconsistentes denuncias sobre la preparación de un fraude electoral”.

En agosto de 2009, Verbitsky hace un resumen de su posición personal respecto de la política económica de los últimos años y del papel que jugó la intervención al Indec en ese cuadro general: “La hipótesis que en esta página se ha postulado desde 2006 es la del veto a la recuperación salarial por parte de los sectores más concentrados de la producción y la comercialización a partir del momento en que los salarios equipararon a los previos al estallido de 2001. Poder de veto que se refleja en sus felices balances y que desató un proceso inflacionario. Una de las respuestas oficiales fue el avasallamiento del Indec y otra la negociación con los empresas más grandes de cada oligopolio, fortaleciendo la concentración con la estrambótica idea de que así se facilita el control”.

El tema reaparece a fines de noviembre, y Verbitsky, siguiendo una costumbre nominativa de sus notas, rebautiza al Instituto: “La distorsión en las cifras del Instituto Nacional de Exterminio de la Credibilidad (Indec) limitaron el aprovechamiento de estos datos contundentes. Kirchner ni siquiera pudo hablar de la pobreza (“no vamos a discutir el número”, dijo) porque el Indec ya había puesto el termómetro en un balde de hielo, para que la pobreza no trepara por encima del 13 por ciento. Si esto fuera así, con la asignación universal se incrementaría del 13 al 17,67 por ciento, en vez de descender desde los 32 reales. Con lo cual la devaluación de la palabra pública se muerde la cola. Al decir que se reducirá a la mitad, Kirchner admitió la inverosimilitud de la información oficial. Si esa aberración no se corrige de una vez, el futuro del kirchnerismo es dudoso”.

Pocos días después, el 3 de diciembre de 2009, Wainfeld retomaba, casi sin demasiadas esperanzas: “Resolver el desquicio del Indec es una misión tan complicada como necesaria. Derruir es relativamente fácil, si se combinan la voluntad y la torpeza necesarias, el oficialismo las conjugó. Reconstruir el sistema nacional de estadísticas mejoraría la calidad de lo público e iría disipando las ínfulas de las chantas agencias de medición privadas que hicieron su agosto a partir de las tropelías oficiales. El Gobierno contradijo su discurso al debilitar a un ente público prestigiado, sería estimulante un gesto de contrición (así fuera implícito) que contribuyera a su reconstrucción. La tarea debió emprenderse en los comienzos del mandato de Cristina Fernández de Kirchner, hubiera embellecido y mejorado su gestión”.

Por último, el domingo 10 de diciembre de 2009, Verbitsy le realiza una entrevista exclusiva a Néstor Kirchner, donde le plantea con cierta franqueza el problema de las estadísticas públicas, aunque se cuida de mencionar el tema del maltrato laboral. Las respuestas del ex presidente no son muy precisas –imagina que en ese momento el gobierno está haciendo esfuerzos para lograr cierta normalización– y hay una suerte de marcha atrás en la idea de que los técnicos del Instituto trabajaban para los bonistas:


“Le doy mi opinión sobre la incidencia de la situación del Indec. El maquillaje de las cifras devaluó toda palabra pública y el enmascaramiento de la inflación dificultó ver ese sufrimiento de los sectores medios-bajos y bajos y demoró una medida como la Asignación Universal, que debería haberse tomado mucho antes.

Kirchner interrumpe, con esa actitud de peleador que tanto irrita como admira:

–Pero se tomó…

Trato de terminar el razonamiento:

–…y en cambio se prefirieron los acuerdos con sectores oligopólicos, que bajaban dos o tres artículos por unos días, mientras subían todos los demás, y dos o tres semanas después subían también los precios acordados.

No coincide. Por un lado, defiende el cambio de un sistema armado para un esquema neoliberal donde crecían los servicios y desaparecía el resto. También señala que había funcionarios del Indec cercanos a las consultoras, aunque no quiere generalizar porque la mayoría le parecen decentes. Pero además observa que en el momento de las elecciones la caída de la actividad había hecho que los precios se mantuvieran o cayeran. ¿Y el efecto de la negada inflación anterior sobre la credibilidad oficial?

–Se puede discutir. Pero lo importante es lo que se está haciendo ahora. El gobierno no se ha encerrado como si se sintiera dueño de la verdad absoluta. Se está haciendo un trabajo conjunto con las universidades nacionales, que permitirá crear un sistema que quede fuera de toda duda. La presidente ha elegido ese camino para buscar la solución definitiva.

Aún así, no niega la posible influencia del Indec en el resultado electoral. ‘Sería absurdo de mi parte. Nunca hay una sola causa que determine un resultado’. Pero insiste en ponderar los otros elementos que mencionó”.

Los ejemplos abundan. Nadie puede acusar a Horacio Verbitsky o a Mario Wainfeld de ser destituyentes, operar en las sombras contra el gobierno o de pertenecer a un grupo editorial enfrentado al oficialismo. Son dos periodistas y analistas políticos que, en mayor o menor medida, con la feroz militancia de Verbitsky o la elegancia distante de Wainfeld, han adherido en líneas generales a las decisiones de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Se mantuvieron ecuánimes en la evaluación de lo que estaba pasando en el Indec y nadie les dijo que le estaban haciendo el juego al enemigo. Por contraste, dejan en un lugar muy incómodo a los integrantes de Carta Abierta, cuyo silencio se acerca a la complicidad.


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